Pero todos estos son sueños dorados.
Oh, decidme, ¿quién fue el primero en anunciar, quién fue el primero en proclamar que el hombre solo hace cosas mezquinas porque no conoce sus propios intereses; y que si fuera ilustrado, si se le abrieran los ojos a sus verdaderos intereses normales, el hombre dejaría inmediatamente de hacer cosas mezquinas, se volvería al instante bueno y noble porque, estando ilustrado y comprendiendo su verdadera ventaja, vería su propia ventaja en el bien y en nada más, y todos sabemos que ni un solo hombre puede, conscientemente, actuar contra sus propios intereses, por consiguiente, por decirlo así, por necesidad, ¡comenzaría a hacer el bien?
Oh, ¡el bebé! Oh, ¡el niño puro e inocente!
¿Por qué, en primer lugar, cuándo en todos estos miles de años ha habido un tiempo en que el hombre haya actuado únicamente guiado por su propio interés?
¿Qué debe hacerse con los millones de hechos que atestiguan que los hombres, conscientemente, es decir, comprendiendo plenamente sus verdaderos intereses, los han dejado en un segundo plano y se han lanzado precipitadamente por otro camino, al encuentro del peligro y del riesgo, sin que nadie ni nada los empuje a ello, sino, por así decirlo, simplemente por desagrado a la senda trillada, y de manera terca y obstinada se han abierto paso por otra vía difícil y absurda, buscándola casi en la oscuridad?
Así pues, supongo que esta obstinación y perversidad les resultaban más gratas que cualquier ventaja. …
¡Ventaja! ¿Qué es la ventaja?
¿Y se tomará usted la molestia de definir con perfecta exactitud en qué consiste la ventaja del hombre? ¿Y si resulta que la ventaja del hombre, a veces, no solo puede, sino que incluso debe consistir en que él desee en ciertos casos lo que le es perjudicial y no ventajoso? Y si es así, si puede darse un caso semejante, todo el principio se viene abajo en polvo.
¿Qué opina usted: existen casos así?
Usted se ríe; ríase, señores, pero respóndame una sola cosa: ¿se han calculado las ventajas del hombre con perfecta certeza? ¿Acaso no hay algunas que no solo no se han incluido, sino que es imposible incluirlas bajo ninguna clasificación?
Verán ustedes, caballeros, que yo sepe, han tomado toda su lista de ventajas humanas de los promedios de las cifras estadísticas y de las fórmulas político-económicas.
Sus ventajas son la prosperidad, la riqueza, la libertad, la paz, y así sucesivamente, y así sucesivamente. De modo que el hombre que, por ejemplo, fuera abierta y conscientemente en contra de toda esa lista sería, según el modo de pensar de ustedes —y por supuesto que también según el mío, faltaría más—, un obscurantista o un loco rematado, ¿a que sí?
Pero ya saben lo que tiene esto de sorprendente: ¿por qué ocurre siempre que todos estos estadísticos, sabios y filántropos, al sumar las ventajas humanas, invariablemente se dejan una fuera?
Ni siquiera la tienen en cuenta en la forma en que debería ser tenida, y de eso depende todo el cálculo. No sería gran cosa, bastaría simplemente con tomar esta ventaja y añadirla a la lista. Pero el problema es que esta extraña ventaja no entra en ninguna clasificación y no encaja en ninguna lista.
Tengo un amigo, por ejemplo … ¡Bah!, caballeros, pero, por supuesto, es también amigo de ustedes; y, en verdad, no hay nadie, ¡nadie de quien no sea amigo!
Cuando este caballero se prepara para cualquier empresa, les explica a ustedes inmediata, elegante y claramente cómo debe actuar exactamente de acuerdo con las leyes de la razón y de la verdad.
Y lo que es más, les hablará a ustedes con entusiasmo y pasión de los verdaderos intereses normales del hombre; con ironía reprenderá a los necios miopes que no comprenden sus propios intereses ni el verdadero significado de la virtud; y, al cabo de un cuarto de hora, sin ninguna provocación exterior repentina, sino simplemente debido a algo en su interior que es más fuerte que todos sus intereses, se lanzará por una vía completamente distinta—es decir, actuará en directa oposición a lo que acaba de decir sobre sí mismo, en oposición a las leyes de la razón, en oposición a su propia ventaja, de hecho, en oposición a todo …
Les advierto que mi amigo es una personalidad compuesta y por lo tanto es difícil culparlo como individuo.
El hecho es, señores, que al parecer debe de existir realmente algo que es más querido para casi todo hombre que sus mayores ventajas, o (para no ser ilógicos) hay una ventaja sumamente ventajosa (la misma que omitimos y de la que hablábamos hace un momento) que es más importante y más ventajosa que todas las demás ventajas, en aras de la cual un hombre, si es necesario, está dispuesto a actuar en contra de todas las leyes; es decir, en contra de la razón, el honor, la paz, la prosperidad—en fin, en contra de todas esas cosas excelentes y útiles, con tal de poder alcanzar esa ventaja fundamental y sumamente ventajosa que le es más querida que todo lo demás.
«Sí, pero sigue siendo una ventaja», replicarán ustedes.
Pero discúlpenme, aclararé el punto, y no se trata de un juego de palabras. Lo que importa es que esta ventaja es notable por el hecho mismo de que destruye todas nuestras clasificaciones y destroza continuamente todo sistema construido por los filántropos para el beneficio de la humanidad. De hecho, lo trastorna todo.
Pero antes de mencionarles esta ventaja, quiero comprometerme personalmente, y por eso declaro osadamente que todos estos hermosos sistemas, todas estas teorías para explicar a la humanidad sus verdaderos intereses normales, con el fin de que, esforzándose inevitablemente por perseguir dichos intereses, se vuelvan al instante buenos y nobles, ¡son, a mi juicio, hasta el momento, meros ejercicios lógicos!
Sí, ejercicios lógicos. Pues bien, sostener esta teoría de la regeneración de la humanidad mediante la búsqueda de su propio provecho es, a mi modo de ver, casi lo mismo que… afirmar, por ejemplo, siguiendo a Buckle, que a través de la civilización la humanidad se vuelve más blanda y, en consecuencia, menos sanguinaria y menos apta para la guerra.
Lógicamente parece deducirse de sus argumentos. Pero el hombre tiene tal predilección por los sistemas y las deducciones abstractas que está dispuesto a distorsionar la verdad intencionadamente, está dispuesto a negar la evidencia de sus sentidos solo para justificar su lógica. Tomo este ejemplo porque es el caso más flagrante de ello.
Mire a su alrededor: la sangre corre a raudales, y de la manera más alegre, como si fuera champaña.
Tome todo el siglo XIX en el que vivió Buckle. Tome a Napoleón: el Grande y también el actual. Tome Norteamérica: la unión eterna. Tome la farsa de Schleswig-Holstein. …
¿Y qué es lo que la civilización ablanda en nosotros? La única conquista de la civilización para la humanidad es una mayor capacidad para la variedad de sensaciones, y absolutamente nada más. Y a través del desarrollo de esta versatilidad, el hombre puede llegar a hallar disfrute en el derramamiento de sangre. De hecho, esto ya le ha sucedido.
¿Se ha dado cuenta de que son los caballeros más civilizados los carniceros más sutiles, a quienes los Atilas y los Stenka Razin ni a los talones les llegan, y si no son tan conspicuos como los Atilas y los Stenka Razin es simplemente porque se les encuentra con tanta frecuencia, son tan corrientes y nos resultan tan familiares?
En cualquier caso, la civilización ha vuelto a la humanidad, si no más sedienta de sangre, al menos más vilmente, más repugnantemente sedienta de sangre. En los viejos tiempos veía la justicia en el derramamiento de sangre y, con la conciencia tranquila, exterminaba a quienes le parecía oportuno. Ahora sí nos parece abominable el derramamiento de sangre y, sin embargo, nos metemos en esta abominación, y con más energía que nunca.
¿Qué es peor? Decídanlo ustedes mismos.
Dicen que Cleopatra (perdonadme este ejemplo de la historia romana) era aficionada a clavarse horquillas de oro en los pechos a sus esclavas y obtenía gratificación de sus gritos y retorcimientos.
Diréis que aquello fue en tiempos comparativamente bárbaros; que estos son tiempos bárbaros también, porque también, hablando comparativamente, se siguen clavando horquillas incluso ahora; que aunque el hombre ha aprendido hoy a ver con más claridad que en las edades bárbaras, todavía está lejos de haber aprendido a actuar como dictarían la razón y la ciencia.
Pero aun así, estáis plenamente convencidos de que sin duda aprenderá cuando se deshaga de ciertos viejos malos hábitos, y cuando el sentido común y la ciencia hayan reeducado por completo la naturaleza humana y la hayan desviado en una dirección normal. Vosotros confiáis en que entonces el hombre dejará de cometer errores intencionados y, por decirlo así, se verá obligado a no querer oponer su voluntad a sus intereses normales.
Eso no es todo; entonces —aseguras— la ciencia misma le enseñará al hombre (aunque, a mi parecer, es un lujo superfluo) que en realidad nunca ha tenido capricho ni voluntad propia, y que él mismo es algo así como una tecla de piano o el registro de un órgano, y que existen, además, cosas llamadas leyes de la naturaleza; de modo que todo lo que hace no lo hace por su propia voluntad, sino por sí mismo, según las leyes de la naturaleza.
En consecuencia, solo tenemos que descubrir estas leyes naturales, y el hombre ya no tendrá que responder por sus actos, y la vida se le volverá sumamente fácil.
Todos los actos humanos serán entonces, por supuesto, tabulados de acuerdo con estas leyes, matemáticamente, como tablas de logaritmos hasta el 108.000, y consignados en un índice; o, mucho mejor aún, se publicarían ciertas obras edificantes de la naturaleza de los léxicos enciclopédicos, en las que todo estará tan claramente calculado y explicado que ya no habrá más incidentes ni aventuras en el mundo.
Luego—todo esto es lo que decís vosotros— se establecerán nuevas relaciones económicas, todas prefabricadas y calculadas con exactitud matemática, de modo que cualquier pregunta posible desaparecerá en un abrir y cerrar de ojos, simplemente porque se dará toda respuesta posible a la misma. Entonces se construirá el «Palacio de Cristal». Entonces… En efecto, aquellos serán días de bonanza.
Por supuesto que no hay garantía (este es mi comentario) de que entonces no vaya a ser, por ejemplo, espantosamente aburrido (pues ¿qué se va a hacer cuando todo esté calculado y tabulado?), pero, por otra parte, todo será extraordinariamente racional.
Por supuesto, el aburrimiento puede llevar a uno a cualquier cosa. Es el aburrimiento el que hace que uno le clave alfileres dorados a la gente, pero todo eso no importaría.
Lo malo (este es mi comentario otra vez) es que me atrevo a decir que entonces la gente estará agradecida por los alfileres dorados.
El hombre es estúpido, ya saben, fenomenalmente estúpido; o más bien no es nada estúpido, pero es tan ingrato que no se podría encontrar otro igual en toda la creación.
Yo, por ejemplo, no me sorprendería lo más mínimo si de repente, a propósito de nada, en medio de la prosperidad general, se levantara un caballero con un rostro ignominioso —o más bien reaccionario e irónico— y, poniéndose en jarras, nos dijera a todos:
«Digan mi estimados, ¿no haríamos bien en mandar al diablo todo este tinglado, echar el racionalismo a los cuatro vientos, sencillamente para enviar los logaritmos a hacer puñetas, y permitirnos vivir una vez más según nuestra propia y estúpida voluntad?».
Eso, de nuevo, no tendría importancia; pero lo fastidioso es que de seguro encontraría seguidores; tal es la naturaleza del hombre.
Y todo eso por el motivo más tonto, que, según se pensaría, apenas merecía la pena mencionar: a saber, que el hombre en todas partes y en todo tiempo, sea quien fuere, ha preferido actuar como le ha plazado y ni lo más mínimo como se lo dictaban su razón y su conveniencia. Y uno puede elegir lo que es contrario a sus propios intereses, y a veces positivamente debe hacerlo (esa es mi idea). La propia elección libre y desatada, el propio capricho, por muy salvaje que sea, la propia fantasía exacerbada a veces hasta el delirio: esa es cabalmente la «ventaja más ventajosa» que hemos pasado por alto, que no entra en ninguna clasificación y contra la que todos los sistemas y teorías se estrellan continuamente en pedazos.
¿Y cómo saben esos sabelotodo que el hombre necesita una elección normal, una elección virtuosa? ¿Qué les ha hecho concebir que el hombre debe desear una elección racionalmente ventajosa? Lo que el hombre quiere es simplemente una elección independiente, cueste lo que cueste esa independencia y la lleve a donde la lleve. Y la elección, por supuesto, solo Dios sabe qué elección.