lengua lamía la solapa, el índice y el pulgar izquierdos apretando su extremo mientras el índice y el pulgar derechos alisaban la costura húmeda, retorciendo el índice y el pulgar derechos su extremo y alzando el otro hasta la boca de Spade.
Recogió el encendedor de piel de cerdo y níquel que había caído al suelo, lo manipuló y, con el cigarrillo encendido en una comisura de los labios, se puso de pie.
Se quitó el pijama. El espesor terso de sus brazos, piernas y cuerpo, la caída de sus hombros grandes y redondeados, hacían que su cuerpo pareciera el de un oso. Era como el de un oso rapado: su pecho no tenía pelo. Su piel era de una suavidad y un rosa infantiles.
Se rascó la nuca y comenzó a vestirse.
Se puso un calzoncillo largo y delgado de color blanco, calcetines grises, ligas negras y zapatos marrón oscuro. Cuando hubo abrochado sus zapatos, levantó el teléfono, llamó al Graystone 4500 y pidió un taxi.
Se puso una camisa blanca de rayas verdes, un cuello blanco suave, una corbata verde, el traje gris que había llevado puesto ese día, un abrigo holgado de tweed y un sombrero gris oscuro.
El timbre de la calle sonó mientras se metía tabaco, llaves y dinero en los bolsillos.
Donde la calle Bush cubría la de Stockton antes de bajar en pendiente hacia el Barrio Chino, Spade pagó su tarifa y dejó el taxi. La niebla nocturna de San Francisco, fina, húmeda y penetrante, difuminaba la calle.
A pocos pasos de donde Spade había despedido al taxi, un pequeño grupo de hombres estaba de pie mirando hacia un callejón. Dos mujeres estaban con un hombre al otro lado de la calle Bush, mirando hacia el callejón. Había rostros en las ventanas.