Estos versos demuestran la intensidad del sentimiento de Mill, que no teme a la abundancia de palabras; pero también demuestran que no podía imaginar cuál sería el efecto en los demás y que, como dijo Grote, solo la reputación de Mill pudo sobrevivir a estas y similares exhibiciones.
Cada cual juzgará por sí mismo este episodio romántico en la carrera de Mill, según la experiencia que posea de la mente filosófica y del valor de estas curiosas, aunque no infrecuentes, relaciones.
Pudo haber sido una necedad o, si preferimos decirlo así, pudo haber sido la página más graciosa y más humana en la carrera de Mill. Es posible que la señora Mill haya lisonjeado la vanidad de su esposo haciéndose eco de sus opiniones, o que haya sido en verdad una Egeria, llena de inspiración y de auxilio intelectual.
Lo que suele suceder en estos casos —aunque al filósofo mismo, debido a su creencia en la igualdad de los sexos, le estuviera vedado pensar tal cosa— es la acción y reacción sumamente valiosa de dos clases y órdenes de mente diferentes. Para cualquiera cuyos pensamientos hayan estado ocupados en la esfera de la especulación abstracta, la presentación viva y vívida del hecho concreto resulta un choque deleitable y agradable. El instinto de la mujer a menudo le permite no solo comprender sino también ilustrar una verdad para la cual sería totalmente incapaz de dar el razonamiento filosófico adecuado. Por otra parte, el hombre, con sus métodos lógicos más cuidadosos y los lentos procesos del razonamiento formal, es propenso a suponer que la feliz intuición que salta a la conclusión se basa realmente en los procesos intelectuales de los que es consciente en su propio caso. Así, ambas partes del feliz contrato quedan igualmente complacidas. La verdad abstracta obtiene la ilustración concreta; la ilustración concreta halla su fundamento adecuado en una serie de investigaciones abstractas.
Tal vez los epítetos de Carlyle, «iridiscente» y «vívido», aludan incidentalmente a la agudeza perceptiva de la señora Mill, arrojando así