Los burgueses socialistas quieren todas las ventajas de las condiciones sociales modernas sin las luchas y los peligros que de ellas se derivan necesariamente. Desean el estado actual de la sociedad menos sus elementos revolucionarios y disolventes. Quieren una burguesía sin proletariado. La burguesía naturalmente concibe el mundo en el que impera como el mejor; y el socialismo burgués desarrolla esta cómoda concepción en varios sistemas más o menos completos. Al exigir al proletariado que lleve a cabo tal sistema, y con ello marche directamente hacia la Nueva Jerusalén social, en realidad solo exige que el proletariado permanezca dentro de los límites de la sociedad actual, pero que se despoje de todas sus odiosas ideas acerca de la burguesía.
Una segunda forma, más práctica pero menos sistemática, de este socialismo aspiraba a desvalorizar todo movimiento revolucionario ante los ojos de la clase trabajadora, demostrándole que ninguna mera reforma política, sino únicamente un cambio en las condiciones materiales de vida, en las relaciones económicas, podía reportarle alguna ventaja.
Por cambio en las condiciones materiales de vida, este socialismo no entiende, sin embargo, ni mucho menos, la abolición de las relaciones burguesas de producción —abolición que solo puede llevarse a cabo por la vía revolucionaria—, sino reformas administrativas realizadas sobre la base de esas mismas relaciones; reformas que, por tanto, no afectan para nada a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado sino que, en el mejor de los casos, reducen los gastos y simplifican la labor administrativa del gobierno burgués.
El socialismo burgués solo alcanza una expresión adecuada cuando se convierte en una pura figura retórica, y únicamente entonces.
Libre cambio: en beneficio de la clase trabajadora. Aranceles protectores: en beneficio de la clase trabajadora. Reforma penitenciaria: en beneficio