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nydus/Hume's Political DiscoursesPublic
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Del equilibrio de poder

Se discute si la idea del equilibrio de poder se debe enteramente a la política moderna, o si solo se ha inventado la frase en estas últimas épocas.

Es cierto que Jenofonte, en su Ciropedia, presenta la combinación de las potencias asiáticas como surgida de los celos ante la fuerza creciente de medos y persas; y aunque se suponga que dicha elegante composición es por completo una obra de ficción, este sentimiento, atribuido por el autor a los príncipes orientales, es al menos una prueba de las nociones predominantes de la antigüedad.

En toda la política de Grecia, la inquietud respecto al equilibrio de poder resulta de la mayor evidencia, y nos la señalan expresamente incluso los historiadores antiguos.

  • Tucídides presenta la liga que se formó contra Atenas, y que dio lugar a la guerra del Peloponeso, como debida enteramente a este principio.
  • Y tras la decadencia de Atenas, cuando los tebanos y los lacedemonios se disputaban la soberanía, vemos que los atenienses (así como muchas otras repúblicas) se inclinaron siempre del lado de la balanza más ligera y procuraron preservar el equilibrio.
  • Apoyaron a Tebas contra Esparta hasta la gran victoria obtenida por Epaminondas en Leuctra, tras la cual se pasaron inmediatamente a los vencidos, por generosidad según pretendían, pero en realidad por sus celos hacia los vencedores.

Quien lea la oración de Demóstenes en favor de los megalopolitanos podrá ver los refinamientos más extremos sobre este principio que jamás hayan cruzado por la cabeza de un especulador veneciano o inglés; y, al surgir por primera vez el poder macedonio, este orador descubrió inmediatamente el peligro, hizo sonar la alarma en toda Grecia y, por fin, reunió bajo las banderas de Atenas aquella confederación que libró la gran y decisiva batalla de Queronea. {p72}

Es verdad que las guerras griegas son consideradas por los historiadores como guerras de emulación más que de política, y cada estado parece haber tenido más en vista el honor de liderar a los demás que cualquier esperanza bien fundada de autoridad y dominio.

Si consideramos, en efecto, el pequeño número de habitantes de cualquier república en comparación con el total, la gran dificultad de realizar asedios en aquellos tiempos y la extraordinaria valentía y disciplina de cada hombre libre entre aquel noble pueblo, concluiremos que el equilibrio de poder estaba por sí mismo suficientemente asegurado en Grecia, y no necesitaba ser custodiado con esa cautela que puede ser requerida en otras épocas.

Pero ya atribuyamos los cambios de bando en todas las repúblicas griegas a una emulación celosa o a una política cautelosa, los efectos fueron los mismos, y todo poder dominante tenía la seguridad de encontrarse con una confederación en su contra, y a menudo compuesta por sus antiguos amigos y aliados.

El mismo principio —llámese envidia o prudencia— que produjo el ostracismo en Atenas y el petalismo en Siracusa, y que expulsó a todo ciudadano cuya fama o poder sobrepasaba al de los demás; el mismo principio, digo, se manifestó naturalmente en la política exterior y pronto enemistó a los demás con la potencia líder, por muy moderada que fuera en el ejercicio de su autoridad.

El monarca persa era en realidad, por su poderío, un príncipe insignificante en comparación con las repúblicas griegas, y por ello le convenía, por razones de seguridad más que por emulación, inmiscuirse en sus disputas y apoyar al bando más débil en cada contienda.

Este fue el consejo dado por Alcibiques a Tisafernes, el cual prolongó cerca de un siglo la existencia del imperio persa; hasta que el descuido de este por un momento, tras la primera aparición del genio ambicioso de Filipo, derrumbó ese edificio elevado y frágil con una rapidez de la que hay pocos ejemplos en la historia de la humanidad.

Los sucesores de Alejandro mostraron una infinita envidia del equilibrio de poder, una envidia fundada en la verdadera política y en la prudencia, y que conservó distintas durante varias edades las particiones hechas tras la muerte de aquel famoso {p73} conquistador.

La fortuna y la ambición de Antígono los amenazaron de nuevo con una monarquía universal, pero su combinación y su victoria en Ipso los salvaron; y en tiempos posteriores hallamos que, como los príncipes orientales consideraban a los griegos y macedonios como la única fuerza militar real con la que tenían algún trato, mantuvieron siempre una mirada vigilante sobre esa parte del mundo.

Los Ptolomeos, en particular, apoyaron primero a Arato y a los aqueos, y luego a Cleómenes, rey de Esparta, con el único propósito de que sirvieran de contrapeso a los monarcas macedonios; pues este es el relato que Polibio da de la política egipcia.

La razón por la cual se supone que los antiguos ignoraban por completo el equilibrio de poder parece extraerse más de la historia romana que de la griega, y como los asuntos de la primera nos son por lo general más familiares, de ahí hemos sacado todas nuestras conclusiones.

Debe reconocerse que los romanos nunca se enfrentaron a ninguna combinación o confederación general en su contra como cabría esperar de sus rápidas conquistas y su declarada ambición, sino que se les permitió someter pacíficamente a sus vecinos, uno tras otro, hasta extender su dominio por todo el mundo conocido. Por no hablar de la historia fabulosa de sus guerras itálicas, hubo, durante la invasión del Estado romano por Aníbal, una crisis muy notable que debería haber llamado la atención de todas las naciones civilizadas.

Se vio después (ni era difícil de observar en aquel entonces​22) que esta era una pugna por el imperio universal, y sin embargo ningún príncipe o Estado parece haberse alarmado lo más lo mínimo por el acontecimiento o desenlace de la disputa. Filipo de Macedonia permaneció neutral hasta que vio las victorias de Aníbal, y entonces, de forma de todo imprudente, formó una alianza con el conquistador en términos aún más imprudentes. Estipuló que ayudaría al Estado cartaginés en su conquista de Italia, tras lo cual {p74} estos se comprometieron a enviar fuerzas a Grecia para ayudarle a someter a las repúblicas griegas.

Las repúblicas rodia y aquea son muy celebradas por los antiguos historiadores debido a su sabiduría y sana política; sin embargo, ambas ayudaron a los romanos en sus guerras contra Filipo y Antíoco.

Y lo que puede considerarse una prueba aún más contundente de que esta máxima no era familiar en aquellos tiempos, ningún autor antiguo ha señalado jamás la imprudencia de estas medidas, ni siquiera ha censurado el absurdo tratado antes mencionado que hizo Filipo con los cartagineses.

Los príncipes y los hombres de estado pueden verse cegados en todas las épocas en sus razonamientos respecto a los acontecimientos futuros, pero resulta un tanto extraordinario que los historiadores posteriores no emitan un juicio más sensato sobre ellos.

Masinisa, Átalo, Prusias, al satisfacer sus pasiones privadas, fueron todos ellos instrumentos de la grandeza romana, y jamás pareció que sospecharan que estaban forjando sus propias cadenas mientras promovían las conquistas de su aliado.

Un simple tratado y acuerdo entre Masinisa y los cartagineses, tan reclamado por el interés mutuo, prohibió a los romanos toda entrada en África y preservó la libertad de la humanidad.

El único príncipe que encontramos en la historia romana que parece haber comprendido el equilibrio de poder es Hierón, rey de Siracusa.

Aunque aliado de Roma, envió ayuda a los cartagineses durante la guerra de los mercenarios:

«Considerando necesario», dice Polibio, «tanto para conservar sus dominios en Sicilia como para preservar la amistad romana, que Cartago estuviera a salvo; no fuera a ser que, con su caída, el poder restante pudiera, sin oposición ni contraste, ejecutar todos sus propósitos y empresas. Y en esto actuó con gran sabiduría y prudencia; pues aquello nunca debe pasarse por alto, por ningún motivo, ni debe jamás arrojarse tal fuerza en unas solas manos que incapacite a los Estados vecinos para defender sus derechos frente a ellas».

He aquí señalado en términos expresos el objetivo de la política moderna.

En resumen, la máxima de preservar el equilibrio de poder está {p75} fundada de tal manera en el sentido común y en el razonamiento obvio que es imposible que haya pasado desapercibida para la antigüedad, en la que encontramos, en otros aspectos, tantas huellas de profunda penetración y discernimiento. Si no era tan generalmente conocida y reconocida como en la actualidad, tuvo al menos influencia en todos los príncipes y políticos más sabios y experimentados; y de hecho, aun hoy, por muy generalmente conocida y reconocida que sea entre los pensadores especulativos, no tiene en la práctica una autoridad mucho más extensa entre quienes gobiernan el mundo.

Tras la caída del Imperio Romano, la forma de gobierno establecida por los conquistadores del norte los incapacitó en gran medida para ulteriores conquistas y mantuvo durante mucho tiempo a cada Estado dentro de sus propios límites; pero cuando el vasallaje y la milicia feudal fueron abolidos, la humanidad volvió a alarmarse ante el peligro de la monarquía universal, debido a la unión de tantos reinos y principados en la persona del emperador Carlos.

Pero el poder de la casa de Austria, fundado en dominios extensos pero divididos, y sus riquezas, derivadas principalmente de las minas de oro y plata, eran más propensos a decaer por sí mismos, debido a defectos internos, que a derribar todos los baluartes levantados en su contra.

En menos de un siglo, la fuerza de esa raza violenta y soberbia quedó quebrantada, su opulencia disipada, su esplendor eclipsado. Una nueva potencia le sucedió, más formidable para las libertades de Europa, que poseía todas las ventajas de la anterior y padecía ninguno de sus defectos, salvo una parte de ese espíritu de intolerancia y persecución del que la casa de Austria estuvo tan infatuada durante tanto tiempo y aún lo está en gran medida.

Europa se ha mantenido, desde hace más de un siglo, a la defensiva frente a la mayor fuerza que quizás se haya formado jamás por la combinación civil o política de la humanidad. Y tal es la influencia de la máxima de aquí tratada que, aunque esa nación ambiciosa en las cinco últimas guerras generales haya resultado victoriosa en cuatro,​23 y fracasado solo {p76} en una,​24 no han ampliado mucho sus dominios ni han adquirido una superioridad total sobre Europa. Más bien queda la esperanza de que, manteniendo la resistencia durante algún tiempo, las revoluciones naturales de los asuntos humanos, junto con acontecimientos y accidentes imprevistos, puedan ponernos a salvo de la monarquía universal y preservar al mundo de tan gran mal.

En las tres últimas de estas guerras generales, Gran Bretaña ha estado a la vanguardia de la gloriosa lucha, y aún mantiene su puesto como protectora de las libertades generales de Europa y benefactora de la humanidad.

Además de sus ventajas en cuanto a riqueza y situación, su pueblo está animado por un tal espíritu nacional, y es tan plenamente consciente de las inestimables bendiciones de su gobierno, que podemos esperar que su vigor nunca languidezca en una causa tan necesaria y tan justa.

Por el contrario, si hemos de juzgar por el pasado, su apasionado ardor parece requerir más bien cierta moderación, y con mayor frecuencia ha errado por un exceso loable que por una censurable deficiencia.

En primer lugar, parece que hemos estado más poseídos por el antiguo espíritu griego de emulación celosa que impulsados por las prudentes miras de la política moderna.

Nuestras guerras con Francia han comenzado con justicia, y tal vez incluso por necesidad; pero siempre se han llevado demasiado lejos por terquedad y pasión.

La misma paz que después se firmó en Ryswick en 1697 se había ofrecido ya en el noventa y dos; la concluida en Utrecht en 1712 podría haberse cerrado en tan buenas condiciones en Gertruytenberg en el ocho; y en Fráncfort en 1743 podríamos haber dado los mismos términos que nos alegramos de aceptar en Aquisgrán en el cuarenta y ocho.

Aquí vemos, pues, que más de la mitad de nuestras guerras con Francia, y todas nuestras deudas públicas, se deben más a nuestra propia vehemencia imprudente que a la ambición de nuestros vecinos.

En segundo lugar, nos mostramos tan decididos en nuestra oposición al poder francés y tan atentos en la defensa de nuestros aliados, que {p77} estos siempre cuentan con nuestra fuerza como si fuera propia y, esperando llevar a cabo la guerra a nuestras expensas, rechazan todo término razonable de acuerdo.

Habent subjectos, tanquam suos; viles, ut alienos.

Todo el mundo sabe que el voto faccioso de la Cámara de los Comunes al principio del último Parlamento, junto con la disposición declarada de la nación, hizo inflexible a la reina de Hungría en sus condiciones e impidió aquel acuerdo con Prusia que habría restablecido inmediatamente la tranquilidad general de Europa.

En tercer lugar, somos tan verdaderos combatientes que, una vez entablada la lucha, perdemos toda preocupación por nosotros mismos y por nuestra posteridad, y solo consideramos cómo podemos hostigar mejor al enemigo.

Hipotecar nuestros ingresos a un nivel tan alto en guerras en las que solo somos accesorios fue sin duda el delirio más fatal en el que jamás haya incurrido una nación que tuviera alguna pretensión de política y prudencia.

Ese remedio de la financiación —si es un remedio y no más bien un veneno— debería, por toda razón, reservarse para la última extremidad, y ningún mal que no sea el mayor y más urgente debería inducirnos jamás a adoptar un expediente tan peligroso.

Estos excesos a los que nos han arrastrado son perjudiciales, y tal vez con el tiempo lleguen a serlo aún más de otra manera, al engendrar, como es habitual, el extremo opuesto, y volvernos totalmente negligentes y pasivos respecto al destino de Europa.

Los atenienses, de ser el pueblo más activo, intrigante y guerrero de Grecia, al advertir su error al inmiscuirse en todas las querellas, abandonaron toda atención a los asuntos extranjeros, y en ninguna contienda volvieron a tomar partido, excepto mediante sus adulaciones y complacencia hacia el vencedor.

Las monarquías enormes son probablemente destructivas para la naturaleza humana: en su progreso, en su permanencia,​25 y aun en su caída, que nunca puede estar muy distante de su {p78} establecimiento. El genio militar que engrandeció la monarquía pronto abandona la corte, la capital y el centro de semejante gobierno; mientras las guerras se llevan a cabo a gran distancia, y conciernen a una parte tan pequeña del Estado.

La antigua nobleza, cuyas afecciones la unen a su soberano, vive toda en la corte; y nunca aceptará empleos militares que la lleven a fronteras remotas y bárbaras, donde se encuentra distante tanto de sus placeres como de su fortuna.

Las armas del Estado deben confiarse, por tanto, a extranjeros mercenarios, sin celo, sin apego, sin honor, listos en cada ocasión para volverlas contra el príncipe y unirse a cualquier descontento desesperado que ofrezca paga y pillaje.

Este es el curso necesario de los asuntos humanos; así la naturaleza humana se frena en sus airosas elevaciones, así la ambición trabaja ciegamente para la destrucción del conquistador, de su familia y de todo aquello que le es cercano y querido.

Los Borbones, confiando en el apoyo de su valiente, fiel y afectuosa nobleza, llevarían su ventaja hasta el extremo, sin reservas ni limitaciones.

Estos, aunque inflamados por la gloria y la emulación, pueden soportar las fatigas y los peligros de la guerra; pero jamás se someterían a languidecer en las guarniciones de Hungría o Lituania, olvidados en la corte y sacrificados a las intrigas de cualquier favorito o querida que se acerque al príncipe.

Las tropas están llenas de croatas y tártaros, húsares y cosacos, entremezclados tal vez con unos cuantos soldados de fortuna de las mejores provincias; y la funesta suerte de los emperadores romanos, por la misma causa, se repite una y otra vez hasta la disolución final de la monarquía.

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