—Precious —dijo en el aparato un poco después de haber dado un número—, a Miles le han disparado... Sí, está muerto... Ahora no te alteres... Sí... Vas a tener que decírselo a Iva... No, que me parta un rayo si lo hago yo. Tienes qué hacerlo tú... Eso es una buena chica... Y manténla alejada de la oficina... Dile que la veré... eh... en algún momento... Sí, pero no me ates a nada... Así se hace. Eres un ángel. Adiós.
El despertador metálico de Spade marcaba las tres y cuarenta cuando volvió a encender la luz de la lámpara de techo.
Dejó caer el sombrero y el abrigo sobre la cama y fue a la cocina, regresando al dormitorio con una copa de vino y una botella alta de Bacardi.
Se sirvió un trago y se lo bebió de pie. Puso la botella y la copa sobre la mesa, se sentó en el borde de la cama frente a ellas y se lió un cigarrillo.
Se había tomado su tercer vaso de Bacardi y estaba encendiendo su quinto cigarrillo cuando sonó el timbre de la calle. Las manecillas del despertador marcaban las cuatro y media.
Spade suspiró, se levantó de la cama y fue a la cabina telefónica junto a la puerta de su baño. Apretó el botón que liberaba la cerradura de la puerta de la calle. Murmuró: «Maldita sea», y se quedó frunciendo el ceño frente a la negra cabina telefónica, respirando de forma irregular mientras un rubor apagado crecía en sus mejillas.
El chirrido y el traqueteo de la puerta del ascensor al abrirse y cerrarse venían del pasillo. Spade volvió a suspirar y se encaminó hacia la puerta del pasillo.
Pasos suaves y pesados resonaron en el suelo alfombrado del exterior, los pasos de dos hombres. El rostro de Spade se iluminó. Sus ojos ya no estaban atribulados. Abrió la puerta rápidamente.