El doctor Strong lo contempló con una mirada desconcertada y dudosa, que casi de inmediato dio paso a una sonrisa que me infundió mucho ánimo; pues estaba llena de amabilidad y dulzura, y había en ella, y de hecho en todo su modo de ser —una vez superada la escarcha estudiosa y pensativa que lo cubría—, algo muy atractivo y esperanzador para un joven estudiante como yo.
Repitiendo «no», y «en lo más mínimo», y otras breves seguridades del mismo tenor, el doctor Strong se adelantó trotando ante nosotros con un paso extrañamente irregular; y nosotros lo seguimos: el señor Wickfield, con aspecto serio, según observé, y negando con la cabeza para sus adentros, sin saber que yo lo veía.
La clase era una sala bastante grande, en el lado más tranquilo de la casa, frente a la solemne mirada de media docena de grandes urnas, y desde la que se atisbaba un viejo jardín apartado, propiedad del doctor, donde los melocotones maduraban en el soleado muro orientando al sur.
Afuera, sobre el césped bajo las ventanas, había dos grandes áloes en tinas, cuyas anchas y duras hojas (que parecían hechas de hojalata pintada) han sido desde entonces, por asociación, un símbolo de silencio y retiro para mí.
Unos veinticinco muchachos estaban aplicadamente ocupados con sus libros cuando entramos, pero se levantaron para desearle los buenos días al doctor, y se quedaron de pie al vernos al señor Wickfield y a mí.
—Un alumno nuevo, jóvenes caballeros —dijo el Doctor—; Trotwood Copperfield.
Un tal Adams, que era el alumno de más categoría, dio entonces un paso al frente y me dio la bienvenida. Parecía un joven clérigo, con su corbata blanca, pero era muy afable y de buen humor; y me indicó mi sitio y me presentó a los profesores, con una amabilidad propia de un