Me sentía abochornado por estos cumplidos; pero, al mismo tiempo, era consciente de ser tratado como un huésped de honor, y la señora Heep me pareció una mujer agradable.
—Mi Uriah —dijo la señora Heep— ha esperado esto mucho tiempo, señor. Tenía el temor de que nuestra humilda’ se interpusiera, y yo misma lo compartía. Humildes somos, humildes hemos sido, humildes seremos siempre —dijo la señora Heep.
—Estoy segura de que no tiene motivo para estarlo, señora —le dije—, a menos que así lo desee.
—Gracias, caballero —replicó la señora Heep—. Conocemos nuestra posición y estamos agradecidos por ella.
Descubrí que la señora Heep se iba acercando gradualmente a mí, y que Uriah se ponía gradualmente enfrente de mí, y que me ofrecían respetuosamente los mejores manjares de la mesa. No había allí nada particularmente selecto, desde luego; pero agradecí la buena intención y sentí que eran muy atentos. Pronto empezaron a hablar de tías, y entonces les hablé de la mía; y de padres y madres, y entonces les hablé de los míos; y luego la señora Heep empezó a hablar de suegros, y entonces yo empecé a hablarle del mío, pero me detuve porque mi tía me había aconsejado guardar silencio sobre ese asunto. Sin embargo, un tierno y joven corcho no habría tenido más oportunidades frente a un par de sacacorchos, ni un tierno y joven diente frente a un par de dentistas, ni un pequeño volante frente a dos raquetas, que las que tuve yo frente a Uriah y la señora Heep. Hicieron conmigo exactamente lo que quisieron; y me sacaron con tretas cosas que yo no tenía deseos de contar, con una seguridad que me hace sonrojar al recordarla, más aún cuanto que, en mi juvenil franqueza, me atribuía