Si ella alguna vez me había amado, entonces la consideraría mucho más sagrada; al recordar las confidencias que le había confiado, su conocimiento de mi corazón errante, el sacrificio que debió hacer para ser mi amiga y hermana, y la victoria que había obtenido. Si nunca me había amado, ¿podía creer que me amaría ahora?
Siempre había sentido mi debilidad, en comparación con su constancia y fortaleza; y ahora la sentía cada vez más.
Fuera lo que hubiese sido yo para ella, o ella para mí, si hubiera sido más digno de ella hacía mucho tiempo, ya no lo era yo, ni lo era ella.
El tiempo había pasado. Lo había dejado escapar, y la había perdido con toda justicia.
Que sufrí mucho en estas disputas, que me llenaron de infelicidad y remordimiento, y que, sin embargo, me sostenía la íntima convicción de que se me exigía, por rectitud y honor, alejar de mí, con vergüenza, la idea de acudir —cuando mis esperanzas se marchitaban— a la entrañable muchacha de quien me había apartado frívolamente cuando brillaban y florecían; consideración que estaba en la raíz de cada uno de los pensamientos que abrigaba respecto a ella, todo eso es igualmente verdad. No hice ningún esfuerzo por ocultarme a mí mismo, ahora, que la amaba, que me entregaba a ella por completo; pero me convencí firmemente de que ya era demasiado tarde y de que nuestra ya prolongada relación debía permanecer inalterada.
Había pensado, mucho y a menudo, en cómo mi Dora me había perfilado lo que podría haber sucedido en aquellos años que el destino no quiso que pusiéramos a prueba; había considerado cómo las cosas que nunca suceden son a menudo tan reales para nosotros, en sus efectos, como aquellas que se consuman. Los mismos años de los que ella hablaba eran ahora una realidad para mi corrección; y lo habrían sido un día, tal vez un poco más tarde,