Esta inscripción estaba adornada con una bandera estadounidense y otra francesa.
La aguanieve soplaba contra los cristales de las ventanas, cubriéndolos de estrellas y diamantes, para luego, al derretirse por el aire más templado del interior, escurrirse y volver a congelarse en dibujos parecidos a helechos.
Un perro gimió y el repiqueteo de pequeñas patas sonó en el zinc detrás de la estufa.
“Jack, querido, ¿crees que Hércules tiene hambre?”
El repiqueteo de las patas se redobló detrás de la estufa.
—Se está quejando —continuó ella con nerviosismo—, y si no es porque tiene hambre es porque...
Su voz titubeó. Un fuerte zumbido llenó el aire, las ventanas vibraron.
—Ay, Jack —exclamó ella—, otro... —pero su voz quedó ahogada por el chillido de un obús que rasgaba las nubes en lo alto.
—Eso es lo más cerca que hemos estado—, murmuró ella.
—Oh, no —respondió alegremente—, probablemente habrá caído muy lejos, por Montmartre; y como ella no respondía, volvió a decir con fingida despreocupación—: No se tomarían la molestia de disparar contra el Barrio Latino; de todos modos, no tienen ninguna batería capaz de hacerle daño.
Al cabo de un rato habló con alegría: “Jack, querido, ¿cuándo vas a llevarme a ver las estatuas de Monsieur West?”.
—Apostuesto —dijo, arrojando la paleta y acercándose a la ventana junto a ella—, a que Colette ha estado aquí hoy.