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IV. De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo

que el hecho de comer carne de cerdo. Hay pocos actos que los cristianos y los europeos contemplen con mayor repugnancia inafectada que aquella con la que los musulmanes consideran este modo particular de calmar el hambre. Es, en primer lugar, una ofensa contra su religión; pero esta circunstancia no explica en absoluto ni el grado ni el género de su repugnancia, pues el vino también está prohibido por su religión, y tomarlo es considerado por todos los musulmanes como algo incorrecto, mas no asqueroso. Su aversión a la carne de la «bestia inmunda» es, por el contrario, de ese carácter peculiar, semejante a una antipatía instintiva, que la idea de impureza, una vez que penetra por completo en los sentimientos, parece suscitar siempre, incluso en aquellos cuyos hábitos personales son todo menos escrupulosamente limpios, y de lo cual el sentimiento de impureza religiosa, tan intenso en los hindúes, es un ejemplo notable. Supóngase ahora que en un pueblo cuya mayoría fuese musulmana, dicha mayoría insistiese en no permitir que se comiera cerdo dentro de los límites del país. Esto no tendría nada de nuevo en los países mahometanos. ¿Sería un ejercicio legítimo de la autoridad moral de la opinión pública? Y si no es así, ¿por qué no? La práctica resulta verdaderamente repugnante para semejante público. Ellos también piensan sinceramente que está prohibida y es aborrecida por la Divinidad. Tampoco podría censurarse la prohibición como persecución religiosa. Podría ser religiosa en su origen, pero no sería una persecución por motivos de religión, ya que la religión de nadie impone como deber comer carne de cerdo. El único fundamento sostenible para la condena sería que el público no tiene por qué inmiscuirse en los gustos personales y los asuntos de interés propio de los individuos.

Para acercarnos un tanto más a casa: la mayoría de los españoles considera una grosera impiedad, ofensiva en el grado máximo para el Ser Supremo,

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