Una Tortuga, descontenta con su humilde vida y envidiosa de las aves que veía divertirse en el aire, le rogó a un Águila que le enseñara a volar.
El Águila protestó diciendo que era en vano que lo intentara, ya que la naturaleza no la había provocado con alas; pero la Tortuga insistió con ruegos y promesas de tesoros, recalcando que solo era cuestión de aprender el arte del aire.
Así que al fin el Águila accedió a hacer lo mejor que pudo por ella, y la levantó con sus garras. Elevándose con ella a gran altura en el cielo, luego la soltó, y la infeliz Tortuga cayó de cabeza y quedó hecha pedazos sobre una roca.