Encontrarme de repente siendo el objeto de semejante odio fue exquisitamente doloroso: y este hombre era un perfecto desconocido. ¿Por qué habría de odiarme así?—¿a mí, a quien nunca antes había visto?
Por el momento, toda otra sensación se fundió en esta única punzada: incluso el miedo quedó supeditado al dolor, y en ese instante no albergué ninguna duda; pero al siguiente comencé a razonar, y un sentimiento de lo incongruente vino en mi ayuda.
Como he dicho, San Bernabé es una iglesia moderna. Es pequeña y está bien iluminada; se abarca casi de un vistazo. La tribuna del órgano recibe una luz blanca e intensa de una hilera de ventanas alargadas en el claristorio, que ni siquiera tienen vidrios de colores.
Como el púlpito estaba en el medio de la iglesia, se deducía que, cuando yo estaba vuelto hacia él, cualquier cosa que se moviera en el extremo oeste no podía dejar de llamar mi atención.
Cuando el organista pasó, no era de extrañar que lo viera: simplemente había calculado mal el intervalo entre su primer y su segundo paso. Había entrado esa última vez por la otra puerta lateral.
En cuanto a la mirada que tanto me había alterado, tal cosa no había existido, y yo era un tonto nervioso.
Miré a mi alrededor. ¡Este era un lugar propicio para albergar horrores sobrenaturales! Aquel rostro bien perfilado y razonable de Monseigneur C⸺, sus maneras sosegadas y sus gestos desenvueltos y gráciles, ¿acaso no desentonaban un poco con la idea de un misterio espeluznante? Levanté la vista por encima de su cabeza y estuve a punto de reír. Esa dama ligera de cascos que sostenía una esquina del dosel del púlpito, el cual parecía un mantel dedamasco con flecos en medio de un fuerte viento, ante el primer intento de un basilisco de posarse ahí arriba en el