Había una vez un Caballo que solía pastar en un prado que era todo para él. Pero un día, un Ciervo entró en el prado y dijo que tenía tanto derecho como el Caballo a alimentarse allí y, además, escogió para sí todos los mejores lugares.
El Caballo, deseando vengarse de su indeseado visitante, fue a ver a un hombre y le preguntó si le ayudaría a expulsar al Ciervo.
«Sí —dijo el hombre—, lo haré sin falta; pero solo puedo hacerlo si me dejas ponerte un freno en la boca y montarme en tu espalda».
El Caballo aceptó esto, y los dos juntos muy pronto echaron al Ciervo del pastizal: pero una vez hecho esto, el Caballo descubrió con dismayo que en el hombre había conseguido un amo para siempre.