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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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I

Le prometí a la parienta que si alguien me preguntaba qué tal lo había pasado en Palm Beach, le diría que me lo pasé genial. Y si me preguntaban a quién conocimos, les diría que a todo el mundo que valía la pena conocer. Y si me preguntaban si el viaje no había costado un dineral, diría que sí; pero que valía la pena.

Le prometí que no contaría ninguno de los detalles de verdad. Pero si no puedes romper una promesa que le hiciste a tu propia mujer, ¿qué clase de promesa se puede romper? Respóndeme a eso, Edgar.

No soy de esta clase de gente que se guarda una broma solo porque la broma era a costa suya.

Pero hay muchos de nuestros amigos a los que no dejaría que se enteraran de esto por nada del mundo. No te lo contaría, solo que sé que tú no eres el chismoso del pueblo y no se lo vas a soltar a nadie.

Ni siquiera a tu propia señora, ¿ves? No confío en ninguna mujer.

Fue allá por el pasado mes de enero cuando a la parienta y a mí nos picó el gusanillo de la alta sociedad. Creo que fue en la ópera. ¿Te acuerdas de que te conté que fuimos nosotros y los Hatch a Carmen y luego llevé a mi costilla y a su hermana, Bess, y a cuatro de una misma calaña llamados Bishop a ver Los tres reyes?

Pues bien, reconozco que me gustó ponerme el frac, mezclarme con la flor y nata y fingir que de verdad éramos alguien. Y sé que mi mujer también lo disfrutó, aunque en ese momento no dijimos nada el uno al otro.

La siguiente etapa fue aquella en la que nuestros amigos ya no eran lo suficientemente buenos para nosotros. Antes nos encantaba pasar una noche jugando al rummy con los Hatch. Pero de repente ya no parecía tener gracia y cuando Hatch llamaba nos eshuíamos. Por la cantidad de veces que le dije que yo o la parienta estábamos agotados y nos íbamos derechitos a la cama, debió de pensar que habíamos conseguido trabajo de montadores de líneas telefónicas.

Dejamos de ir al cine porque el resto del público no era la clase de gente con la que te daría apuro juntarte.

No íbamos a casa de Ben a bailar porque aquello no tenía categoría ninguna.

Más o menos una vez por semana nos largábamos a uno de los buenos hoteles del centro, bien puestos como un traje de luces, a cenar con el resto de la E-lite.

No nos hablaba ni Dios aparte de los camareros, pero podíamos mirar todo lo que quisiéramos y era divertido intentar adivinar los nombres de la pandilla de la mesa de al lado.

Luego nos dio por leer las gacetillas sociales en el desayuno. Antes no perdía el tiempo en nada que no fueran las páginas de economía y deportes, pero ahora las paso por alto y escucho mientras la patrona me recita lo que andaba pasando por la Lake Shore Drive.

De vez en cuando veíamos dónde estaba Fulano de Tal en Palm Beach o que acababa de ir o que acababa de volver. Empezamos a bromear al respecto.

—Bueno —diría—, más nos vale empezar pronto o nos perderemos la mejor parte de la temporada.

—Sí —replicaría la Esposa—, nos iríamos ahora mismo si no fuera por todos esos compromisos de la semana que viene.

Bromeábamos y bromeábamos hasta que al final, una noche, se olvidó de que solo estábamos bromeando.

—No te cogiste ninguna vacación el verano pasado —dice.

—No —digo yo—; no había ninguna posibilidad de escapar.

“Pero me prometiste —dice— que te tomarías uno este invierno para compensarlo”.

—Ya sé que lo hice —digo—, pero sería de primo cogerse unas vacaciones con un tiempo así.

—El tiempo no está así en todas partes —dice ella.

—Debes de haber estado yendo a la escuela nocturna —le digo.

—Otra cosa que me prometiste —dice ella—, es que en cuanto pudieras permitírtelo me llevarías a un viaje de luna de miel de verdad para compensar el cutre que tuvimos.

—Eso sigue en pie —digo—, cuando me lo puedo permitir.

“Ya te lo puedes permitir”, dice ella. “No debemos nada y tenemos dinero en el banco”.

«Sí —digo—, bastante cerca de trescientos dólares».

—Se te olvida algo —dice ella—. Se te olvidan esos niños de la guerra.

¿Te conté sobre eso?

El otoño pasado anduve metiendo un poco las narices en Aceros Crucial y en el momento de contarte esto todavía los tenía, pero estaba a punto de embolsarme seiscientos. Nada mal, ¿eh?

—Sería un error aflojar ahora —digo.

—Está bien —dice—. Agárrate, y espero que pierdas hasta el último centavo. A ti nunca te importé un bledo.

Luego nos dimos unos mimos y después le pregunté qué traía entre manos.

“Nosotras no nos creemos gran cosa —dice—,

pero yo sé y tú sabes que las amistades con las que nos hemos estado juntando no están a nuestra altura. No saben cómo vestir y no pueden hablar de nada más que de sus peces dorados y de lo que gastan en carne. No se esfuerzan por llegar a ninguna parte, sino que lo único que hacen es jugar al rummy yendo al Majestic. A ti y a mí nos gusta la gente bien, la buena música y las cosas que valen la pena. Es un crimen que estemos perdiendo el tiempo con chusma que andaría descalza si no fuera por la policía”.

—No diría que hayamos perdido mucho tiempo con ellos últimamente —digo.

—No —dice ella—, y estas últimas tres semanas lo he pasado mejor que en toda mi vida.

—Y tú puedes seguir teniéndola —le digo.

—Podría pasármelo mucho mejor, y usted también —dice—, si pudiéramos conocer a gente simpática con quien salir; gente que tenga los mismos gustos que los nuestros.

—Si alguno de esos tipos llama por teléfono —digo—, seré todo lo amable que pueda con ellos.

—Siempre eres demasiado listo —dice la Esposa—. Nunca le haces caso a ninguna de mis ocurrencias.

¿Cuál es el plan ahora?

—Le vas a poner pegas porque se me ha ocurrido a mí —dice—. Si fuera plan tuyo, te parecería fantástico.

—Si de verdad fuera bueno, no te daría miedo soltarlo —le digo.

—¿Prometes llevarlo hasta el final? —dice ella.

—Si no es demasiado ridículo —le dije—.

—¡Vea! Ya sabía yo que iba a ser así —dice ella.

—No digas tonterías —digo—. ¿Dónde estaríamos si hubiéramos llevado a cabo cada plan que se te ha ocurrido?

—¿Me prometes escuchar mi versión sin hacerte el gracioso? —dice ella.

Así que no le vi ningún daño en llegar tan lejos.

—Quiero que me lleves a Palm Beach —dice ella—. Quiero que te tomes unas vacaciones, y ahí es donde las pasaremos.

“Y eso no es todo lo que gastaríamos”, digo.

—Recuerda tu promesa —dice ella.

Así que me callé y escuché.

El chisme que me dio iba más o menos por esta línea:

Podríamos conseguir tarifas especiales de ida y vuelta en cualquiera de los ferrocarriles y esa parte no costaría ni con mucho tanto como uno se imaginaría de forma natural. Las tarifas del hotel estaban bastante altas, pero las comidas venían incluidas, ¡y fíjate nomás cómo serían esas comidas! Y nos estaríamos hospedando bajo el mismo techo que los Vanderbilt y los Gould, y comiendo en la misma mesa, y probablemente, antes de cumplir una semana allí, les llamaríamos Steve y Gus. Había baile todas las noches y todos los huéspedes bailaban entre ellos, ¡y qué se sentiría bailar un foxtrot con el presidente de la B. & O., o con las muchachas Delmonico de Nueva York! Y toda la alta sociedad de Chicago andaba por allá, y cuando los conociéramos los reconoceríamos para toda la vida y tendríamos amigos de verdad entre ellos cuando volviéramos a casa.

Así era como ella lo tenía planeado y debía de haber estado practicando su discurso, porque desde luego a mí me sonó de maravilla.

Para abreviar, caí redondito y quedé con ella en verme en el centro al día siguiente para visitar a los bandidos del ferrocarril. El primero que vimos admitió que la suya era la mejor ruta y que solo nos clavarían ciento cuarenta y siete dólares con setenta centavos ida y vuelta a Palm Beach, incluido un compartimento de aquí a Jacksonville y tantas paradas como quisiéramos hacer. Nos dijo que no tendríamos que escribir para reservar alojamiento en ningún hotel porque los hoteles tenían un agente justo allí, en la calle Madison, que estaría encantado de hacernos de todo.

Así que le dijimos que volveríamos más tarde y luego nos piramos pitando al estudio local del Florida East Coast.

—¿Cuánto cuesta una habitación doble por semana? —le pregunté al hombre.

—Aquí no hay tarifas semanales —dice—. Por día serían doce dólares en adelante para dos en The Breakers, y catorce dólares en adelante en The Poinciana.

—Me gusta más el Breakers —digo yo.

“No puedes entrar ahí”, dice. “Están completos por la temporada”.

—Es una buena comilona —digo.

—¿Podemos meternos en el otro hotel? —preguntó la Esposa.

—Puedo averiguarlo —dice el hombre.

—Queremos una habitación con baño —dice ella.

—Eso sería más —dice él—. Eso serían quince o dieciséis dólares y más.

—¿Para qué queremos una bañera —digo—, con todo el océano Atlántico en el jardín de casa?

—Me temo que tendría problemas para conseguir un baño —dice el hombre—. Los dos hoteles están bastante llenos por lo de la guerra en Europa.

—¿Qué tiene que ver eso con el asunto? —le pregunté.

—Un montón —dice—. La gente que suele ir al extranjero está toda en Palm Beach este invierno.

—No veo por qué —digo—. Si a uno de esos submarinos se le ocurre darles, al menos se estarían dando un baño gratis.

Lo dejamos con el entenío de que iba a ponernos un telegrama allá pa averiguar qué era lo mejor que nos podían dar. Le llamamos al par de días y nos dijo que podíamos tener una habitación doble, sin baño, en el Poinciana, a partir del quince de febrero. No sabía exactamente cuál sería el precio.

Bueno, lo arreglé para tomarme las vacaciones a partir del diez, y vendí todas mis acciones de Crucial Steel, y me repartí el botín con la compañía ferroviaria. Decidimos que pararíamos en San Agustín dos días, porque la Señora se enteró por ahí de que podría haber dos o tres de los Cuatro Cientos merodeando por allí, y no queríamos perdernos a nadie.

—Ahora —digo—, lo único que tenemos que hacer es sentarnos a esperar al diez del mes.

—¡Ah, conque sí! —dice la mujer—. Supongo que estás perfectamente satisfecho con tus harapos.

“Tengo que estarlo”, digo, “a menos que el Ejército de Salvación tenga algo que me quede”.

—¿Qué le pasa a nuestra cuenta corriente? —dice ella.

—No me gusta cobrar nada —digo—, cuando sé que no hay ninguna posibilidad de que me lo paguen jamás.

—Está bien —dice ella—, entonces no vamos a Palm Beach. Prefiero quedarme en casa antes que ir allá luciendo como criada para todo.

—¿Necesitai’ usté’ ropa? —le pregunté.

—Claro que sí —dice ella—. Como unos doscientos dólares. Pero yo tengo ciento cincuenta dólares míos.

—Está bien —digo—, yo apechugo con los otros cincuenta y así quedamos todos en paz.

“No, no es así —dice ella—. Eso solo me arregla a mí. Pero quiero que tú te veas tan bien como yo”.

—De eso se encarga la naturaleza —le digo.

Pero no había forma de discutir con ella. Nuestro viaje, decía, era una inversión; nos iba a poner bien con gente que valía la pena. Y no tendríamos ninguna oportunidad en el mundo a menos que aparentáramos serlo.

Así que antes de que llegara el día diez, ya debíamos dos nuevos vestidos de noche, dos trajes sport de mujer, cuatro o cinco pares de zapatos, de todos los colores, un esmoquin de cena, tres camisas de etiqueta, media docena de otros tipos de camisas, dos pares de pantalones blancos transparentes, un traje sastre nuevo y Dios sabe cuánta ropa interior y cuántos sombreros y medias.

Y yo tenía hasta el quince de marzo para pagar la hipoteca de la vieja casa solariega.

Justo cuando nos preparábamos para salir hacia el tren, sonó el teléfono. Era la señora Hatch y quería que fuéramos a jugar una partidita de rummy. Yo me estaba afeitando y la patrona se encargó de hablar.

—¿Qué le dijiste? —le pregorunté.

—Le dije que nos íbamos —dice la Esposa.

—Aposto a que se te olvidó mencionar a dónde íbamos —digo.

«Págame», dice ella.

7