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VI

Mimi fechaba a partir de entonces su conciencia de ser de color desde septiembre de mil novecientos seis. Para ella el viejo orden había pasado, era ahora definitivamente de una raza aparte.

A veces esto creaba en su interior estados de ánimo de introspección que rozaban peligrosamente lo morboso. Otras veces le inculcaba un profundo y apasionado desdén hacia aquellos que eran sus opresores y los de su raza.

Solía reírse entre dientes cuando leía, oía o veía las imbecilidades y las deficiencias de estos. Miraba con desprecio su provincianismo, su estupidez, su ignorancia. A su vez, se descubría a sí misma magnificando las virtudes, las excelencias de su propia gente y, al mismo tiempo, intentaba justificar mediante un proceso de sutil sofistería todos sus defectos.

Con el tiempo, la continuación de estas prácticas comenzó a obrar un cambio decidido y notable en su perspectiva de la vida en general. Con el tiempo se vio a sí misma pensando en prácticamente todas las cosas —sin importar cuál fuera su naturaleza ni cuán remotamente conectadas estuvieran con los problemas de raza o color— en términos de raza o color.

Esta visión distorsionada limitaba seriamente sus capacidades, pero ella no era consciente de ello porque coincidía de manera tan completa con los puntos de vista de sus amigos.

«Pobre basura blanca» se convirtió en el culmen del desprecio, de la afrenta, del menosprecio.

En marcado contraste con sus modales antes joviales y amistosos, se volvió casi maliciosa en pequeñas crueldades hacia los tenderos, los buhoneros, los dependientes de las tiendas que casualmente eran blancos. En estos episodios disfrutaba agudamente del hecho de que su piel del color de la crema, su apellido galo y su acento francés le otorgaban inmunidades que tal vez no habría poseído de haber sido más claramente negra.

Cuando recién había llegado a Atlanta, había sido quisquillosamente crítica de las debilidades y los pequeños vicios de sus nuevos amigos. Se había repugnado ante sus habladurías, su destrucción de reputaciones basándose en informes escasos e imperfectos de supuestas faltas. Había odiado la obsesión de los hombres por hacer dinero, la competencia entre mujer y mujer en los vestidos, en la suntuosidad de las recepciones y de las casas.

Pero con el paso de los años y en particular tras las escenas que había presenciado en los disturbios, comenzó a tomar todo esto como algo natural y descubrió que ya no la escandalizaba ni le molestaba. No sabía si se estaba endureciendo ante el nuevo orden, si estaba sucumbiendo al nuevo punto de vista.

Su relación con Jean y la falta de contacto en su juventud con niños de su misma edad le habían otorgado una madurez mental muy adelantada para sus años.

Ahora le dolía darse cuenta de que sus charlas con Jean eran cada vez más infrecuentes y que, cuando se producían, había en ellas algo menos de comprensión que antes.

Su sentido de la lealtad le impedía pensar conscientemente en que Jean estaba siendo rápidamente dejado atrás por el curso de los acontecimientos, en que ella, que una vez había visto la vida cara a cara con él, le llevaba mucha ventaja.

Pero, aunque no quería admitirlo, sin embargo era cierto, y en ello residía la razón por la que tanto él como ella buscaban cada vez menos la vieja camaradería que tanto había significado para ambos.

Jean, sin embargo, vio con clara perspectiva los cambios que se estaban obrando en Mimi. Su nueva actitud hacia la raza le afligía, aunque comprendía plenamente las razones de dicho cambio. Sabía que una obsesión racial ciega frenaría materialmente su desarrollo y deploraba su rápido crecimiento. Sabía que la discusión y el ataque directo servirían de poco: el rostro de Mimi en aquella noche memorable y terrible le había revelado el amargo tormento del alma que se gestaba en su interior. Tampoco habría argumentado en contra de su sentimiento de odio hacia los blancos con los que entraba en contacto con poca frecuencia, de haber creído que algo bueno resultaría de ello.

En su lugar, procuraba contrarrestarlo mediante observaciones cuidadosamente casuales sobre el auténtico valor de este o aquel hombre, o colocando en manos de Mimi, o en lugares donde con seguridad daría con ellos, artículos, periódicos, libros que llenaran su mente de belleza y verdad. Una vez fue una excelente traducción de los cuentos de Balzac. Otra vez fue The Way of All Flesh. O una novela de Thomas Hardy, aunque se guardó de darle Tess —eso, sentía, era demasiado—, bueno, un poco demasiado avanzada para los tiernos años de Mimi. Él no sabía que, antes de marchar de Nueva Orleans, Mimi había pasado muchas horas encerrada en su propia habitación devorando a escondidas (casi literalmente, tanto se acercaba la nariz a las páginas) la tragedia de Tess. Tampoco sabía que ella había leído cada uno de los volúmenes encuadernados en marroquín de Maupassant que él con tanto esmero había colocado en el estante más alto. Ahora Mimi leía (o releía) los volúmenes que él le daba, escuchaba sus largas charlas y respondía a las preguntas que, en los momentos más inverosímiles, él le hacía sobre sus lecturas, pues sabía que le habría causado dolor no haberlo hecho.

Y la estrategia de Jean no fue un fracaso absoluto. A Mimi le producía un deleite casi malicioso descubrir en las clases que conocía más o menos un soneto de Shakespeare, que sabía quién era Chaucer, que Tennyson era algo más que la figura vaga de un hombre que había «escrito poesía o pintado cuadros o algo así». Solo con Hilda se abstenía de recalcar, aunque fuera con la mayor suavidad, las ventajas que le confería haber elegido a un padre como Jean. Con Hilda compartía las historias que le daban placer y, con el permiso de Jean, le prestaba libros, y con ello se forjó otro vínculo entre ellas.⁠ ⁠…

Al son pregonado por trompetas del marcial «Dios de nuestros padres, cuya mano omnipotente...», Mimi e Hilda, ataviadas con vestidos blancos y vaporosos idénticos en tela y diseño a los de otras treinta, avanzaron marchando una soleada mañana de junio cuando el nuevo siglo había llegado a su undécimo año.

En sus manos apretaban rollos de papel, cada uno atado con un lazo de cinta.

Las tareas requeridas para la culminación del curso de la escuela normal habían concluido, se otorgó el sello de aprobación oficial. Hubo regalos y felicitaciones, fiestas y suspiros de alivio de que todo hubiera terminado.

Jean estaba sentado entre la multitud de padres y familiares en los asientos reservados para ellos, con los ojos húmedos mientras veía a su pequeña Mimi superar otro hito entre aquel día en que había aguardado con ansiedad ante la puerta de Margot y la edad adulta.

Mientras la música ascendía con paso sonoro, volviéndose cada vez más tenue a medida que el enorme coro seguía a los graduados fuera de la capilla, revivió una vez más los cortos veinte años que habían transcurrido tan milagrosamente a toda velocidad sobre pies alados.

Era como si hubiera sido ayer cuando había estado esperando con impaciencia alguna noticia de la habitación de Margot. Al oír su agonía, había odiado a este recien llegado que estaba haciendo que su Margot descendiera a las sombras. Cuando por fin le habían permitido entrar en la habitación, se había precipitado hacia la cama, negándose incluso a mirar al intruso, y había caído de rodillas derramando amargas lágrimas de sufrimiento y alivio. Había hecho el solmene juramento de que Margot no volvería a pasar por semejante trance, un juramento que más tarde el médico había confirmado como necesario: otro hijo habría matado a Margot.

… Los años de felicidad que los tres habían pasado juntos acudieron a su mente. El primer paso, la primera palabra, el primer diente. Largos paseos deambundando por las viejas y sinuosas calles de Nueva Orleans, manitas regordetas aferradas a los dedos de él y de Margot. Los primeros días de escuela. La enfermedad y muerte de Margot. Un dolor agudo lo atravesó y lo sacudió como una convulsión.

—¿Qué te pasa? ¿Enfermo? —inquirió la señora Daquin. —No, estoy bien —susurró él, resentido por la intromisión en su ensoñación de aquella que había venido después de Margot.

Los años de indecisión, días seguidos de noches solitarias en los que había intentado alcanzar el olvido en la copa de vino verde jaspeado.

Mary.

La llegada a Atlanta.

Años de descontento. Años de infelicidad.

Estaba mejor, materialmente, por supuesto. Había ganado dinero, es verdad, pero se preguntaba si siquiera habría conservado su empleo de no haber estado respaldado por el padre de Mary con su dinero y su influencia.

Dios santo, había ido alcanzando lentamente el respetable estatus de ciudadano honorable bajo el impulso y la guía combinados de Mary y el señor Robertson.

¿Y de qué servía todo aquello? ¿Valía la pena cualquiera de estos mezquinos esfuerzos y forcejeos la mitad de las cosas que te arrebataban?

Y Mimi⁠—también se había alejado de él. Entre ellos existía, por supuesto, el viejo afecto⁠—de eso jamás dudó ni por un minuto. Pero las pequeñas costumbres que revelaban el vínculo subyacente eran cada vez más escasas con el paso de los años. Bueno, es joven, pensaba, mientras que yo soy viejo y he quedado muy atrás de la nueva generación. Estaba orgulloso de ella, sin embargo. Mientras desfilaba de la capilla afuera y pasaba sucesivamente frente a las largas y estrechas ventanas, el sol que se filtraba había hecho que su hermoso cabello estallara en una belleza de un rojo salvaje, exótico y encendido. Destacaba entre los negros y castaños de las cabezas de las otras chicas como un sol poniente y radiante en un cielo de nubarrones. Se alegraba de que fuera tan bonita⁠—esperaba que se casara antes de reunirse con Margot. Había observado sus pequeñas manías, el surgimiento de minúsculas revelaciones de la sangre cálida que corría bajo la superficie risueña de Mimi. Temía, temía terriblemente, dejarla sola. ¿Sola? Sí, concluyó, eso sería exactamente lo que pasaría si algo me llegara a suceder. Mary y Mimi nunca se llevarían bien si él no estuviera allí.⁠ ⁠…

—Vamos, Jean —lo animó Mary—. Todo ha terminado.⁠ ⁠… Oh, ¿cómo está, señora Lewis? Sí, de cierto modo da pena ver cómo nuestra pequeña Mimi se convierte en toda una mujercita ante tus propios ojos. Sí, iba muy guapa⁠ ⁠—y es un encanto⁠— el señor Daquin y yo la adoramos.⁠—Oh, muchas gracias, señor Thompson.⁠—¿Dónde está la señora Thompson?⁠—¡Ahí está! Querida, fue un regalo precioso el que mandaste. Justo se lo estaba agradeciendo a tu marido, pero quiero agradecérselo a los dos.⁠ ⁠…

Aquí, allí, en todas partes, la señora Daquin asentía o lanzaba una frase alegre y piadosamente decorosa. Jean y Mimi me deben todo esto, pensaba. Fui yo quien los introdujo en una comunidad civilizada.

Fue aquel verano cuando Carl Hunter volvió a casa.

El señor Hunter le explicó el motivo a Jean.

“Ese muchacho se ha pasado todos estos años en el colegio, gastando dinero y divirtiéndose. Le dije que si volvía a suspender alguna de sus asignaturas tendría supeditado regresar a casa a trabajar. Supongo que creía que estaba bromeando, pero ya verá si lo estoy o no. O vuelve aquí a trabajo o si no, yo corto por lo sano con él”.

“¿No eres un poco duro con el muchacho?”, se atrevió a preguntar Jean. “Todavía es joven; aún no se ha encontrado a sí mismo; ya madurará con el tiempo...”.

—¿Que madure? —el señor Hunter soltó un ronquido despectivo—. Ya tiene veintitrés años, y a su edad yo llevaba seis trabajando. No, ya se acabó eso de andarle mimando y tiene que abrirse camino por sí mismo o hundirse...

Fue en un pícnic a finales de junio cuando Mimi volvió a ver a Carl. Recordaba la manera cortante con la que la había saludado en la fiesta años atrás y, al volver a verlo, descubrió que aún le resentía la actitud displicente que había tenido. Se propuso tratarlo con la misma frialdad y desinterés. Tan pronto como los vio a ella y a Hilda, una orquesta de tres integrantes empezó a tocar en el pabellón cubierto.

“Hola”, los saludó a ambos con despreocupación. Mimi se puso tensa, era la misma palabra que había usado cinco años atrás.

—¿Cómo le va? —preguntó ella, pero en un tono que dejaba claro que no esperaba ni quería respuesta a su pregunta.

Carl sonrió.

¡Vaya! Estás muy estirada. ¿Quieres bailar conmigo?

—Gracias, no. Será mejor que bailes con Hilda —fue la respuesta de Mimi mientras se apartaba.

Hilda se había quedado allí plantada, sin decir nada, pero luchando por evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas. Sentía la corriente eléctrica que centelleaba entre sus dos amigos cargada de un intenso antagonismo; pero Hilda era demasiado prudente como para dejar que aquel mal sentimiento la tranquilizara. Los cinco años de ausencia no habían cambiado a Carl; sabía que a él le importaba tan poco ella ahora como entonces. Y allí estaba Mimi, la única chica con la que se había sentido completamente feliz, la chica a la que amaba apasionadamente, captando y reteniendo el interés y la atención de Carl. Hilda sabía que Mimi no lo hacía deliberadamente. Conocía a Mimi demasiado bien como para creer eso. Sabía también que Mimi habría preferido hacer casi cualquier cosa antes que herirla. A pesar de estas autotranquilizaciones, Hilda sintió la primera amargura en su corazón hacia su amiga, los primeros pinchazos de los celos. Su orgullo estaba herido, era verdad, pero por debajo de eso y mucho más profundo era el dolor provocado por la repentina constatación de que Carl nunca se había interesado, no se interesaba ahora, ni se interesaría jamás por ella. Tenía ganas de llorar, de salir corriendo como loca por el bosque cercano, de alejarse de todo el mundo y de todo y llorar hasta que no le quedaran más lágrimas.

Todo esto cruzó por su mente al oír las palabras de Mimi. Sonrió con valentía.

«No—no. No quiero bailar», mintió alegremente. «Vayan ustedes dos».

Los vio marchar, esforzándose por apartar de sí la certeza de que su mejor y más querida amiga había creado en un instante, con dos o tres palabras carentes de sentido, un interés que ella misma había esperado y soñado despertar. Era duro, terriblemente duro. Con plena consciencia, exculpaba a Mimi. Pero en su interior latía amargura, una sensación casi de náusea, un dolor que le hacía pensar en el joven espartano que sonreía mientras una fiera le roído las entrañas bajo la túnica, la camisa o lo que llevaran en aquellos tiempos. Aquella imagen le brindó un gélido consuelo. Jugueteó con la idea, dándole vueltas una y otra vez en la mente mientras se iba a sentar en silencio junto a su madre.

Mimi ignoraba por completo las emociones que ella y Carl le habían despertado a Hilda. Sabía del afecto cuidadosamente oculto que Hilda sentía por él, pero había estado tan absorta en sus propias reacciones hacia él que ni se había fijado en la expresión del rostro de Hilda durante el breve episodio ni había captado la forma demasiado ostentosamente despreocupada con que Hilda la había animado a bailar con Carl. Mientras caminaba con él hacia el pabellón, todo su viejo resentimiento hacia él brotó con fuerza en su interior. Le detestaba su fría y distante superioridad, su tranquila suposición de que ella bailaría encantada con él. Carl también guardaba silencio. Sus pensamientos giraban en torno a esta muchacha que era Mimi, pero que no era la Mimi en la que antes apenas se había fijado. Su cabello llameante le intrigaba; siempre le había encantado ese tono de oro y rojo color antorcha. Y además tenía genio. Eso estaba bien; le gustaba que la gente demostrara carácter.

Bailaron. A Mimi le encantaba bailar. Se descubrió a sí misma olvidando su resentimiento; tenía que recordarse constantemente que estaba enojada. Y Carl bailaba bien. Sin pisarle los pies torpemente como hacían la mayoría de los otros muchachos.

El gran contrabajo gemía. El violín chirriaba. La mandolina rasgueaba coquetamente. Cada pocos minutos los músicos se unían a la canción.

Muy cerca llegaban los olores de carne asándose a la barbacoa. Con ellos se mezclaba la fragancia de los pinos y el grito de los niños. Iba a ser difícil mantenerse distante.

La música se detuvo. Roto el hechizo, sintió que el resentimiento crecía en su interior. Pero Carl se limitó a ponerse de pie y le sonrió feliz.

—Ese es el mejor baile que he tenido en mi vida —anunció.

“¿Cuántas veces y a cuántas chicas distintas le has dicho eso?”, replicó ella.

“¡Muchas, muchas veces y a incontables chicas! Pero lo decía de verdad cada vez que lo pronunciaba”.

De todos modos no protestó; nunca antes había dicho semejante cosa.

—¿Nos sentamos allí a hablar? Me gustaría —preguntó con sencillez.

Se sentaron a observar a la multitud.

Cerca del pabellón se sentaba un pequeño grupo de mujeres de mediana edad, con las cabezas muy juntas, pero no tanto como para perderse nada de lo que pasaba a su alrededor.

—Comienza el coro de los yunques —comentó Carl, asintiendo con la cabeza hacia el grupo—. Las viejas cotillas van a proceder ahora a destripar a toda al alma viviente por estos lares.

—Oh, no hacen ningún daño real. ¿Para qué molestarse por ellos? Es casi lo único que les importa —comentó Mimi con ligereza.

«¿Por qué? Perro ladrador, a poco... Vuelven a la carga conmigo justo donde lo dejaron cuando me fui a estudiar hace casi seis años. Voy descubriendo que soy un tipo sumamente inútil; fumo cigarrillos, no le veo mucha utilidad a ir a la iglesia y escuchar un montón de lugares comunes sobre religión mezclados con filosofía de pacotilla y peor ciencia, lo diametralmente opuesto a la mayoría de las cosas que aprendí en la escuela. ¡No tengo el tino de escuchar y mantener la boca cerrada; ando por ahí vociferando mi propio desacuerdo con un montón de predicadores ignorantes!».

“¿Para qué tomarse la molestia de expresar las propias opiniones? ¿Por qué no ignorar las cosas que le molestan a uno por su falsedad? Sería mucho más fácil⁠—”

«¿Ignorarlos? Dios, lo he intentado mil veces y justo cuando creo que me he mordido la lengua, se me escapa una objeción y vuelvo a meterme en líos.

Mi padre está asqueado de mí; dice que soy un joven presumido e inútil, y estoy más que convencido de que tiene razón. Me ha sacado de la universidad porque volví a suspender matemáticas y física, aunque se me daba bastante bien letras y literatura y una que otra cosa más. Dice que tengo que ponerme a trabajar en el negocio de seguros o se lava las manos conmigo».

“¿Qué es lo que te hace estar tan inquieto, lo que te hace rebelarte contra las riendas todo el tiempo?”

Mimi se descubrió a sí misma disfrutando al ponerse del lado del señor Hunter en contra de Carl.

“No lo sé”, respondió Carl, y un leve dejo de desconcierto, casi de desesperación, se filtró en su voz. “Toda mi vida he sido exactamente lo que acabas de llamarme: un contestón. He intentado conformarme, pero todo el tiempo me descubro diciendo: ‘¿De verdad?’, cuando algún barbudo se pone a darme sermones. Y la mayor parte de las cosas que todo el mundo acepta como axiomáticas, como verdades que jamás deben cuestionarse, me parecen falsas y absolutamente carentes de valor. En la universidad me topé un día con un pasaje de Spinoza que encaja a la perfección, donde dice que ‘las verdades son las falsedades que han envejecido con los años’”.

—Simplemente eres pesimista; ya te encarrilarás con el tiempo —aconsejó Mimi, descubriéndose interesada a pesar de sí misma.

Carl retomó sus palabras.

“¡Pesimista! ¡Tranquilízate! ¡He oído esas palabras con variantes mil veces! ¿Por qué habría de tranquilizarme? Si solo trabajara como un esclavo durante diez o quince años, ganara algo de dinero, me casara con una muchacha respetable pero aburrida que tuviera un montón de hijos y engordara en pocos años, y luego cayera en una rutina de la que nunca saldría, ¡entonces contaría con la aprobación de todas esas cotillas de ahí como un ‘joven bondadoso, íntegro y cristiano’!”.

Sus últimas cinco palabras estaban repletas de desprecio por la respetabilidad que la comunidad deseaba para él.

“No quiero mucho dinero —continuó con vehemencia—. Quiero ver cosas y vivir cosas y—y—” Miró a Mimi, con cierta duda y vacilación, y luego lo soltó de golpe como si esperara que lo regañaran—: ¡escribir! Fue casi un grito de desafío. Para Mimi había mucho de infantil en su gesto de desafío, pero también había algo noble en ello. El peso de la conversación de los otros muchachos que conocía solía ser: «Cuando esté ganando tal o cual cantidad de dólares» o «Cuando sea médico y haya montado una gran consulta». Carl le interesaba mucho más de lo que había creído posible. De hecho, ni siquiera había pensado que pudiera interesarle. Había algo de su propio espíritu en su desafío a las costumbres locales; sus palabras le hicieron comprender cuán profundamente se había hundido ella misma en la rutina de las normas convencionales.

—Pero ¿por qué no puedes escribir o hacer lo que quieras hacer y al mismo tiempo trabajar en la agencia de seguros de tu padre? —preguntó ella con simpatía—. Vivimos en un mundo material: el dinero es necesario, y no tienes que vender tu alma simplemente para ganarte la vida, ¿o sí?

—Todo esto me da asco y lo odio, ¡lo odio! —fue su respuesta—. Todo lo que he oído desde que he vuelto es a un montón de hombres contando historias sucias y confesando la pérdida de sus facultades sexuales al presumir de sus aventuras amorosas. Si no es eso, son estas viejas escupiendo mentiras sobre cualquier mujer que no esté presente. He llegado al punto en que me estremezco cada vez que oigo algo bueno de alguien; sé que es muy probable que sea solo el prólogo de una tremenda historia que hace pedazos a esa misma persona.

“Exageras; dejas que un puñado te cree una obsesión que marca a todos con el mismo sello —protestó—. Hay muchas mujeres y hombres que no encajarían en ninguna de las dos clases que has mencionado”.

“Lo sé; hay mucha gente como la señora Adams, por ejemplo, e Hilda, pero el problema es que son del tipo que se ocupa de sus propios asuntos. Es esta otra clase la que da el ejemplo y son los que hablan y a los que tienes que escuchar. … Oye, supongo que será mejor que no nos sentemos aquí demasiado tiempo o empezarán a hablar de ti”.

—Que los dejen —replicó Mimi, y se vio recompensada con su sonrisa de agradecimiento.

—Naranja. No te lo puedes permitir. Pero eres la única persona que conozco con la que habría podido hablar así y que lo habría entendido...

Hilda se sentó junto a su madre, en silencio durante un largo rato. Raras veces apartaba los ojos de Mimi y Carl. Aunque no podía oír lo que decían, sabía por la forma absorta y entusiasta en que hablaban que habían encontrado algún tema de profundo interés mutuo.

Para ella, su dichosa indiferencia hacia los demás era tan atroz como si le estuvieran aplicando hierros al rojo vivo en su propia carne.

Al principio rechazó furiosamente la idea de que Mimi estuviera intentando atraer deliberadamente a Carl. A medida que la distante conversación continuaba, empezó a coquetear ociosamente con la noción, dándole vueltas en su mente una y otra vez, aunque le dolía, muy a la manera en que uno se toca constantemente una muela dolorida con la lengua.

Luego se aferró firmemente a esa creencia, convencida de que Mimi intentaba arrebatarle a Carl —a su Carl, el de Hilda— con malas artes. Sabía que esto no era verdad; se aborrecía a sí misma por desconfiar de su amiga. Pero una y otra vez volvía a esa misma desconfianza, que rozaba peligrosamente el odio. Era como encontrarse con una persona que sufre alguna deformidad facial o corporal, un labio leporino o un ojo de vidrio, y proponerse no reparar en el defecto, pero verse fascinada e incapaz de apartar la mirada de aquello mismo que se había impuesto no mirar.

Hilda was all the more ashamed of her feeling toward Mimi because, so far as Carl knew, there was no reason why Hilda should have any claim upon him.

There had never been any word of love between them, he had always been rather fond of her in an offhand way, had called her, as long as she could remember, “Little Sister.” She hated the term not alone because it seemed to her banal but more because of the mild affection it implied, vastly inferior in intensity to her own emotion.

Reason, however, plays but small part when one’s love is concerned, thought Hilda, and she returned to her brooding.⁠ ⁠…

“Me parece que estás cometiendo un error —le decía mientras tanto Mimi a Carl—. Te empeñas en insistir en la forma en que las mujeres aquí chismorrean; esa no es una costumbre exclusiva de Atlanta y de la gente que tú y yo conocemos. Las mujeres hacen eso en todas partes, me parece a mí, y a menudo pienso que los hombres chismorrean más que las mujeres. ¿No se te ocurre nunca que hay muchas cosas al otro lado del escudo?”.

“Esa es la única razón por la que volví aquí”, respondió Carl con entusiasmo, cambiando de inmediato su expresión de inquietud morbosa por una de alerta alegría.

“Cuando me pongo más pesimista respecto a nuestra propia gente, todo lo que necesito para animarme es mirar la infelicidad de los blancos. ¿Te has dado cuenta de que, por muy mala que sea su suerte, el negro puede reír, cantar y olvidar todas sus preocupaciones? Lo llaman irresponsabilidad y pereza pero, Dios, cuando veo la forma tan terriblemente infeliz en que vive esta gente blanca, tan ocupada haciendo dinero y manteniendo ‘al negro en su lugar’, pienso que estamos de lo más bien. Dime, ¿te gustaría ir conmigo alguna vez a una reunión al aire libre o a alguno de estos otros lugares donde verás aquello que ha evitado que el negro sea exterminado: eso que llaman el ‘espíritu’ o ‘alma’ de la raza?”.

“Me encantaría”, contestó Mimi mientras caminaban de regreso hacia donde estaba sentada Hilda. Hilda pudo esbozar una sonrisa, pero Mimi notó durante todo el día que estaba extrañamente callada y distante. La primera frialdad de importancia en su amistad se había interpelado entre ambas.

Al principio, Mimi se desconcertó y se preguntó qué podría haberlo causado. Luego recordó las tímidas admisiones del interés de infancia de Hilda por Carl. Mimi supo entonces, o más bien intuía, la razón de la actitud de Hilda.

Mimi no le dijo nada, consciente de lo imprudente que era mencionar el tema y temiendo que la brecha se agrandara si hablaba de él. Y, siendo humana, los pucheros de Hilda la irritaban.

“Es una tonta”, pensó Mimi, “enfadarse conmigo simplemente porque Carl y yo hablamos unos minutos. Si esa es la clase de amiga que es—”

Mimi no completó el pensamiento, pero se sentía a la vez vagamente divertida y molesta con Hilda. Al mismo tiempo, deseaba volver a hablar con Carl. Él era diferente.⁠ ⁠…

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