nivelándose gradualmente; a medida que la idea misma de resistir la voluntad del público, cuando se sabe positivamente que este tiene una voluntad, desaparece cada vez más de la mente de los políticos prácticos, deja de existir cualquier apoyo social para la disconformidad —cualquier poder sustantivo en la sociedad que, opuesto en sí mismo al ascendiente de las mayorías numéricas, tenga interés en tomar bajo su protección opiniones y tendencias contrarias a las del público.
La combinación de todas estas causas forma una masa tan grande de influencias hostiles a la Individualidad, que no es fácil ver cómo esta puede mantenerse en pie. Lo hará con creciente dificultad, a menos que se logre hacer sentir al sector inteligente del público su valor; que se vea que es bueno que haya diferencias, aunque no sean para mejor, aunque, según pueda parecerles, algunas sean para peor. Si alguna vez han de reivindicarse los derechos de la Individualidad, el momento es ahora, cuando todavía falta mucho para completar la asimilación forzosa. Solo en las etapas más tempranas se puede presentar una resistencia exitosa contra la usurpación. La exigencia de que todas las demás personas se parezcan a nosotros crece con lo que se alimenta. Si la resistencia espera hasta que la vida se reduzca casi a un tipo uniforme, todas las desviaciones de ese tipo pasarán a ser consideradas impías, inmorales, incluso monstruosas y contrarias a la naturaleza. La humanidad rápidamente se vuelve incapaz de concebir la diversidad cuando lleva algún tiempo deshabituada a verla.