La mayor parte de la humanidad puede dividirse en dos clases:
- la de los pensadores superficiales, que se quedan cortos respecto a la verdad;
- y la de los pensadores abstrusos, que van más allá de ella.
Esta última clase es, con mucho, la más inusual; y puedo añadir que, con mucho, la más útil y valiosa. Sugieren indicios, al menos, y plantean dificultades que tal vez carezcan de la habilidad para perseguir; pero que pueden producir descubrimientos muy finos cuando son manejados por hombres que tienen un modo de pensar más justo.
En el peor de los casos, lo que dicen es insólito; y si cuesta cierto esfuerzo comprenderlo, se tiene, al menos, el placer de escuchar algo nuevo.
Un autor es de poco valor cuando nos dice únicamente lo que podemos aprender en cualquier conversación de café.
Todas las personas de pensamiento superficial son dadas a desacreditar incluso a aquellas de sólido entendimiento, tildándolas de pensadores abstrusos, metafísicos y sutiles; y jamás admitirán como justo nada que esté más allá de sus propias débiles concepciones.
Hay algunos casos, lo reconozco, en los que un refinamiento extraordinario ofrece una fuerte presunción de falsedad, y en los que no se debe confiar en ningún razonamiento que no sea natural y sencillo. Cuando un hombre delibera acerca de su conducta en un asunto particular, y proyecta planes en política, comercio, economía o cualquier negocio de la vida, nunca debe afinar demasiado sus argumentos ni encadenar una serie demasiado larga de consecuencias. Algo sucederá con certeza que desbaratará su razonamiento y producirá un acontecimiento diferente {p2} al que esperaba.
Pero cuando razonamos sobre temas generales, se puede afirmar con justicia que nuestras especulaciones difícilmente pueden ser demasiado sutiles, siempre que sean justas; y que la diferencia entre un hombre común y un hombre de genio se aprecia principalmente en la superficialidad o profundidad de los principios de los que parten.
Los razonamientos generales parecen intrincados meramente por el hecho de ser generales; ni le es fácil al grueso de la humanidad distinguir, en un gran número de particulares, aquella circunstancia común en la que todos coinciden, ni extraerla, pura y sin mezcla, de las demás circunstancias superfluas. Todo juicio o conclusión, para ellos, es particular. No pueden ampliar su visión hasta alcanzar aquellas proposiciones universales que engloban bajo sí a un número infinito de individuos, e incluyen una ciencia entera en un solo teorema. Su vista se confunde ante una perspectiva tan extensa; y las conclusiones derivadas de ella, aun cuando estén claramente expresadas, parecen intrincadas y oscuras.
Pero por intrincadas que puedan parecer, es seguro que los principios generales, si son justos y sólidos, deben prevalecer siempre en el curso general de las cosas, aunque puedan fallar en casos particulares; y es la tarea principal de los filósofos atender al curso general de las cosas. Puedo añadir que es también la tarea principal de los políticos; especialmente en el gobierno interno del Estado, donde el bien público, que es o debe ser su objetivo, depende de la concurrencia de multitud de casos; no, como en la política exterior, de accidentes y azares, y de los caprichos de unas pocas personas. Esto, por tanto, establece la diferencia entre las deliberaciones particulares y los razonamientos generales, y hace que la sutilidad y el refinamiento sean mucho más adecuados para los últimos que para las primeras.
Creí necesaria esta introducción antes de los siguientes discursos sobre el comercio, el dinero, el interés, la balanza comercial, etc., donde tal vez aparezcan algunos principios poco comunes, y que puedan parecer demasiado refinados y sutiles para temas tan vulgares. Si son falsos, que sean rechazados; pero nadie debe albergar prejuicios contra ellos meramente por apartarse del camino común.
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La grandeza de un estado y la felicidad de sus súbditos, por independientes que se suponga que son en ciertos aspectos, se suele admitir que son inseparables en lo que respecta al comercio; y así como los particulares reciben una mayor seguridad en la posesión de su comercio y sus riquezas gracias al poder del público, el público se vuelve poderoso en proporción a las riquezas y al extenso comercio de los particulares.
Esta máxima es cierta en general, aunque no puedo dejar de pensar que posiblemente admita algunas excepciones y que a menudo la establecemos con demasiadas pocas reservas y limitaciones.
Puede haber algunas circunstancias en las que el comercio, las riquezas y el lujo de los individuos, en vez de añadir fuerza al público, sirvan únicamente para mermar sus ejércitos y disminuir su autoridad entre las naciones vecinas.
El hombre es un ser muy variable y susceptible a muchas opiniones, principios y reglas de conducta diferentes. Lo que puede ser verdad mientras se adhiere a una forma de pensar resultará falso cuando haya adoptado un conjunto opuesto de costumbres y opiniones.
La mayor parte de cualquier Estado puede dividirse en labradores y artesanos. Los primeros se emplean en el cultivo de la tierra; los segundos transforman los materiales proporcionados por aquéllos en todas las mercancías que son necesarias y ornamentales para la vida humana. Tan pronto como los hombres abandonan su estado salvaje, en el que viven principalmente de la caza y la pesca, deben caer en estas dos clases; aunque las artes de la agricultura emplean al principio a la parte más numerosa de la sociedad.7 El tiempo y la experiencia mejoran de tal modo estas artes, que la tierra puede mantener fácilmente a un número mucho mayor de hombres que los que están empleados inmediatamente en su {p4} cultivo, o que proporcionan las manufacturas más necesarias a quienes están así empleados.
Si estos brazos superfluos se aplican a las artes más finas, que comúnmente se denominan artes de lujo, aumentan la felicidad del Estado, puesto que brindan a muchos la oportunidad de recibir goces con los que de otro modo no habrían estado familiarizados. Pero ¿no puede proponerse otro plan para el empleo de estos brazos superfluos? ¿No puede el soberano reclamarlos y emplearlos en flotas y ejércitos, para aumentar los dominios del Estado en el exterior y difundir su fama entre naciones distantes? Es seguro que cuantos menores deseos y necesidades se hallen en los propietarios y trabajadores de la tierra, a menos brazos emplean; y consecuentemente las superfluidades de la tierra, en lugar de mantener a artesanos y fabricantes, pueden sostener flotas y ejércitos en una medida mucho mayor que cuando se requieren muchísimas artes para atender al lujo de particulares. Aquí, por lo tanto, parece haber una especie de oposición entre la grandeza del Estado y la felicidad de los súbditos. Un Estado nunca es más grande que cuando todos sus brazos superfluos son empleados al servicio del público. La comodidad y la conveniencia de las personas privadas exigen que estos brazos sean empleados en su servicio. Lo uno nunca puede satisfacerse sino a expensas de lo otro. Así como la ambición del sobrino debe atentar contra el lujo de los individuos, así el lujo de los individuos debe disminuir la fuerza y frenar la ambición del soberano.
Y este razonamiento no es meramente quimérico, sino que está fundado en la historia y la experiencia.
La república de Esparta era ciertamente más poderosa que cualquier estado actual del mundo con un número igual de población, y esto se debía enteramente a la ausencia de comercio y lujo.
- Los ilotas eran los trabajadores;
- los espartanos eran los soldados o caballeros.
Es evidente que el trabajo de los ilotas no habría podido mantener a un número tan grande de espartanos, si estos últimos hubiesen vivido con desahogo y delicadeza, y dado empleo a una gran variedad de oficios y manufacturas.
La misma política {p5} puede observarse en Roma. Y en verdad, a través de toda la historia antigua, resulta perceptible que las repúblicas más pequeñas reunieron y mantuvieron ejércitos mayores de lo que los Estados compuestos por el triple de habitantes son capaces de sostener en la actualidad. Se calcula que en todas las naciones europeas la proporción entre soldados y población no supera uno a cien. Pero leemos que la ciudad de Roma sola, con su pequeño territorio, reclutó y mantuvo, en épocas primitivas, diez legiones contra los latinos. Atenas, cuyos dominios enteros no eran mayores que Yorkshire, envió a la expedición contra Sicilia cerca de cuarenta mil hombres. Dionisio el Viejo, según se dice, mantuvo un ejército permanente de cien mil infantes y diez mil jinetes, además de una gran flota de cuatro cientos barcos,8 a pesar de que sus territorios no se extendían más allá de la ciudad de Siracusa, aproximadamente una tercera parte de la isla de Sicilia, y algunas ciudades portuarias o guarniciones en la costa de Italia e Iliria. Es verdad que los antiguos ejércitos, en tiempos de guerra, vivían en gran medida del saqueo; pero ¿no saqueaba el enemigo a su vez?, lo cual resultaba una forma más ruinosa de recaudar impuestos que cualquier otra que pudiera idearse. En suma, no puede aducirse ninguna razón verosímil para el gran poder de los Estados más antiguos sobre los modernos, salvo su carencia de comercio y lujo. Pocos artesanos eran mantenidos por el trabajo de los labradores, y por consiguiente más soldados podían vivir de él. Tito Livio afirma que Roma, en su época, tendría dificultades para reclutar un ejército tan numeroso como aquel que, en sus primeros tiempos, envió contra los galos y los latinos. En lugar de aquellos soldados que luchaban por la libertad y el imperio en tiempos de Camilo, había en los días de Augusto músicos, pintores, cocineros, actores y sastres; y si la tierra fue igualmente cultivada en ambos períodos, es evidente que podía mantener a un número igual en la otra profesión que en la primera. No añadieron nada a las meras necesidades de la vida en este último período más que en el anterior. {p6}
Es natural en esta ocasión preguntar si los soberanos no podrían volver a las máximas de la política antigua y consultar más su propio interés a este respecto que la felicidad de sus súbditos. Respondo que me parece casi imposible; y ello porque la política antigua era violenta y contraria al curso más natural y habitual de las cosas.
Es bien sabido con qué leyes peculiares era gobernada Esparta, y qué prodigio es justamente estimada esa república por todo aquel que ha considerado la naturaleza humana, tal como se ha manifestado en otras naciones y otras edades. Si el testimonio de la historia fuera menos positivo y circunstancial, semejante gobierno parecería un mero capricho o ficción filosófica, e imposible de ser llevado jamás a la práctica.
Y aunque las repúblicas romanas y otras antiguas se basaban en principios algo más naturales, se dio una concurrencia muy extraordinaria de circunstancias para hacerlas someterse a tan gravosas cargas. Eran estados libres; eran pequeños; y, al ser la época marcial, todos los estados vecinos se hallaban continuamente en armas. La libertad engendra naturalmente el espíritu público, especialmente en los estados pequeños; y este espíritu público, este amor patriæ, debe incrementarse cuando el público se encuentra casi en continua alarma, y los hombres se ven obligados a cada momento a exponerse a los mayores peligros para su defensa. Una sucesión continua de guerras hace de cada ciudadano un soldado: toma el campo a su vez, y durante su servicio se mantiene principalmente a sí mismo. Y a pesar de que su servicio equivale a un impuesto muy severo, es menos sentido por un pueblo adicto a las armas, que lucha por honor y venganza más que por paga, y que desconoce la ganancia y la industria, así como el placer.2fn:fn_09ba360dc288:9⟭
Por no hablar {p7} de la gran igualdad de fortunas entre los habitantes de las antiguas repúblicas, donde cada campo perteneciente a un propietario distinto era capaz de mantener a una familia, y hacía que el número de ciudadanos fuera muy considerable, incluso sin comercio ni manufacturas.
Pero aunque la falta de comercio y manufacturas, entre un pueblo libre y muy belicoso, a veces no tenga otro efecto que hacer al Estado más poderoso, es seguro que, en el curso ordinario de los asuntos humanos, tendrá una tendencia muy contraria.
Los soberanos deben tomar a la humanidad tal como la encuentran y no pueden pretender introducir ningún cambio violento en sus principios y modos de pensar. Se requiere un largo período de tiempo, con una variedad de accidentes y circunstancias, para producir esas grandes revoluciones que diversifican tanto el semblante de los asuntos humanos.
Y cuanto menos naturales sean los principios que sustentan a una sociedad particular, más dificultad encontrará un legislador para fomentarlos y cultivarlos. Su mejor política es adaptarse a la inclinación común de la humanidad y darle todas las mejoras de las que sea susceptible.
Ahora bien, según el curso más natural de las cosas, la industria, las artes y el comercio aumentan el poder del soberano así como la felicidad de los súbditos; y es violenta aquella política que engrandece al Estado mediante la pobreza de los particulares. Esto se desprenderá fácilmente de unas pocas consideraciones que nos presentarán las consecuencias de la pereza y la barbarie.
Where manufactures and mechanic arts are not cultivated, the bulk of the people must apply themselves to agriculture; and if their skill and industry increase, there {p8} must arise a great superfluity from their labour beyond what suffices to maintain them.
They have no temptation, therefore, to increase their skill and industry; since they cannot exchange that superfluity for any commodities which may serve either to their pleasure or vanity. A habit of indolence naturally prevails. The greater part of the land lies uncultivated. What is cultivated yields not its utmost, for want of skill or assiduity in the farmer.
If at any time the public exigencies require that great numbers should be employed in the public service, the labour of the people furnishes now no superfluities by which these numbers can be maintained. The labourers cannot increase their skill and industry on a sudden. Lands uncultivated cannot be brought into tillage for some years. The armies, meanwhile, must either make sudden and violent conquests, or disband for want of subsistence. A regular attack or defence, therefore, is not to be expected from such a people, and their soldiers must be as ignorant and unskilful as their farmers and manufacturers.
Todo en el mundo se compra mediante el trabajo, y nuestras pasiones son las únicas causas del trabajo.
Cuando una nación abunda en manufacturas y artes mecánicas, los propietarios de tierras, así como los granjeros, estudian la agricultura como una ciencia y redoblan su industria y atención.
Lo superfluo que surge de su labor no se pierde, sino que se cambia con los manufactureros por aquellos productos que el lujo de los hombres ahora les hace codiciar.
Por este medio la tierra proporciona mucho más de lo necesario para la vida de lo que basta para quienes la cultivan.
En tiempos de paz y tranquilidad, este excedente se destina al mantenimiento de los manufactureros y de los cultivadores de las artes liberales.
Pero es fácil para el público convertir a muchos de estos fabricantes en soldados, y mantenerlos con ese superfluo que surge del trabajo de los agricultores.
En consecuencia, hallamos que este es el caso en todos los gobiernos civilizados. Cuando el soberano levanta un ejército, ¿cuál es la consecuencia? Impone un impuesto. Este impuesto obliga a toda la gente a recortar lo que es menos necesario para su {p9} subsistencia. Aquellos que trabajan en tales productos deben alistarse en las tropas o dedicarse a la agricultura, y con ello obligan a algunos jornaleros a alistarse por falta de ocupación.
Y para considerar el asunto abstractamente, las manufacturas aumentan el poder del Estado solo en la medida en que acumulan tanto trabajo, y de una clase que el público puede reclamar, sin privar a nadie de las necesidades de la vida.
Cuanto más trabajo, por lo tanto, se emplee más allá de las meras necesidades, más poderoso es cualquier Estado; ya que las personas dedicadas a ese trabajo pueden ser convertidas fácilmente al servicio público.
En un Estado sin manufacturas puede haber el mismo número de manos; pero no hay la misma cantidad de trabajo, ni de la misma clase. Todo el trabajo allí se dedica a las necesidades, las cuales admiten poca o ninguna reducción.
Así la grandeza del soberano y la felicidad del Estado están, en gran medida, unidas con respecto al comercio y las manufacturas.
Es un método violento, y en la mayoría de los casos impracticable, obligar al trabajador a esforzarse para extraer de la tierra más de lo que sirve para su propia subsistencia y la de su familia.
Proporciónale manufacturas y mercancías, y lo hará por sí mismo. Después te resultará fácil apropiarte de una parte de su trabajo superfluo y emplearlo en el servicio público, sin darle su recompensa habitual.
Estando acostumbrado a la industria, considerará esto menos gravoso que si, de golpe, le obligaras a un aumento de trabajo sin ninguna recompensa.
Lo mismo ocurre con respecto a los demás miembros del Estado. Cuanto mayor es el caudal de trabajo de toda clase, mayor cantidad se puede tomar del montón sin que ello produzca ninguna alteración sensible en el mismo.
Un granero público de maíz, un almacén de telas, un depósito de armas; a todo esto hay que reconocerle una riqueza y fuerza reales en cualquier Estado. El comercio y la industria no son en realidad más que un fondo de trabajo que, en tiempos de paz y tranquilidad, se emplea para la comodidad y satisfacción de los particulares, pero que, ante las urgencias del Estado, puede, en parte, volverse hacia el provecho público.
Si pudiéramos convertir una ciudad en una especie de campamento {p10} fortificado, e infundir en cada pecho un genio tan marcial y una pasión tal por el bien público que cada cual estuviera dispuesto a soportar las mayores penalidades por mor de la comunidad, estos afectos podrían ahora, como en la antigüedad, resultar por sí solos un estímulo suficiente para la industria y un sostén para la sociedad.
Sería entonces ventajoso, como en los campamentos, desterrar todas las artes y el lujo y, mediante restricciones en los carruajes y las mesas, hacer que las provisiones y el forraje duraran más que si el ejército estuviera cargado de numerosos servidores superfluos. Pero como estos principios son demasiado desinteresados y difíciles de mantener, es menester regir a los hombres por otras pasiones y animarlos con un espíritu de avaricia e industria, de arte y lujo.
El campamento se ve, en este caso, cargado de un séquito superfluo, pero las provisiones fluyen proporcionalmente en mayor cantidad. La armonía del conjunto sigue manteniéndose y, al adaptarse mejor a la inclinación natural de la mente, tanto los particulares como el público encuentran su beneficio en la observancia de estas máximas.
El mismo método de razonamiento nos permitirá ver la ventaja del comercio exterior para aumentar el poder del Estado, así como las riquezas y la felicidad de los súbditos.
Aumenta el caudal de trabajo en la nación, y el soberano puede destinar la parte que considere necesaria al servicio público. El comercio exterior, mediante sus importaciones, proporciona materias primas para nuevas manufacturas; y mediante sus exportaciones, produce trabajo en productos particulares que no podrían consumirse en el país.
En suma, un reino que cuenta con una gran importación y exportación debe abundar más en industria —y ello empleado en exquisiteces y lujos— que un reino que se contenta con sus productos nativos. Es, por tanto, más poderoso, además de más rico y feliz.
Los individuos obtienen el beneficio de estos productos en la medida en que gratifican sus sentidos y apetitos. Y el público también sale ganando, ya que por este medio se acumula un mayor caudal de trabajo para cualquier emergencia pública; es decir, se mantiene a un mayor número de hombres laboriosos que pueden ser desviados hacia el servicio público {p11} sin privar a nadie de lo necesario ni siquiera de las principales comodidades de la vida.
Si consultamos la historia, veremos que en la mayoría de las naciones el comercio exterior ha precedido a cualquier refinamiento en las manufacturas nacionales y ha dado a luz al lujo doméstico.
La tentación es mayor de hacer uso de productos extranjeros, que están listos para el consumo y que nos son completamente nuevos, que de introducir mejoras en cualquier producto nacional, las cuales siempre avanzan mediante lentos grados y nunca nos impactan por su novedad.
El beneficio también es muy grande al exportar lo que es superfluo en el país, y que no tiene precio, a naciones extranjeras cuyo suelo o clima no son favorables para ese producto.
Así los hombres se familiarizan con los placeres del lujo y las ganancias del comercio; y su exquisitez y laboriosidad, una vez despertadas, los llevan a perfeccionamientos ulteriores en cada rama del comercio tanto nacional como extranjero.
Y esta tal vez sea la principal ventaja que surge del comercio con los extranjeros. Despierta a los hombres de su indolencia; y al presentar a la parte más alegre y opulenta de la nación objetos de lujo en los que nunca antes habían pensado, suscita en ellos el deseo de un estilo de vida más espléndido que el que disfrutaban sus antepasados; y al mismo tiempo los pocos mercaderes que poseen el secreto de esta importación y exportación obtienen ganancias exorbitantes, y al convertirse en rivales en riqueza de la antigua nobleza, tientan a otros aventureros a volverse sus rivales en el comercio.
Pronto la imitación difunde todas esas artes; mientras que los fabricantes nacionales emulan a los extranjeros en sus perfeccionamientos, y elevan cada mercancía local hasta la máxima perfección de que es susceptible. Su propio acero y hierro, en manos tan laboriosas, se vuelven iguales al oro y a los rubíes de las Indias.
Cuando los negocios de la sociedad se encuentran una vez en esta situación, una nación puede perder la mayor parte de su comercio exterior y, sin embargo, seguir siendo un pueblo grande y poderoso. Si los extranjeros no quieren comprar ninguna de nuestras mercancías particulares, debemos dejar de trabajar en ellas. Esas mismas manos se dedicarán a algún refinamiento en otras mercancías que puedan {p12} necesitarse en el país. Y siempre ha de haber materiales sobre los cuales trabajar, hasta que toda persona en el Estado que posea riquezas disfrute de tanta abundancia de mercancías nacionales, y estas con tanta perfección, como desee; lo cual nunca puede suceder. China se nos presenta como uno de los imperios más prósperos del mundo, aunque tiene muy poco comercio más allá de sus propios territorios.
No se considerará, espero, como una digresión superflua si observo aquí que, así como la multitud de artes mecánicas es ventajosa, también lo es el gran número de personas en cuya participación recaen las producciones de dichas artes.
Una desproporción demasiado grande entre los ciudadanos debilita cualquier Estado. Toda persona, de ser posible, debería disfrutar de los frutos de su trabajo, en plena posesión de todas las necesidades y muchas de las comodidades de la vida.
Nadie puede dudar de que tal igualdad es la más adecuada a la naturaleza humana, y resta mucho menos a la felicidad de los ricos de lo que añade a la de los pobres.
Asimismo, aumenta el poder del Estado y hace que cualquier impuesto o gravamen extraordinario se pague con mucha más alegría. Cuando las riquezas están acaparadas por unos pocos, estos deben contribuir en gran medida a sufragar las necesidades públicas. Pero cuando las riquezas están dispersas entre multitudes, la carga se siente ligera sobre cada hombro y los impuestos no producen una diferencia muy perceptible en el modo de vida de nadie.
Añádase a esto que, donde las riquezas están en pocas manos, estas deben disfrutar de todo el poder, y conspirarán fácilmente para cargar con todo el peso sobre los pobres, y oprimirlos aún más, para desaliento de toda industria.
En esta circunstancia consiste la gran ventaja de Inglaterra sobre cualquier nación del mundo actual, o que aparezca en los anales de la historia.
Es verdad que los ingleses experimentan algunas desventajas en el comercio exterior debido al alto precio de la mano de obra, lo cual es en parte efecto de la riqueza de sus artesanos, así como de la abundancia de dinero; pero como el comercio exterior no es la circunstancia más importante, no ha de ponerse en competencia con la felicidad de tantos millones.
Y si no hubiera más para hacerles entrañable ese libre {p13} gobierno bajo el cual viven, esto solo sería suficiente.
La pobreza de la gente común es un efecto natural, si no infalible, de la monarquía absoluta; aunque dudo que sea siempre cierto, por otra parte, que sus riquezas sean un resultado infalible de la libertad. La libertad debe ir acompañada de accidentes particulares y de un cierto giro de pensamiento para producir ese efecto.
Lord Bacon, al explicar las grandes ventajas obtenidas por los ingleses en sus guerras con Francia, las atribuye principalmente a la mayor desahogada holgura y abundancia de la gente común entre los primeros; sin embargo, los gobiernos de ambos reinos eran, en esa época, bastante similares.
Donde los jornaleros y artesanos están acostumbrados a trabajar por salarios bajos, y a retener solo una pequeña parte de los frutos de su trabajo, les resulta difícil, incluso en un gobierno libre, mejorar su condición o conspirar entre ellos para elevar sus salarios.
Pero incluso allí donde están acostumbrados a un modo de vida más próspero, es fácil para los ricos, en un gobierno despótico, conspirar contra ellos y echar todo el peso de los impuestos sobre sus hombros.
Puede parecer una extraña postura que la pobreza de la gente común en Francia, Italia y España se deba, en cierta medida, a la riqueza superior del suelo y a la felicidad del clima; y sin embargo, no faltan muchas razones para justificar esta paradoja.
En un molde o suelo tan fino como el de aquellas regiones más meridionales, la agricultura es un arte fácil; y un hombre, con un par de caballos mediocres, será capaz, en una temporada, de cultivar tanta tierra como para pagar una renta bastante considerable al propietario.
Todo el arte que el agricultor conoce consiste en dejar su tierra en barbecho durante un año, tan pronto como se agota; y el calor del sol por sí solo y la temperatura del clima la encienden y restauran su fertilidad.
Tales campesinos pobres, por lo tanto, solo requieren un mantenimiento simple para su trabajo. No tienen ganado ni riquezas que reclamen más; y al mismo tiempo, dependen para siempre de su terrateniente, quien no da contratos de arrendamiento, ni teme que su tierra sea arruinada por los malos métodos de cultivo.
En Inglaterra, la tierra es rica, pero {p14} tosca; debe cultivarse con gran gasto; y produce cosechas escasas cuando no se cuida con esmero, y mediante un método que no da el beneficio pleno sino al cabo de varios años.
Por lo tanto, un agricultor en Inglaterra debe tener un capital considerable y un contrato de arrendamiento largo, lo que engendra beneficios proporcionales.
Los ricos viñedos de Champaña y Borgoña, que a menudo rinden al terrateniente más de cinco libras por acre, son cultivados por campesinos que apenas tienen pan; y la razón es que tales campesinos no necesitan más capital que sus propios miembros, junto con aperos de labranza que pueden comprar por veinte chelines.
Los granjeros se encuentran por lo común en una situación algo mejor en esos países; pero los ganaderos son los que están más desahogados de todos los que cultivan la tierra. La razón sigue siendo la misma.
Los hombres deben tener ganancias proporcionales a sus gastos y riesgos. Donde un número tan considerable de pobres laboriosos como los campesinos y los granjeros se halla en condiciones muy precarias, todos los demás deben participar de su pobreza, ya sea el gobierno de esa nación monárquico o republicano.
Podemos hacer una observación similar respecto a la historia general de la humanidad. ¿Cuál es la razón de que ningún pueblo que viva entre los trópicos haya podido jamás alcanzar ningún arte o civilización, ni llegar siquiera a ninguna policía en su gobierno, ni a ninguna disciplina militar, mientras que pocas naciones de los climas templados se han visto totalmente privadas de estas ventajas?
Es probable que una de las causas de este fenómeno sea la calidez y constancia del clima en la zona tórrida, lo que hace que la ropa y las casas sean menos necesarias para los habitantes y, por lo tanto, elimina en parte esa necesidad que es el gran estímulo para la industria y la invención. Curis acuens mortalia corda.
Sin mencionar que cuantos menos bienes o posesiones de este tipo disfrute un pueblo, menos disputas es probable que surjan entre ellos, y menor será la necesidad de una policía establecida o una autoridad regular para protegerlos y defenderlos de los enemigos extranjeros, o los unos de los otros.