Me quedé con la curiosidad de averiguar a la mañana siguiente si había ido.
No había ido, sino que había mandado un recado a Londres para posponer la visita de su prima; y había salido por la tarde a ver a Agnes, y había convencido al Doctor para que fuera con ella; y habían vuelto a casa andando por los campos, según me contó el Doctor, pues la tarde estaba deliciosa.
¡Me preguntaba entonces si habría ido de no haber estado Agnes en la ciudad, y si Agnes ejercía también alguna buena influencia sobre ella!
No parecía muy feliz, pensé; pero era un buen rostro, o uno muy falso.
A menudo lo miraba, pues ella se sentaba en la ventana todo el tiempo que estuvimos trabajando; y nos preparaba el desayuno, que tomábamos a prisa mientras seguíamos en nuestra labor.
Cuando me fui, a las nueve en punto, ella estaba arrodillada en el suelo a los pies del Doctor, poniéndole los zapatos y las polainas.
Había una sombra suavizada en su rostro, proyectada por unas hojas verdes que colgaban sobre la ventana abierta de la habitación baja; y pensé todo el camino hasta Doctors’ Commons en la noche en que la había visto mirarlo mientras él leía.
Por entonces estaba bastante ocupado; me levantaba a las cinco de la mañana y volvía a casa a las nueve o las diez de la noche. Pero sentía una satisfacción infinita al estar tan ocupado, no caminaba despacio por ningún motivo y experimentaba el entusiasmo de que, cuanto más me cansaba, más hacía para merecer a Dora. Todavía no le había revelado a Dora mi nueva condición, porque iba a venir a ver a Miss Mills en unos días, y aplacé todo lo que tenía que