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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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VI

Hacia las cinco, la Mujer se calmó y pensé que era seguro hablar con ella.

—Estuve leyendo en la guía sobre un viaje fluvial muy bonito —le digo—. Mañana por la mañana podemos salir de aquí en el barco. Van hasta Fort Pierce mañana y se quedan allí mañana por la noche. Al día siguiente van de Fort Pierce a Rockledge, y el día después de eso de Rockledge a Daytona. El pasaje cuesta solo cinco dólares por persona. Y en Daytona podemos tomar un tren hacia el norte.

—Está bien, no me importa —dice la señora.

Así que la dejé y bajé y crucé la calle para preguntarle al señor Foster. Pregúntale al señor Foster resultó ser una muchacha. Me vendió los boletos del barco y me prometió que nos reservaría una habitación con baño en Fort Pierce, donde íbamos a pasar la noche siguiente. Apuesto a que sabía todo el tiempo que las habitaciones con baño en Fort Pierce son más escasas que los dedos en un esturión.

Regresé a la habitación y ayudé a hacer las maletas en calidad de asesor. Ninguno de los dos tenía ánimos para vestirse para cenar. Pedimos que nos subieran algo y nos clavaron un dólar extra por el servicio. Pero ya nos importaba un bledazo una nadería así.

A las nueve de la mañana siguiente el buen barco Constitution se detuvo en el muelle de Poinciana mientras nos montábamos a bordo.

Un botones bajó a despedirnos y me costó veinticinco centavos conseguir semejante atención.

La señora Potter debió de quedarse dormida.

El barco iba repleto hasta el tope y no exagero cuando digo que éramos la gente mejor vestida de abordo.

Y en cuanto a modales, ¡vaya, hombre, hasta el viejo Bill Sykes habría podido pasar por Henry Chesterfield en ese grupo! Cada uno de ellos ocupaba tres de las sillas de cubierta y salpicaba jugo de naranja a todos sus vecinos.

Habríamos podido hablar con un montón de gente aquí, de verdad; eran el grupo más amiguero que he visto en mi vida. Pero me daba miedo que, si yo decía algo, tuvieran que responder; y con la boca tan llena de fruta cítrica como la tenían, los resultados podrían haber sido fatales para mi traje claro.

Subimos por el lago hasta un canal y luego lo atravesamos para llegar al río Indian. El barco encallaba cada pocos minutos y había que sacarlo a la fuerza.

Alrededor de las doce, un cullud gemman subió a cubierta y nos dijo que el afrisal estaba listo. A la una y media lo sirvió en una larga mesa familiar en el camarote.

Por lo que a mí respecta, bien habría podido dejarlo en la cocina. Incluso si uno hubiera podido hincarle el diente a la comida, un vistazo a los compañeros de comanda le habría estrangulado el apetito.

Después de la comida aparte a la Señora.

—Algo me dice que no vamos a sobrevivir a tres días de esto —le digo—. ¿Qué tal si tomamos el tren en Fort Pierce y nos piramos a Jacksonville, y luego a casa?

“Pero eso nos llevaría a Chicago demasiado rápido —dice ella—. Le dijimos a la gente cuánto tiempo íbamos a estar fuera y si volviéramos antes de tiempo pensarían que pasa algo raro”.

—Hay demasiada rareza en este barco —le digo—. Pero vas a salirte con la tuya de aquí en adelante.

Aterrizamos en Fort Pierce como a las seis. Estaba a solo dos o tres cuadras del hotel, pero cuando trazaron esa parte del pueblo se olvidaron de algunas de las comodidades modernas, incluidas las aceras. LLegamos tambaleándonos por la arena con las maletas y vaya que se nos había abierto el apetito para cuando llegamos a la posada Ye Inn.

—¿Tiene reservaciones para nosotros aquí? —le pregunté al recepcionista.

“Sí”, dice, y nos condujo hasta ellos en persona.

El cuarto que nos enseñó no tenía baño, ni siquiera una silla en la que uno pudiera sentarse mientras se quitaba los calcetines.

—¿Dónde está el baño? —le pregunté.

“Por aquí”, dice, y lo seguí por el pasillo, hacia afuera y calle arriba por un callejón.

Finalmente llegamos a un baño completo en todos los detalles, excepto que no tenía puerta. Volví a la habitación, busqué a la patrona y bajé a cenar.

Pues mire usted, ojalá hubiera podido estar presente en esa cena. La variedad de carnes era hígado de ternera con cebolla o hígado de ternera con cebolla. Y apuesto a que si aquellos terneros hubieran estado todavía vivos nos habrían podido contar algunas anécdotas personales sobre Garfield.

La señora le echó un solo vistazo al banquete y se rio por primera vez en varios días.

—El tipo que le puso nombre a este pueblo se equivocó de mayúsculas —digo—. Debería llamarse Puerto Feroz.

Y ella rió con más ganas todavía. Aprovechando la ocasión, le digo:

¿Qué tal el tren de aquí a Jacksonville?

—¡Has ganado! —dice ella—. No podemos llegar a casa demasiado pronto para mi gusto.

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