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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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Table of Contents

I

Si los hombres vieran a sus mujeres jugar al póker antes de los lazos nupciales, habría una gran merma en el casorio y en el darnos en matrimonio.

Hablando por mí personalmente, la patrona seguiría viviendo en la mansión solariega de bloques de hormigón de sus padres en Wabash si hubiera sabido de antemano que ella y George W. Hoyle eran tan perfectos desconocidos. Y yo y todos mis amigos varones nos llamaríamos los unos a los otros, desde el mediodía en adelante, para decidir cuál es el lugar más ventajoso para empezar a ponernos puros esa noche.

La mejor jugadora de Póker que conozco es la señora Hatch. Nunca entra a un pozo y jamás pone un ante sin una orden judicial.

Supongamos que compra dos dólares en fichas de a diez centavos al principio de la noche. Nuestro juego generalmente casi siempre dura unas cuatro horas.

Así que cuando llega la hora de los sándwiches de lechuga todavía le quedan enfrente $1.60 y no está enojada con nadie.

De modo que Hatch supera con creces al resto de sus amigotes. Por lo general, puede mantener la mente en el juego, en vez de pasar toda la noche devanándose los sesos pensando en lo más hiriente que le pueda decir a su esposa de camino a casa.

A menudo le he dicho a la patrona:

«Si no puedes sentarte en una esquina del sofá y hacer tus zurcidos, si crees que tienes que meter mano, ¿por qué no juegas a lo de la señora Hatch?».

—¡Juega! —dice ella—. ¡Ella no juega! Se queda ahí sentada como un maniquí.

—Bueno —digo—, prefiero una esposa de maniquí que me cueste cuarenta centavos la noche antes que a una filántropa de alcurnia que cree que todas las noches son Navidad y que los demás sentados a la mesa son los suburbios.

—Pero si no se divierte nada —dice la señora.

—¿Quién espera divertirse por cuarenta centavos? —le pregunto.

—Pero ella nunca puede ganar —dice la señora.

“¡Así es!”, digo. “Me olvidé de esa parte. Son las émbolas femeninas las que se afanan toda la guita. ¿Qué te parece si vos y yo agarramos todas tus ganacias de los últimos dos años una noche de estas y vamos al centro a comprar un cartucho para lapicera?”

Somos seis los que solemos juntarnos dos o tres noches por semana en nuestra casa o en la de los Hatch o los Tuttle. Nunca se habla de jugar a las cartas cuando se hace la invitación.

Por ejemplo, la señora Tuttle llama a la señora Hatch y a mi esposa por la tarde y les pide que vayan esa noche y traigan a sus cuidadores y escuchen los nuevos discos que Joe trajo a casa ayer.

Así que vamos y nos sentamos un rato, expresando nuestra admiración por «Poor Butterfly», «Wackie Hickie» y «My Honolulu Hop-Eater», hasta que Hatch ya no lo soporta más.

—¿Qué tal un pequeño juego amistoso? —dice él.

“Tal vez los demás no tienen ganas de jugar”, dice la señora Hatch.

Entonces digo:

—¿De qué sirve ocultar el propósito infernal para el que se armó este grupo?

Así que luego todos salimos rajando pa’l comedor, donde tienen la otra mesa, y la señora Tuttle trae una baraja de a diez centavos de las de papel, y una caja de fichas, de las cuales falta la mitad debido a que el pequeño Joe y Millicent o las han mordido en dos o las han rodado debajo del piano.

Luego surge la discusión sobre cuánto valdrán los cheques.

—Vamos a ponerlos a cinco centavos cada uno —dice la señora Hatch, calculando que de ese modo solo perderá veinte centavos en vez de cuarenta.

—Oh, eso es un juego de aficionado —dirá su marido—. Fichas de diez centavos y límite de veinte es lo que va.

Entonces Joe Tuttle reparte montones de veinte fichas cada uno y los maridos pagan.

A continuación, se trata de si jugaremos póker tradicional, con un dólar, o jotas abiertas. Esa es la señal para que la señora Tuttle se meta donde no la llaman.

—Hagamos como de costumbre —dice ella—:

Póker cerrado, excepto cuando el dealer tiene la ficha; entonces hay bote acumulado.

«Con los deuces salvajes en los botes», dice mi señora.

Ahora he aprendido por experiencia que es solo gastar saliva; pero nunca puedo resistirme a dar un discurso en este punto.

“Si el póker es un juego pésimo —les digo—, ¿por qué no jugamos a otra cosa?

El tipo que fabricó la primera baraja de cartas dispuso que los dos fueran la escoria del juego. El tipo que inventó el póker mantuvo los dos en su lugar correspondiente, algo de lo que reírse.

Sostengo que el póker es el mejor juego de cartas, sin ningún adorno.

  • A uno no se le ocurre ver a la Liga Americana aprobar una regla para que los jugadores del cuadro interior jueguen con los ojos vendados con el fin de mejorar el béisbol.
  • A los expertos en billar nunca se les ocurre meter tres bolas de objeto más en la mesa para que sea más fácil anotar.
  • A las universidades jamás se les ha ocurrido dotar a los halfbacks de motocicletas para aumentar su velocidad.

Cuando metes comodines en una partida de póker le vuelas los sesos. Es un insulto al hombre que lo ideó. Tanto daría añadir el chiste de los dos irlandeses a la Declaración de Independencia para que sea graciosa”.

Y entonces nos ponemos a jugar, con los dos comodines en los botes.

Una vez cada seis o siete semanas gano lo suficiente para pagar lo que la patrona pierde.

Hatch sale mano a mano una de cada diez veces. Las otras nueve se retira con ganancias.

La señora Hatch, como le dije, pierde justo la cantidad que la hemos obligado a poner.

Joe Tuttle está más o menos en la misma barca que yo. Cuando su mujer tiene una mala noche y no pierde más de dos o tres pavos, tiene la oportunidad de ganarle al juego.

Después de que jugamos como cosa de media hora, las dos mujeres se entercan en que no están perdiendo lo suficientemente rápido tal como van las cosas; así que se propone, se secunda y se aprueba que, a partir de ahí, todo sea un pozo acumulado con los dos comodines. Ahí es cuando Hatch empieza a hacerse rico de verdad, y Tuttle y yo empezamos a planear el uxoricidio, o como se llame.

Si el anfitrión y la anfitriona andan por ahí muy atrasados a la medianoche, seguimos dándole hasta las dos o peor. Pero si van ganando, o más o menos a mano, los sándwiches y el café se sirven por ahí a las doce.

Después de eso, las dos parejas que no viven donde se armó el pasatiempo se van a su casa por separado, para que cada pareja pueda pelearse sin que la otra los escuche. Las trifulcas duran hasta que la parte de la segunda parte abre las cataratas de lágrimas. Entonces uno tiene que fingir que no quiso decir nada de nada.

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