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Introducción

Algo del mismo estilo debió de significar la zoolatría, en la que egipcios, indios y muchos otros grandes pueblos han coincidido. Los hombres, a mi juicio, no aman a los escarabajos, a los gatos o a los cocodrilos con un amor puramente personal; los saludan como expresiones de esa energía abstracta y anónima de la naturaleza que para cualquiera es imponente, y para un ateo ha de ser aterradora.

De modo que en todas las fábulas que son o no de Esopo, todas las fuerzas animales actúan como fuerzas inanimadas, como grandes ríos o árboles que crecen. Es el límite y la pérdida de todas esas cosas el no poder ser otra cosa que ellas mismas: es su tragedia que no pudieron perder sus almas.

Esta es la justificación inmortal de la fábula: que no podríamos enseñar las verdades más evidentes con tanta sencillez sin convertir a los hombres en piezas de ajedrez.

No podemos hablar de cosas tan sencillas sin recurrir a animales que no hablan en absoluto.

Supongamos, por un momento, que convertís al lobo en un barón lobuno, o al zorro en un diplomático zorruno. En seguida recordaréis que incluso los barones son humanos; seréis incapaces de olvidar que incluso los diplomáticos son hombres. Siempre estaréis buscando esa bonhomía accidental que debería acompañar a la brutalidad de cualquier hombre brutal; esa consideración hacia todas las cosas delicadas, incluida la virtud, que debería existir en cualquier buen diplomático.

En cuanto ponéis una cosa sobre dos patas en lugar de cuatro y la despojáis de plumas, no podéis evitar buscar a un ser humano, ya sea heroico, como en los cuentos de hadas, o poco heroico, como en las novelas modernas.

Pero al usar animales en este estilo austero y arbitrario, tal como se emplean en los escudos de la heráldica o en los jeroglíficos de los antiguos, el hombre ha logrado en verdad transmitir aquellas verdades formidables que llamamos perogrulladas.

Si el león caballeresco es rojo y rampante, es rígidamente rojo y rampante; si el ibis sagrado se parara en una pata en cualquier parte, se pararía en una pata para siempre.

En este lenguaje, semejante a un vasto alfabeto animal, están escritas algunas de las primeras certezas filosóficas de la humanidad. Así como el niño aprende A de Asno o B de Buey o C de Cabra, el hombre ha aprendido aquí a asociar las criaturas más simples y vigorosas con las verdades más simples y vigorosas.

Que un arroyo caudaloso no puede ensuciar su propia fuente, y que cualquiera que diga lo contrario es un tirano y un mentiroso; que un ratón es demasiado débil para luchar contra un león, pero demasiado fuerte para las cuerdas que pueden retener a un león; que un zorro que saca el máximo

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