eternos distinguen a la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estáticas y escleróticas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, se disuelven; las nuevas se vuelven obsoletas antes de poder osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los seres humanos se ven al fin obligados a considerar con sobriedad sus condiciones reales de vida y sus relaciones con los demás.
La necesidad de un mercado en constante expansión para sus productos persigue a la burguesía por toda la superficie del globo. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear conexiones en todas partes.
Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo en todos los países. Con gran pesar de los reaccionarios, ha quitado a la industria el suelo nacional que pisa. Todas las industrias nacionales antiguas han sido destruidas o están siendo destruidas a diario. Son desplazadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en una cuestión de vida o muerte para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no trabajan con materias primas indígenas, sino con materias primas traídas de las zonas más remotas; industrias cuyos productos se consumen no sólo en el propio país, sino en todos los rincones del globo. En lugar de las viejas necesidades, satisfechas por la producción del país, encontramos nuevas necesidades, que exigen para su satisfacción los productos de tierras y climas lejanos. En lugar del viejo aislamiento y la autosuficiencia local y nacional, tenemos un tráfico en todas direcciones, una interdependencia universal de las naciones.