Tampoco podían hacer nada sin Sophy.
- A alguien se le caía el pelo, y nadie más que Sophy sabía recogérselo.
- A alguien se le olvidaba cómo era cierta melodía, y nadie más que Sophy podía tararearla como era debido.
- Alguien quería recordar el nombre de un lugar en Devonshire, y solo Sophy lo sabía.
- Había que escribir algo a casa, y en la única en quien se podía confiar para escribir antes de desayunar por la mañana era en Sophy.
- A alguien se le trababa una labor de punto, y nadie aparte de Sophy era capaz de encarrilar de nuevo a la infractora.
Eran dueñas absolutas del lugar, y Sophy y Traddles las atendían.
Cuántos niños habría podido cuidar Sophy en su época, no me lo puedo imaginar; pero parecía ser famosa por conocer toda clase de canción que jamás se le hubiera dirigido a un niño en la lengua inglesa, y cantaba docenas por encargo con la voz más clara del mundo, una tras otra (cada hermana dando instrucciones para una melodía diferente, y la Belleza por lo general entrando al final), de modo que me quedé completamente fascinado.
Lo mejor de todo era que, en medio de sus exigencias, todas las hermanas sentían una gran ternura y respeto tanto por Sophy como por Traddles.
Estoy seguro de que, cuando me despedí, y Traddles salió conmigo para acompañarme a la cafetería, pensé que nunca había visto una mata de pelo terco, ni ninguna otra mata de pelo, revolcarse en semejante lluvia de besos.