Death in the Fog
Un timbre de teléfono sonó en la oscuridad. Cuando hubo sonado tres veces crujieron los muelles de una cama, unos dedos tantearon sobre la madera, algo pequeño y duro cayó con un golpe sordo sobre un suelo alfombrado, los muelles volvieron a crujir y la voz de un hombre dijo:
“Hola. … Sí, al habla. … ¿Muerto? … Sí. … Quince minutos. Gracias”.
Un interruptor hizo clic y un cuenco blanco suspendido de tres cadenas doradas en el centro del techo llenó la habitación de luz. Spade, descalzo en pijama de cuadros verdes y blancos, se sentó en la orilla de su cama. Miró con el ceño fruncido el teléfono sobre la mesa mientras sus manos sacaban de su lado un paquete de papelillos marrones y una bolsita de tabaco Bull Durham.
Aire frío y cargado de vapor soplaba a través de dos ventanas abiertas, trayendo consigo media docena de veces por minuto el lamento sordo de la sirena de niebla de Alcatraz. Un despertador metálico, colocado de manera precaria sobre una esquina de Casos criminales célebres de América, de Duke —boca abajo sobre la mesa—, marcaba las dos y cinco.
Los gruesos dedos de Spade armaron un cigarrillo con deliberado esmero, dejando caer una cantidad exacta de hebras tostadas sobre el papel curvo, acomodándolas de modo que quedasen parejas en los extremos y con una ligera depresión en el medio, mientras los pulgares hacían rodar el borde interior del papel hacia abajo y hacia arriba por debajo del borde exterior en tanto los índices lo presionaban, los pulgares y los índices deslizándose hacia los extremos del cilindro de papel para sostenerlo parejo mientras la