—Oh, sí —respondí—; tenía buena memoria, y creía recordarlas muy bien.
—Pues entonces, querido Copperfield —dijo Steerforth—, me los vas a contar tú a mí. No puedo conciliar el sueño muy temprano por la noche, y por lo general me despierto bastante temprano por la mañana. Los repasaremos uno tras otro. Haremos de ello unas auténticas Mil y una noches.
Me sentí sumamente halagado por este arreglo, y comenzamos a llevarlo a cabo esa misma tarde.
Qué estragos cometí con mis autores favoritos en el curso de mi interpretación de ellos, no estoy en condiciones de decirlo, y estaría muy poco deseoso de saberlo; pero tenía una fe profunda en ellos, y poseía, según creo entender, una manera sencilla y ferviente de narrar lo que narraba; y estas cualidades sirvieron de mucho.
El inconveniente era que a menudo tenía sueño por la noche, o estaba desanimado e indisuesto para reanudar la historia; y entonces resultaba un trabajo bastante pesado, y había que hacerlo; pues defraudar o disgustar a Steerforth era, por supuesto, algo fuera de toda discusión. Por la mañana también, cuando me sentía cansado y habría disfrutado muchísimo de otra hora de descanso, era fastidioso que me despertaran, como a la sultana Sherezade, y me obligaran a contar una historia larga antes de que sonara la campana de levantarse; pero Steerforth era inflexible; y como él me explicaba a cambio mis cuentas y ejercicios, y cualquier cosa de mis deberes que fuera demasiado difícil para mí, yo no salía perdiendo en el trato. Hágome justicia a mí mismo, sin embargo. No me movía ningún motivo interesado o egoísta, ni tampoco me movía el miedo hacia él. Lo