«¡En efecto!», exclamé.
—Sí —dijo Traddles—. Ahora todo el conjunto —quiero decir los aposentos— consta de solo tres habitaciones; pero Sophy se apaña con las chicas de la manera más maravillosa, y duermen con toda comodidad. Tres en esa habitación —dijo Traddles, señalando—, dos en aquella.
No pude evitar mirar a mi alrededor, en busca del alojamiento que les quedaba a Mr. y Mrs. Traddles. Traddles me comprendió.
—¡Vaya! —dijo Traddles—, estamos preparados para pasarlas canutas, como acabo de decir, y la semana pasada improvisamos una cama aquí, en el suelo. Pero hay una pequeña buhardilla —una habitación muy agradable una vez que estás allí— que Sophy papeló ella misma para darme una sorpresa; y esa es nuestra habitación actual. Es un lugar estupendo, una especie de rincón gitano. Desde allí hay unas vistas increíbles.
—¡Y por fin estás felizmente casado, querido Traddles! —dije—. ¡Qué alegría tan grande tengo!
—Gracias, mi querido Copperfield —dijo Traddles, mientras nos estrechábamos la mano una vez más—. Sí, soy tan feliz como es posible serlo. Ahí está tu vieja amiga, ¿ves? —dijo Traddles, señalando triunfante con la cabeza la maceta y el soporte—; ¡y ahí está la mesa con tapa de mármol! Todo el demás mobiliario es sencillo y práctico, ya te habrás fijado. Y en cuanto a cubiertos, ¡santo Dios, no tenemos ni una cucharita de té!
—¿Todo por ganar? —dije alegremente.
—Exactamente —respondió Traddles—, todo por ganar. Por supuesto que tenemos algo que se parece a las cucharillas, porque removemos el té. Pero son de metal de Britannia.