aspecto mojado, con el que lo recordaba, casi había desaparecido; y las gruesas venas de su calva cabeza no resultaban ni un poco más agradables de contemplar.
Después de cierta conversación entre aquellos caballeros, de la que podría haberme imaginado que no había nada en el mundo que tomar legítimamente en cuenta, a cualquier precio, salvo el supremo confort de los presos, y nada sobre la faz de la tierra que hacer fuera de las puertas de la prisión, comenzamos nuestra inspección.
Como era justo la hora de cenar, fuimos primero a la gran cocina, donde la cena de cada prisionero se estaba disponiendo por separado (para serle entregada en su celda), con la regularidad y precisión de un mecanismo de relojería.
Le dije aparte a Traddles que me preguntaba si a alguien se le ocurriría que había un contraste llamativo entre estos abundantes banquetes de exquisita calidad y las cenas, por no hablar de las de los paupérrimos, sino de las de los soldados, marineros, jornaleros, la gran masa de la honrada comunidad trabajadora, de la cual ni uno de cada quinientos cenaba jamás ni la mitad de bien.
Pero aprendí que el «sistema» exigía una vida regalada; y, en suma, para liquidar el sistema de una vez por todas, descubrí que, en ese aspecto y en todos los demás, «el sistema» zanjaba todas las dudas y resolvía todas las anomalías. Nadie parecía tener la más mínima idea de que existiera ningún otro sistema que el sistema que debiera ser tomado en consideración.
Mientras íbamos recorriendo algunos de los magníficos pasajes, le pregunté al señor Creakle y a sus amigos cuáles se suponía que eran las principales ventajas de este sistema que todo lo gobernaba y a todo se imponía universalmente.