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nydus/David CopperfieldPublic
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Capítulo LV

—Oh, sí —respondí—, lo conozco bien.

—Ya lo creo que sí —dijo el señor Omer—. ¡Vaya, señor! Su primo, según parece, con un buen trabajo y desahogado, me dio las gracias de un modo muy varonil por esto (comportándose en todo, debo decirlo, de una manera que me deja una gran opinión de él), y fue a alquilar una casita tan cómoda como usted o yo desearíamos ver jamás. Esa casita ya está amueblada por completo, tan pulcra y perfecta como el salón de una muñeca; y a no ser porque la enfermedad de Barkis ha tomado este mal giro, pobre muchacho, ya se habrían casado, me atrevo a decir que a estas alturas. Tal como están las cosas, hay un aplazamiento.

—¿Y Emily, señor Omer? —inquirí—. ¿Se ha asentado más?

—Eso, ya sabe usted —respondió, volviéndose a frotar la papada—, no puede esperarse de manera natural. La perspectiva del cambio y de la separación, y todo eso, está, por decirlo así, cerca de ella y lejos de ella, al mismo tiempo. La muerte de Barkis no tiene por qué retrasarlo mucho, pero su agonía prolongada sí. De todos modos, es un estado de cosas incierto, ya ve.

—Ya veo —dije.

—En consecuencia —prosiguió el señor Omer—, Em’ly sigue un poco desanimada y un tanto nerviosa; tal vez, en conjunto, lo esté más que antes. Cada vez parece tenerle más y más cariño a su tío, y muestra mayor reticencia a separarse de todos nosotros. Una palabra amable mía le arrancan las lágrimas de los ojos; y si la vieran con la hijita de mi hija Minnie, nunca lo olvidarían. ¡Válgame Dios bendito! —dijo el señor Omer, meditabundo—, ¡cómo quiere a esa criatura!

Como se me presentaba una oportunidad tan favorable, se me ocurrió preguntarle al señor Omer, antes de que nuestra conversación se viera interrumpida por el regreso de su hija y su yerno, si sabía algo de Martha.

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