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nydus/On LibertyPublic
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II. De la libertad de pensamiento y de discusión

ejemplo, si fuera necesario elegir, habría mucho más motivo para desalentar los ataques ofensivos contra la infidelidad que contra la religión. Es evidente, sin embargo, que la ley y la autoridad no tienen por qué refrenar ninguno de los dos, mientras que la opinión debe, en cada caso, emitir su veredicto según las circunstancias del supuesto individual; condenando a cualquiera, sea cual fuere el lado del argumento en que se coloque, en cuyo modo de defensa se manifiesten falta de franqueza, o malignidad, fanatismo o intolerancia de sentimientos; pero sin inferir tales vicios del bando que una persona adopte, aunque sea el bando contrario a la propia cuestión; y otorgando el merecido honor a cualquiera, sea cual fuere la opinión que mantenga, que tenga la serenidad de ver y la honradez de exponer lo que sus oponentes y las opiniones de estos realmente son, sin exagerar nada en su descrédito, sin ocultar nada que obre, o pueda suponerse que obre, en su favor. Esta es la verdadera moralidad del debate público; y si bien a menudo se vulnera, me alegra pensar que hay muchos polemistas que en gran medida la observan, y un número aún mayor que se esfuerza conscientemente por alcanzarla.

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