Tan solo un húmedo trayecto en automóvil por una oscura y mojada avenida, abriéndose paso entre árboles sombríos, hasta salir a la ladera del parque donde unas ovejas grises y húmedas pacían, hasta el otero donde la casa extendía su oscura fachada marrón, y el ama de llaves y su esposo aguardaban indecisos, como inquilinos inseguros sobre la faz de la tierra, listos para balbucear una bienvenida.
No había comunicación entre Wragby Hall y el pueblo de Tevershall, ninguna.
No se tocaban las gorras, no se hacían reverencias. Los mineros se limitaban a mirar; los comerciantes se levantaban la gorra ante Connie como a una conocida y saludaban a Clifford con un torpe movimiento de cabeza; eso era todo.
Abismo insalvable y una silenciosa clase de resentimiento de ambas partes.
Al principio, Connie sufrió por la llovizna constante de resentimiento que provenía del pueblo. Luego se endureció frente a él, y se convirtió en una especie de tónico, en algo a la altura de lo cual vivir.
No era que ella y Clifford fueran impopulares, simplemente pertenecían a una especie totalmente distinta a la de los mineros. Un abismo insalvable, una brecha indescriptible, como quizá no exista al sur del Trent. Pero en las Tierras Medias y el Norte industrial, un abismo insalvable a través del cual no podía darse ninguna comunicación.
¡Quédate en tu orilla, que yo me quedo en la mía!
Una extraña negación del latido común de la humanidad.
Sin embargo, el pueblo simpatizaba con Clifford y Connie en abstracto. En persona era... —¡Déjame en paz!— por ambas partes.