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nydus/David CopperfieldPublic
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XXVIII. El guante de desafío del señor Micawber

Al mirar el señor Micawber en este momento hacia donde estábamos parados, solo tuve tiempo de repetir mi advertencia. Traddles me dio las gracias y bajó. Pero temí mucho, al observar la manera bondadosa con la que bajó con la gorra en la mano y le ofreció el brazo a la señora Micawber, que terminara metido de hocicos en el Mercado Dinero.

Regresé a mi chimenea, y meditaba, medio serio y medio riendo, sobre el carácter del señor Micawber y las viejas relaciones entre nosotros, cuando oí unos pasos rápidos que subían la escalera. Al principio, pensé que era Traddles que volvía por algo que la señora Micawber se había dejado; pero a medida que los pasos se acercaban, los reconocí, y sentí que el latido de mi corazón se aceleraba y la sangre me subía a las rostros, porque era Steerforth.

Nunca me olvidé de Agnes, y ella jamás abandonó ese santuario en mis pensamientos —si así puedo llamarlo— donde la había colocado desde el principio. Pero cuando él entró, y se puso ante mí con la mano extendida, la oscuridad que había caído sobre él se convirtió en luz, y me sentí confundido y avergonzado de haber dudado de alguien a quien quería de todo corazón. No la quería menos por ello; pensaba en ella como en el mismo ángel benévolo y tierno de mi vida; me reprochaba a mí mismo, y no a ella, el haberle hecho un agravio; y le habría ofrecido cualquier reparación de haber sabido cuál hacer y cómo hacerla.

—¡Vaya, Daisy, viejo amigo, estoy anonadado! —se rio Steerforth, dándome un fuerte apretón de manos y soltándola con alegría—. ¡Te he vuelto a pillar en otro banquete, pequeño sibarita! ¡Estos caballeros de Doctors’ Commons son los hombres más alegres de la ciudad, a buen seguro, y nos ganan por goleada a los sobrios habitantes de Oxford!

Su brillante mirada recorrió alegremente la habitación al tiempo que ocupaba el asiento en el sofá frente a mí, que la señora Micawber acababa de dejar libre, y avivaba el fuego hasta hacerlo arder con fuerza.

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