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XI

A medianoche el doctor Adams hizo su última visita del día.

“Ahora está descansando tranquilamente y creo que dormirá toda la noche. Llámame si me necesitas. Y más te vale dormir un poco tú también o tendré dos pacientes”, le aconsejó a Mimi al marcharse.

Sus palabras le hicieron ver a Mimi que estaba cansada. Mandó a la señora Daquin a la cama, diciéndole que ella cerraría la casa con llave y se ocuparía de que todo estuviera en orden. Luego entró de puntillas en la habitación de Jean y lo encontró respirando suavemente, con el rostro sonriente vuelto hacia la puerta.

Cuando llamó a las siete de la mañana siguiente, el doctor Adams dijo que Jean llevaba muerto unas tres horas. Mimi encontró en su rostro la misma sonrisa que había estado allí la última vez que lo había visto.

La señora Daquin entró en la habitación llorando, pero para Mimi no había lágrimas. La muerte le había llegado con demasiada premura; su arrebato veloz de su Jean la había dejado incapaz de pensar, de toda emoción. Se arrodilló junto a la cama, con la cabeza apoyada junto a la de Jean, aturdida, sin palabras. El doctor Adams intentó apartarla, diciéndole que sería mejor para ella si no se quedaba allí demasiado tiempo.

“No, Doctor, soy más feliz aquí. Me quedan apenas unas horas más con Jean. Déjeme aquí a solas, ¿sí?”

Él sacó a la llorosa señora Daquin de la habitación y Mimi se quedó sola con Jean.

¿Jean muerto? No podía creer que fuera verdad. Le tocó la mano, rígida, fría. Eso la aterrorizó. ¿Cuántas veces la habría sostenido, cálida, palpitante, receptiva?

No⁠—había estado demasiado ocupada con sus propios asuntos mezquinos, sus propias preocupaciones insignificantes, como para pensar en él⁠—que añoraba su tranquilo y viejo hogar, infeliz en un entorno y entre gente que no comprendía y cuyas costumbres no eran las suyas.

Ella había sabido de un modo impreciso que Jean no era feliz, que él y Mary se alejaban cada vez más el uno del otro cada año, cada mes, cada día.

Un espasmo de remordimiento invadió a Mimi⁠—un remordimiento que la sujetaba con un gélido y terrorífico abrazo⁠—al comprender ahora cómo podría haber sido un consuelo, un alivio para Jean, y en su lugar se había dedicado a perseguir alegremente sus propios caprichos e imaginaciones, prestándole poca atención.

Sabía ahora que estos últimos años debieron haber sido terriblemente solitarios para él. Sentía que habría dado con alegría diez años de su vida por tenerlo de vuelta por un año, por un mes, incluso por un solo día.

Entonces le demostraría la calidad de su amor por él. Santa Madre, ¿por qué uno solo se daba cuenta de estas cosas cuando ya era demasiado tarde?

Se alegraba de que hubieran tenido esa charla ayer por la tarde. Había sido como en los viejos tiempos, ella y Jean habían sido muy felices juntos. Incluso en su propia enfermedad, sus pensamientos habían sido para ella; había querido vivir, no por su propio bien, sino únicamente por el de ella.

« Saldrás adelante », le había dicho.

Se preguntaba si lo lograría. Sin la presencia física de Jean, se preguntaba cómo serían sus relaciones con la señora Daquin. A su manera silenciosa, Jean había tenido un control muy real sobre su esposa. Mimi intuía ahora como nunca antes que, a pesar de su amabilidad, que a veces parecía casi debilidad, su aparente blandura tenía una gran fuerza detrás: la fuerza suficiente para mantener a raya la agresividad y la actitud dominante de la señora Daquin. Jean no le había hablado con dureza a menudo, pero cuando lo hacía, su esposa escuchaba y obedecía. Nunca había tenido que hablar dos veces.

¿Por qué no lloro, se preguntó, como lo hacen todas las mujeres y la mayoría de los hombres cuando llega la muerte?

Era consciente de una ligera sensación de culpabilidad debido a sus ojos secos. Se preguntó si estaría mostrando el respeto adecuado. Miró el rostro apacible de Jean. Su propio rostro estaba marcado por líneas duras y tensas, tenía los dientes apretados hasta que le dolían los músculos de la mandíbula, pero no brotaban lágrimas.

¿Jean muerto? No⁠—no⁠—no⁠—no podía ser verdad.⁠ ⁠…

La encontraron allí, con los ojos secos, cuando vino el funebrero para preparar a Jean para el sepelio. Estaba tranquila hasta que la cesta de mimbre ajada, combada por el peso de su carga, iba siendo transportada por la puerta. Estaba pensando en aquel día al que Jean se había referido ayer⁠—aquel día en el cementerio de St. Louis cuando el cortejo fúnebre pasó cerca de ellos. Jean había dicho que sentía como si su propio cuerpo estuviera en el ataúd. Ahora sabía a qué se refería⁠—su propio cuerpo estaba allí en ese contenedor de paja.

“¡Ten cuidado!”, gritó ella cuando uno de los hombres dejó que la cesta golpeara contra la puerta.

Un dolor físico agudo le atravesó el cuerpo, seguido de náuseas mientras los hombres enderezaban la cesta que se deslizaba. Entonces todo se volvió oscuridad para ella.

Sin emitir un sonido, se desplomó en el suelo, desvanecida.⁠ ⁠…

Cuando despertó estaba en la cama. Hilda se sentó cerca y le sonrió cuando abrió los ojos.

—Papá dice que debes guardar silencio, absolutamente. Mamá se está encargando de las cosas y el señor Hunter se ocupa de todos los arreglos para el funeral...

La ominosa y horripilante palabra arrancó un pequeño grito de angustia a Mimi. Los ojos de Hilda se llenaron de lágrimas ante su propia torpeza.

—Pregúntale a tu madre si puede conseguir algunas velas. Y fíjate si puede conseguir un sacerdote para el funeral. A Jean le habría encantado ser enterrado así —suplicó Mimi.

Cuando Hilda se había apresurado a cumplir sus deseos, Mimi intentó levantarse, pero se encontró demasiado débil. Se alegró de recostarse de nuevo en los suaves almohadones. Sí, Jean sería más feliz si tuviera un entierro católico. No había ido a misa desde hacía años, pero nunca había permitido que la estrechez de miras y los prejuicios de los sacerdotes —que después de todo eran humanos y albergaban miedo, cobardía y prejuicios humanos— destruyeron su fe. Con reverencia, Mimi se hizo la señal de la cruz.⁠ ⁠…

La mañana pasó antes de que tuviera fuerzas suficientes para levantarse. Habló con la señora Daquin, la señora Adams y el señor Hunter sobre los planes para el funeral. A la hermana de Jean en Nueva York, a quien Mimi nunca había visto, se le había enviado un telegrama y había respondido por el mismo medio que saldría para Atlanta de inmediato.

Decidieron que los servicios se llevarían a cabo el viernes. La señora Daquin creía que lo mejor era un servicio protestante, pero Mimi se mostró obsecuente, inconmovible. Esto era lo último que podía hacer por Jean y estaba decidida a que se hiciera así, de ser posible.

Ya entrada la tarde, en el respiro de visitantes que habían sido llamados a casa por sus obligaciones domésticas, llegó Carl. A ambos les parecía imposible que menos de veinticuatro horas antes hubieran sido tan felices juntos en esa misma habitación.

“De nada sirve que diga que lo siento, Mimi. Ya lo sabes: quería a tu padre más que a nadie, excepto a ti. Parecía comprenderme... Yo... yo...”

Su repentina avalancha de sentimientos hizo que le fuera imposible hablar. Se le llenaron los ojos de lágrimas al tocar la mano de Mimi, con suavidad y apenas por un segundo.

“Sí, Carl, lo sé…”, susurró.

Para el jueves por la tarde, Mimi sintió que ya no soportaba la tortura de saludar a la gente, responder a las mismas preguntas una y otra vez, y cumplir con las muchas tareas adicionales que la muerte había traído consigo. La señora Daquin parecía estar disfrutando en realidad, a su manera, de la nueva importancia que la muerte de Jean le había otorgado como su viuda. No es que lo dejara traslucir en su rostro. Se ocupaba de que sus ojos tuvieran el aspecto de haber llorado mucho y su aire general era el de una mártir cristiana a punto de ser arrojada a los leones. Para Mimi, parecía haberse revestido de una atmósfera de mujer severamente probada y profundamente afligida, prestando plena atención a la eficacia de los detalles, interpretando el papel como lo haría una actriz consumada. Mimi notó cómo surgía de nuevo toda su antigua animadversión; la vida de Jean, pensó amargamente, habría sido mucho más feliz si su esposa hubiera empleado algo de esa energía que ahora usaba en el duelo simulado en brindarle felicidad a Jean cuando estaba vivo.

No había más que un lugar en el que Mimi se sentía en paz, y ese era sentada junto al féretro de Jean.

Mañana por la mañana llegaría la hermana de Jean, la señora Rogers de Nueva York. Mañana por la tarde, el funeral.

Mimi se deslizó silenciosamente hacia la sala. La estancia estaba a oscuras, salvo por la iluminación de las velas titilantes. A través de las ventanas entreabiertas flotaba la brisa cálida de una tarde de finales de octubre desacostumbradamente apacible. Las cortinas de encaje se mecían perezosamente de un lado a otro, como si se despidieran lánguidamente del cuerpo en el féretro que quedaba fuera de su alcance. En la penumbra, a Mimi le parecieron dedos largos y delgados que intentaban en vano acariciar los costados de la caja que guardaba todo lo que quedaba de Jean.

La casa estaba casi desierta. Uno a uno se habían marchado.

Mimi, agobiada por el incesante desfile, sintió un gran anhelo por encontrar la paz que en ninguna otra parte podía hallar sino junto a Jean. Le molestó descubrir que no estaba sola. La señora Plummer y la señora King estaban sentadas cerca de la ventana conversando en voz baja.

Mimi no les hizo caso, acercó una silla al féretro y se sentó allí a contemplar el rostro de Jean. En él se reflejaba una paz inconfundible; casi deseaba estar ella allí a su lado. La magnitud de su pérdida se iba apoderando de ella. Sin Jean se sentía perdida, aterrorizada, llena de miedo.

¿A quién podía acudir? ¿A la señora Daquin? Evidentemente, no. ¿A la señora Hunter? ¿A Hilda? ¿A la madre de Hilda? ¿A Carl? Cada uno de ellos tenía sus virtudes, pero ninguno era tan completo, tan tierno, tan comprensivo, tan desinteresado. Ni siquiera ella misma, se dio cuenta. Pues heme aquí pensando solo en mí; de haber hecho menos de eso cuando Jean vivía, habría hecho que la vida de él y la mía fueran mucho más felices.

“… sus ojos ni siquiera están rojos… si estuviera tan loca por él como pretendía estar, estaría…”

Mimi de repente cobró conciencia de los susurros sibilantes que le llegaban de las dos mujeres junto a la ventana.

Perdida en el dolor que guardaba en su interior como aguas turbulentas retenidas por una gran presa, había estado ajena a los comentarios durante los días transcurridos desde la muerte de Jean. Incluso a los sin duda comprensivos había respondido de forma metódica, apática, prestando escasa atención a las palabras, palabras, palabras.

Ahora, al llegarle los susurros siniestros y malévolos, la inevitable reacción ante la apatía que había sentido cobró vida con furia. Se levantó de la silla, mientras un odio acervo brotaba hacia las ancianas de lengua viperina.

Pero incluso mientras abrumadoramente abría la boca para hablar, la invadió una abrumadora sensación de la inutilidad de todo aquello, un sentimiento de inadecuación, de falta de respeto hacia Jean si se enfrascaba allí en lo que no sería poco más que una pelea de lavanderas. Contuvo las palabras airadas y amargas que urgían ser pronunciadas y salió corriendo de la habitación.

En la seguridad de su propia habitación, se tumbó en la cama y envidió la paz en el rostro de Jean.

Una y otra vez, la imagen se fundía con el rostro de Carl tal como había salido de la casa la noche en que murió Jean. Se preguntó si este truco fantástico de su mente no sería un sacrilegio, si no constituiría de algún modo una deslealtad hacia Jean.

Sin embargo, una vivía, la otra se había ido, y experimentó una reconfortante sensación de que Jean no la consideraría desleal. Se preguntó qué rumbo tomarían sus nuevas relaciones con Carl. Ahora que Hilda había quedado descartada del problema… ¿⁠ ⁠?

Pesando, meditando, preguntándose, se durmió ligeramente.

Seguramente ya se habrán ido, pensó al bajar de nuevo al salón al despertarse, atraída hacia Jean como la lima de hierro es atraída por un potente imán.

Las sillas junto a la ventana estaban vacías y Mimi se alegró. Se sentó de nuevo junto al féretro y la paz volvió a invadirla. Cuánto tiempo permaneció allí sentida no lo sabía, perdida como estaba en sus propias reflexiones divagantes y caóticas.

De nuevo le vino la sensación de que no estaba sola. Los susurros se alzaron una vez más, esta vez desde las sombras al otro lado del féretro. Trató de apartarlos de su mente, de perderse otra vez en sus propios pensamientos.

Después de todo, pensó, están intentando mostrar su respeto por Jean y su disposición a ser útiles. Es considerado por su parte venir aquí y hacer guardia.

Desde la cocina llegaban el murmullo de unas voces y el aroma a café. Quizá se vayan pronto aunque solo sea para tomar algo de comer.

No se fueron. Aunque hizo todo lo posible por cerrar sus oídos y su mente a las palabras que flotaban a tropezones hacia ella, Mimi sintió que su resentimiento volvía a surgir. La señora Plummer y la señora King discutieron el precio probable del féretro, de los muebles. Specularon sobre lo que harían la viuda y la hija ahora, en qué clase de situación financiera las había dejado el difunto. Mimi oyó el nombre de Carl vinculado al suyo, seguido de una risita de aprobación de la señora King en respuesta a algún comentario hecho por su compañera que Mimi no pudo oír. Era evidente que las mujeres no habían visto ni oído a Mimi volver a entrar en la habitación, pues la franqueza de sus comentarios indicaba que daban por sentado que estaban solas. Una y otra vez divagaban, destruyendo, difamando, despedazando mediante insinuaciones y afirmaciones rotundas.

Una furia fría y ciega se apoderó de Mimi. Se puso de pie de un salto. Las mujeres soltaron un grito ahogado cuando el rostro desangrado de Mimi, que enmarcaba unos ojos centelleantes llenos de furia, se alzó a la cabecera del féretro, mientras la luz de los altos cirios le confería un aspecto aterrador y fantasmal.

—¡Lárguense ustedes dos! —exigió Mimi—. ¡Podrían haber tenido el respeto suficiente por mi padre como para callar sus sucias y mentirosas lenguas! ¡Lárguense! ¡Lárguense! ¡Lárguense!

Su voz al principio no era mucho más que un susurro agudo. A medida que la dominaba la ira, fue subiendo de tono hasta que sus palabras llegaron al vestíbulo contiguo. La señora Plummer y la señora King, aterradas, bordearon precipitadamente la habitación hacia la puerta, manteniendo la mayor distancia posible entre ellas y Mimi, quien giraba lentamente el cuerpo de modo que sus ojos seguían clavados en ellas. Las dos cotillas se apresuraron a atravesar el pequeño grupo que se había amontonado en la puerta, atraído por el alboroto. Cuando la puerta se cerró tras ellas, Mimi se dejó caer en su silla y rompió a llorar mientras la señora Adams entraba y la rodeaba con los brazos.⁠ ⁠…

Calle abajo apresuraban el paso dos mujeres indignadas y sorprendidas. La señora Plummer especulaba quejumbrosa y con tono ofendido mientras jadeaba en su camino de regreso a casa.

—Me pregunto qué le pasaría —le preguntó a su acompañante—. ¡No dijimos nada como para hacerla armar semejante rabieta... y eso que era sobre el cadáver de su difunto padre! ¡Hay gente de lo más extraña!

—Señora Plummer —declaró su compañera con aire sentencioso—, ¡la verdad es lo que duele! Acuérdese de los dichos de antes: «¡Al perro golpeado, aullido dado!» y «¡Donde hay humo, hay fuego!». Supongo que no íbamos tan desencaminadas al fin y al cabo... Supongo que a esa muchacha habrá que vigilarla de cerca.

Temprano a la mañana siguiente llegó la señora Rogers. Al entrar en la casa, Mimi corrió a su encuentro. Su tía la tomó en sus brazos, murmurando suaves palabras de consuelo a Mimi, quien sintió al instante la presencia de una amiga y aliada.

La señora Rogers era de estatura mediana, más joven que Jean, pero tan parecida a su hermano que Jean parecía solo una réplica a la que se le hubiesen añadido el cabello blanco y cortado al rape, un bigote y una pequeña barba.

—Pobre, querida Mimi —susurró, con los ojos húmedos. Estrechó a Mimi contra su pecho en una cálida efusión de afecto sincero, un afecto que surgió sin reservas, uniéndolas en un destello de comprensión y amor.⁠ ⁠…

Mimi and her aunt talked a long time together just before Mrs. Rogers returned to New York two days after the funeral.

¿Cuáles son tus planes, Mimi? ¿Qué vas a hacer?

“No lo sé, tía Sophie⁠: esto me ha sobrevenido de manera tan repentina que estoy muy alterada. Supongo que me quedaré aquí todo el tiempo que pueda llevarme bien con la señora Daquin⁠—”

—¿Por qué se casó Jean con ella? No es de los nuestros en absoluto; una mujer respetable, supongo, pero... bueno, simplemente no es de nuestra clase, ni el tipo de Margot en absoluto.

Mimi le contó las circunstancias del matrimonio, de los años de incomprensión que habían seguido a la unión.

—Muy propio de Jean hacer una cosa así —observó su hermana cuando Mimi hubo terminado—. ¿Para qué te quedas aquí con ella? ¿No quieres volver a Nueva York conmigo?

—Oh, tía Sophie, me encantaría, pero no puedo dejar Atlanta ahora mismo—

—¿Cómo se llama? —exigió la señora Rogers con una astucia que a Mimi le pareció inquietante.

“Carl Hunter”, respondió ella con franqueza, enrojeciendo. “Verá, él me necesita”. Y contó la historia con sencillez, por completo, sabiendo que su tía lo entendería. Cuando terminó, la señora Rogers sonrió con simpatía.

—Ya veo, ya veo. Pero si las cosas se ponen feas por aquí, mándame un telegrama y vente a Nueva York. Me he sentido bastante sola desde que murió Henry y siempre he querido una hija. Intentaría hacerte feliz y no creo que haya demasiada felicidad aquí para ti con la viuda de Jean. Y allí arriba, en el norte, tendrías muchas más oportunidades que aquí, donde lo único que puedes hacer es dar clase o casarte. Lo último no está mal si das con el hombre adecuado, pero no te apresures; una chica con tu físico y tu inteligencia puede llegar lejos si tan solo conserva la cabeza. […]

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