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nydus/The King in YellowPublic
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Table of Contents

I

La calle no está de moda, ni tampoco es andrajosa. Es una paria entre las calles⁠—una calle sin Barrio. Se suele entender que se halla fuera de los límites de la aristocrática Avenida de l’Observatoire. Los estudiantes del barrio de Montparnasse la consideran pretenciosa y no quieren saber nada de ella. El Barrio Latino, desde el Luxemburgo, su frontera septentrional, se mofa de su respetabilidad y mira con desaprobación a los estudiantes correctamente ataviados que la frecuentan. Pocos forasteros se adentran en ella. A veces, sin embargo, los estudiantes del Barrio Latino la utilizan como vía de paso entre la Rue de Rennes y el Bullier, pero a excepción de eso y de las visitas vespertinas semanales de padres y tutores al Convento cercano a la Rue Vavin, la calle de Nuestra Señora de los Campos es tan tranquila como un bulevar de Passy. Quizá la parte más respetable se encuentra entre la Rue de la Grande Chaumière y la Rue Vavin, al menos a esta conclusión llegó el reverendo Joel Byram mientras deambulaba por ella con Hastings a su cargo. Para Hastings, la calle lucía agradable bajo el radiante clima de junio, y había empezado a abrigar esperanzas de que fuera elegida cuando el reverendo Byram se apartó violentamente de la cruz del Convento de en frente.

«Jesuitas», murmuró.

—Bueno —dijo Hastings con cansancio—, supongo que no encontraremos nada mejor. Usted mismo dice que el vicio triunfa en París, y a mí me parece que en cada calle encontramos jesuitas o algo peor.

Después de un momento repitió: «O algo peor, lo cual por supuesto no notaría de no ser por su amabilidad al advertirme».

El Dr. Byram apretó los labios y miró a su alrededor. Le impresionaba la evidente respetabilidad del entorno. Luego, frunciendo el ceño hacia el Convento, tomó del brazo a Hastings y cruzó arrastrando los pies la calle hasta una verja de hierro que llevaba el número 201 bis pintado en blanco sobre fondo azul. Debajo de esto había un aviso impreso en inglés:

  1. Para Porter por favor oprima una vez.

  2. Para Servant por favor oprima dos veces.

  3. Para Parlour por favor oprima tres veces.

Hastings tocó el botón eléctrico tres veces, y una doncella pulcra los hizo pasar por el jardín hacia la sala.

La puerta del comedor, justo enfrente, estaba abierta, y de la mesa a la vista se levantó apresuradamente una mujer corpulenta que se acercó a ellos. Hastings alcanzó a ver a un joven de cabeza grande y a varios ancianos dados al rapé desayunando, antes de que la puerta se cerrara y la mujer corpulenta entrara en la habitación a paso de pato, trayendo consigo un aroma a café y un caniche negro.

—¡Es un plaisir to you receive! —exclamó—. ¿Monsieur es Anglish? ¿No? ¿Americain? Off course. Mi pensión it ees para Americains surtout. Aquí todos spik Angleesh, c’est à dire, ze personal; ze sairvants do spik, plus ou moins, a little. Estoy feliz de tenerle comme pensionnaires

“Madame”, empezó el doctor Byram, pero fue interrumpido de nuevo.

“Ah, sís, ya sé, ¡ah! ¡mon Dieu! usted no habla francés, ¡pero ha venido a aprender! Mi marido sí habla francés con ze pensionnaires. Tenemos en este moment a una familia Americaine que aprende de mi marido francés—”

Aquí el caniche le gruñó al Dr. Byram y fue abofeteado de inmediato por su ama.

“¡Quieres! —gritó con una palmada—, ¡quiero! ¡Oh! ¡El malvado, oh! ¡El malvado!”.

“Mais, madame”, —dijo Hastings, sonriendo—, “il n’a pas l’air très féroce.”

El caniche huyó, y su ama exclamó: «¡Ah, ze accent charming! ¡Ya habla francés como un joven parisino!».

Entonces el Dr. Byram logró decir una o dos palabras y obtuvo más o menos información respecto a los precios.

—Es una pension serieux; mi clientela es de la mejor, de verdad una pension de famille donde uno se siente como en ’ome.

Luego subieron las escaleras para examinar los futuros aposentos de Hastings, probar los muelles de la cama y acordar la cantidad semanal de toallas. El doctor Byram pareció satisfecho.

Madame Marotte los acompañó hasta la puerta y tocó el timbre para llamar a la criada, pero cuando Hastings salió al sendero de grava, su guía y mentor se detuvo un momento y clavó sus ojos llorosos en Madame.

“Comprende usted —dijo—, que es un joven de educación esmeradísima, y que su carácter y su moral son intachables. Es joven y jamás ha estado en el extranjero, ni siquiera ha visto una gran ciudad, y sus padres me han pedido, como viejo amigo de la familia que vive en París, que procure que se le ponga bajo buenas influencias. Va a estudiar arte, pero sus padres no desearían por nada del mundo que viviera en el Barrio Latino si supieran la inmoralidad que allí impera”.

Un sonido como el chasquido de un pestillo lo interrumpió y levantó los ojos, pero no a tiempo para ver a la criada abofetear al joven cabezón detrás de la puerta del salón.

Madame tosió, lanzó una mirada mortal a sus espaldas y luego le regaló una radiante sonrisa al Dr. Byram.

—It ees well zat he come here. The pension more serious, il n’en existe pas , eet ees not any! —announced with conviction.

Así que, como no había nada más que añadir, el doctor Byram se reunió con Hastings en la verja.

—Confío —dijo, mirando de reojo el convento—, ¡en que no harás ninguna amistad entre los jesuitas!

Hastings miró el Convento hasta que una chica bonita pasó ante la fachada gris, y entonces la miró a ella. Un muchacho joven con una caja de pinturas y un lienzo apareció bamboleándose, se detuvo ante la chica bonita, dijo algo durante un apretón de manos breve pero enérgico con el que ambos rieron, y siguió su camino, gritando de vuelta: «¡Hasta mañana, Valentine!», al tiempo que en el mismo aliento ella exclamaba: «¡Hasta mañana!».

«Valentine», pensó Hastings, «qué nombre tan pintoresco»; y se dispuso a seguir al reverendo Joel Byram, que caminaba arrastrando los pies hacia la estación de tranvía más cercana.

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