En nuestro buzón, a la mañana siguiente, había un aviso de que nuestra primera semana había terminado y lo único que debíamos eran ciento cuarenta y seis dólares con cincuenta centavos.
La cuenta por la habitación y las comidas era de ciento diecinueve dólares. El resto era por mandar a planchar la ropa y mantener la taquilla húmeda.
No tenía ninguna gana de desayunar. Le dije a la Esposa que me esperaría arriba en la habitación y que fuera cuando terminara. Cuando sopló para adentro, yo ya tenía mi discurso preparado.
—Mira —digo yo—; este es nuestro octavo día en la alta sociedad de Palm Beach. Tú te hablas con una doncella y yo he entablado relación con media docena de empleados varones. Nos ha costado unos ciento sesenta y cinco dólares, incluidos esos salones privados en el Casino y nuestros paseos en afromóvil, y esto y lo otro.
Coniges de vista a toda una caterva de gente bien, pero no puedes hablarles. Sería igual de satisfactorio y cientos de dólares más barato buscar sus nombres en la guía telefónica de casa; luego llamarles y, cuando te contestasen, decirles que se habían equivocado de número. Al menos, de ese modo lograrías que te hablaran.
—En cuanto al deporte —digo—, no jugamos al golf ni al tenis ni nadamos. Seguimos el mismo programa de no hacer nada todos los días.
Bailamos, pero nunca cambiamos de pareja. Por doce dólares podría comprar un fonógrafo allá en casa y usted y yo podríamos trotar por la sala toda la noche sin peligro de que alguno de esos pisaverdes nos parta las espinillas. Y podríamos tener el doble de refrescos líquidos por allá arriba a más o menos la vigésima parte del costo.
—Ese Gould que conocí en el tren de bajada —le digo— resultó ser un embustero todavía más grande de lo que creía. Dice que cuando estuvo aquí la gente lo fastidiaba a más no poder acercándose a hablarle. Nosotros no hemos tenido que esquivar a nadie ni escondernos detrás de un cocotero para mantenernos exclusivos. Dice que Palm Beach era demasiado ordinaria para él. Lo que debió haber dicho es que era demasiado solitaria. Si tan solo hubiera aquí un hombre blanco que me escuchara las ocurrencias, no tendría motivo de queja. Pero no tiene gracia ninguna contarle historias a los Ephs. Se ríen sea buena o no la cosa, y luego te piden diez centavos por la risa.
—En cuanto a la ropa —digo—, nos serviría para un par de días de estancia. Pero las damas de por aquí, y los hombres también, se ponen algo distinto para cada mañana, tarde y noche. Te has puesto tus dos vestidos de noche tantas veces que solo con chasquear los dedos los ganchos van y buscan los ojales indicados.
—Las comidas serian magníficas —digo—, si el cocinero no se siguiera confundiendo y echándole salsa de pudín a la carne y salsa de gravy al pay.
—Me alegro de haber estado en Palm Beach —digo—. No me lo habría perdido por nada del mundo. Pero el océano no va a ser diferente mañana de lo que fue ayer, y lo mismo pasa con el programa diario. Ni siquiera llueve aquí, como para darnos un poco de variedad.
—¿Y ahora qué dices —digo— de que saldremos de esta cuenta, y de lo que debamos desde entonces, y largarnos de aquí tan rápido como podamos?
La patrona no dijo nada durante un rato. Estaba demasiado ocupada llorando. Sabía que lo que había dicho era la verdad, pero no se iba a rendir sin luchar.
—Tan solo tres días más —dice al fin—. Si no conocemos a alguien que valga la pena en los próximos tres días, iré a donde quieras llevarme.
—Está bien —digo—; tres días más sean. ¿Qué importa una pequeñez de sesenta dólares?
Bueno, en los dos días y medio siguientes se puso a coquetear desesperadamente, pero como todo fue con mujeres, no me puse celoso.
Se fijó en algunas de la créame de la créame de Chicago y probó todos los trucos que se le ocurrieron.
- Les dijo que tenían la nariz brillante y les ofreció sus polvos.
- Les pisó los zapatos blancos solo para tener la oportunidad de pedirles perdón.
- Les dijo que tenían la ropa desabrochada y luego se la desabrochó para poder volvérsela a abrochar.
- Intentó prestarles sus instrumentos para las uñas.
Cuando veía a alguna abanicándose, le decía:
«Disculpe, señora Fulana de Tal; pero tenemos la habitación más fresca del hotel, y me encantaría que subiera allí a dejar de sudar».
Pero no pescó nada.
Hasta la tarde del tercer día de gracia. Y no sé si debo contarte esto o no, solo que estoy seguro de que no lo irás soltando por ahí.
Habíamos subido a nuestra habitación después de almorzar. Yo estaba rendido y ella estaba desanimada. Nos habíamos quedado sentados por más de una hora, sin decir ni hacer nada.
Quería hablar de la posibilidad de escapar a la mañana siguiente, pero no me atreví a sacar el tema.
La señora se quejó de que hacía calor y abrió la puerta para que entrara la brisa. Estaba sentada en una silla cerca de la entrada, fingiendo leer el Palm Beach News. De repente se levantó de un salto y me lanzó algo parecido a un siseo.
—¿Qué pasa? —digo, saltando del diván.
—¡Ven aquí! —dice, y salió por la puerta hacia el pasillo.
Llegué tan rápido como pude, pensando que era una rata o un fuego. Pero la Señora solo señaló a una mujer que se alejado de nosotras, a seis o siete puertas de distancia.
“Es la señora Potter —dice—, ¡la señora Potter de Chicago!”.
“¡Ah!”, digo, poniendo toda la emoción que pude en mi voz.
Y apenas estaba volviendo a entrar a la habitación cuando vi que la señora Potter se detenía, se daba la vuelta y venía hacia nosotros. Se detuvo de nuevo a unos veinte pies de donde estaba parada la Sra.
—¿Estás en este piso? —dice ella.
La señora temblaba como una hoja.
—Sí —dice ella, tan bajito que apenas se le podía oír.
—Por favor, procure que pongan algunas toallas en el 559 —dice la señora Potter, de Chicago.