quien me pareció que se aferraba al tema por no tener otro a mano—, la señora Gummidge, se lo aseguro, los hirvió.
Expresé mi agradecimiento; y el señor Peggotty, después de mirar a Ham, que seguía de pie sonriendo con timidez por encima de los mariscos, sin hacer ningún intento por ayudarle, dijo:
—Venimos, ya ve, con el viento y la marea a favor, en uno de nuestros lugres de Yarmouth hasta Gravesen’.
Mi hermana me escribió el nombre de este lugar de aquí, y me escribió que si por casualidad se me ocurría venir a Gravesen’, fuera a ver y preguntar por el señorito Davy y le diera sus respetos, deseándole humildemente que le fuera bien y dándole noticias de la familia, que estaba requetebién, no cabe duda.
La pequeña Em’ly, ya ve, le escribirá a mi hermana cuando vuelva, diciendo que lo he visto y que usted estaba igual de requetebién, y así armamos una bonita rueda de molino.
Me vi obligado a reflexionar un momento antes de comprender a qué se refería el señor Peggotty con esta figura, expresiva de un círculo completo de inteligencia. Entonces le agradecí de todo corazón y dije, sintiendo que me sonrojaba, que suponía que la pequeña Em’ly también habría cambiado desde los tiempos en que solíamos recoger conchas y guijarros en la playa.
“Se está convirtiendo en una mujer, eso es en lo que se está convirtiendo —dijo el señor Peggotty—. Pregúntale a él”.
Se refería a Ham, quien sonrió radiante de alegría y aprobación ante la bolsa de camarones.
—¡Su bonita cara! —dijo el señor Peggotty, con la suya propia brillando como una luz.