Te dije hace un tiempo que si los hombres vieran a sus mujeres jugar al pokág antes de casarse, no estarían casados.
Bueno, yo creo que incluso si la señora Quinn le hubiera presumido su conocimiento del juego a Harry cuando todavía estaban comprometidos, se habría casado igual. Él no se habría dado cuenta. Es una excepción a la regla, y a cualquier otra regla del libro.
Escucha lo que tuvo que decir cuando irrumpió en mi escritorio a la mañana siguiente:
«¡Viste alguna vez una chica como ella! ¡Es la primera vez que juega de verdad y se lleva la mayor parte de la pasta! Jamás había visto a nadie que aprendiera las cosas tan rápido».
—Seguro que recogió la mayor parte del cambio —digo yo.
—Viejo —dice—, ¡es una maravilla! ¡La mejor esposita que un hombre ha tenido jamás!
Así que mis manos todavía tiemblan y mis dientes aún rechinan, y muerdo las sábanas por la noche.
El gran viejo juego me ha fallado y la Madre Naturaleza está trabajando mucho más lento de la cuenta. ¡Debo idear alguna otra cosa; algo rápido, seguro, fatal!