menor de la señora Mill que la ausencia de rígidos principios lógicos. Sea como fuere, ella contuvo sin duda las inclinaciones apenas reconocidas de su esposo hacia Coleridge y Carlyle. Si esto fue un ejemplo de su influencia moderadora o si añadió un elemento más, no asimilado, al diverso sustento intelectual de Mill, puede dejarse prudentemente como una cuestión abierta.
No podemos equivocarnos, sin embargo, al atribuirle la autoría intelectual de un libro de Mill, The Subjection of Women [El sometimiento de la mujer]. Es cierto que Mill ya había aprendido antes que hombres y mujeres debían ser iguales en las relaciones legales, políticas, sociales y domésticas. Este era un punto en el que ya había chocado con el ensayo On Government [Sobre el gobierno] de su padre. Pero la señora Taylor había escrito efectivamente sobre este mismo punto, y la calidez y el fervor de las denuncias de Mill sobre la servidumbre de las mujeres provenían inequívocamente de la perspectiva de su esposa acerca de las desventajas prácticas que traía consigo la condición femenina.