Llegué al puente que pocos pueden cruzar.
—¡Pasa! —gritó el guardián, pero yo me reí y dije: «Hay tiempo»; y él sonrió y cerró las puertas.
Al puente que pocos pueden cruzar llegaron jóvenes y ancianos. A todos se les negó el paso.
Ociosamente me quedé de pie y los conté, hasta que, cansado de su ruido y sus lamentaciones, regresé al puente que pocos pueden cruzar.
Los que estaban en la muchedumbre junto a las puertas gritaron: «¡Llega demasiado tarde!», pero yo me reí diciendo: «Hay tiempo».
«¡Pase!», gritó el guardián cuando entré; luego sonrió y cerró las puertas.