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nydus/Notes from UndergroundPublic
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IX

Caballeros, estoy bromeando, y sé muy bien que mis bromas no son brillantes, pero ya saben que todo puede tomarse a broma. Quizá esté bromeando a contrapelo. Caballeros, me atormentan ciertas preguntas; respónganlas por mí. Ustedes, por ejemplo, quieren curar a los hombres de sus viejos hábitos y reformar su voluntad de acuerdo con la ciencia y el buen sentido. Pero, ¿cómo saben, no solo que es posible, sino también que es deseable reformar al hombre de ese modo? ¿Y qué les lleva a la conclusión de que las inclinaciones del hombre necesitan reforma? En suma, ¿cómo saben que semejante reforma redundará en beneficio del hombre? Y yendo a la raíz del asunto, ¿por qué están tan positivamente convencidos de que no actuar contra sus intereses reales y normales, garantizados por las conclusiones de la razón y la aritmética, le resulta siempre ventajoso al hombre y debe ser una ley para la humanidad? Hasta ahora, como saben, esto no es más que una suposición de ustedes. Puede ser la ley de la lógica, pero no la ley de la humanidad. ¿Creen ustedes, caballeros, quizás que estoy loco? Permítanme defenderme. Convengo en que el hombre es por excelencia un animal creador, predestinado a esforzarse conscientemente por un objetivo y a dedicarse a la ingeniería, es decir, a abrir caminos nueva e incesantemente, eternamente, hacia dondequiera que conduzcan . Pero la razón por la que a veces quiere salir por la tangente tal vez sea simplemente que está predestinado a abrir el camino y, quizás también, que por muy estúpido que sea el hombre práctico «directo», a veces se le cruce el pensamiento de que el camino casi siempre lleva a alguna parte , y que el destino al que conduce es menos importante que el proceso de construirlo, y que lo principal es evitar que el niño bien portado desprecie la ingeniería y caiga así en la ociosidad fatal que, como todos sabemos, es la madre de todos los vicios. Al hombre le gusta abrir caminos y crear, eso es un hecho indiscutible. Pero, ¿por qué siente también ese amor apasionado por la destrucción y el caós? ¡Díganme eso! Pero sobre este punto quiero decir yo mismo un par de palabras. ¿No será que ama el caós y la destrucción (es indiscutible que a veces los ama) porque teme instintivamente alcanzar su objetivo y terminar el edificio que está construyendo? Quién sabe, tal vez solo ame ese edificio desde la distancia y de ningún modo le encante de cerca; quizás solo le guste construirlo y no quiera vivir en él, sino que, una vez terminado, lo deje para uso de les animaux domestiques , como las hormigas, las ovejas y demás. Pues bien, las hormigas tienen un gusto muy distinto. Tienen un edificio maravilloso de ese modelo que perdura eternamente: el hormiguero.

Con el hormiguero empezó la respetable raza de las hormigas y con el hormiguero probablemente terminará, lo cual honra al máximo su perseverancia y su buen juicio.

Pero el hombre es una criatura frívola e incongruente y quizás, al igual que un jugador de ajedrez, ama el proceso del juego, no su fin.

Y quién sabe (no hay nada que se pueda asegurar), quizás la única meta en la tierra hacia la cual la humanidad se esfuerza radique en este proceso incesante de alcanzar, en otras palabras, en la vida misma, y no en la cosa a alcanzar, que siempre debe expresarse como una fórmula, tan positiva como que dos y dos son cuatro, y semejante positividad no es la vida, caballeros, sino el principio de la muerte.

De todos modos, el hombre siempre ha tenido miedo de esta certeza matemática, y yo le temo ahora. Concedido que el hombre no hace otra cosa que buscar esa certeza matemática, cruza océanos, sacrifica su vida en la empresa, pero una vez que triunfa, que realmente la encuentra, siente pavor, te lo aseguro. Siente que, cuando la haya encontrado, no le quedará nada que buscar. Cuando los obreros han terminado su trabajo, al menos reciben su paga, van a la taberna, luego los llevan a la comisaría y hay ocupación para una semana. Pero ¿adónde puede ir el hombre? De todos modos, uno puede observar cierta torpeza en él cuando ha alcanzado tales objetivos. Le encanta el proceso de alcanzarlo, pero no le gusta del todo haberlo alcanzado, y eso, por supuesto, es muy absurdo. De hecho, el hombre es una criatura cómica; parece haber una especie de broma en todo esto.

Sin embargo, la certeza matemática es, después de todo, algo insoportable.

Dos y dos son cuatro me parece simplemente una insolencia. Dos y dos son cuatro es un petimetre impertinente que se planta con los brazos en jarra interponiéndose en tu camino y escupiendo.

Reconozco que dos y dos son cuatro es una cosa excelente, pero si hemos de dar a cada uno lo suyo, dos y dos son cinco es a veces también una cosa muy encantadora.

¿Y por qué están ustedes tan firme, tan triunfalmente convencidos de que solo lo normal y lo positivo —en otras palabras, solo aquello que propicia el bienestar— es ventajoso para el hombre? ¿Acaso no yerra la razón en lo que a la ventaja se refiere? ¿No amará acaso el hombre algo más que el bienestar? ¿Quizá le apasione el sufrimiento en igual medida? ¿Quizá el sufrimiento sea para él un beneficio tan grande como el bienestar? A veces el hombre está extraordinaria, apasionadamente enamorado del sufrimiento, y eso es un hecho. No hace falta recurrir a la historia universal para demostrarlo; pregúntese usted mismo, si es hombre y ha vivido algo en la vida.

Por lo que respecta a mi opinión personal, preocuparse únicamente por el bienestar me parece algo positivamente de mal gusto. Ya sea bueno o malo, a veces resulta también muy agradable romper cosas.

No defiendo el sufrimiento ni tampoco el bienestar. Defiendo… mi capricho, y que este me sea garantizado cuando sea necesario.

El sufrimiento estaría fuera de lugar en los vodeviles, por ejemplo; eso ya lo sé. En el «Palacio de Cristal» es inconcebible; el sufrimiento significa duda, negación, y ¿de qué serviría un «palacio de cristal» si pudiera caber alguna duda al respecto?

Y sin embargo, creo que el hombre nunca renunciará al sufrimiento real, es decir, a la destrucción y al caos. ¡Pero si el sufrimiento es el único origen de la conciencia! Aunque al principio establecí que la conciencia es la mayor desgracia para el hombre, sé que este la aprecia y no la cambiaría por ninguna satisfacción.

La conciencia, por ejemplo, es infinitamente superior al dos por dos son cuatro. Una vez que se tiene la certeza matemática, ya no queda nada que hacer ni que comprender. No quedará nada más que embotellar los cinco sentidos y sumergirse en la contemplación.

Mientras que, si uno se aferra a la conciencia, aun cuando se alcance el mismo resultado, al menos podrá flagelarse de vez en tanto, y eso, en cualquier caso, lo animará. Por muy reaccionario que sea, el castigo corporal es mejor que nada.

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