los hermosos versos franceses en los que el abad de Chaulieu, en la expectativa de su propia muerte, lamenta su inminente separación de su amigo, el marqués de la Fare.
La magnanimidad y la firmeza del señor Hume eran tales, que sus amigos más afectuosos sabían que no se arriesgaban a nada al hablarle o escribirle como a un hombre moribundo, y que, lejos de ofenderse por semejante franqueza, esta más bien le complacía y halagaba.
Me ocurrió entrar en su habitación mientras leía esta carta, que acababa de recibir y que me mostró de inmediato. Le dije que, aunque era consciente de lo muchísimo que se había debilitado y de que las apariencias eran en muchos aspectos muy desfavorables, su alegría seguía siendo tan grande, y el espíritu de la vida parecía todavía tan fuerte en él, que no podía evitar {p-xxiv} albergar algunas tenues esperanzas.
Él respondió: «Tus esperanzas carecen de fundamento. Una diarrea crónica de más de un año de duración sería una enfermedad muy grave a cualquier edad: a la mía es mortal. Cuando me acuesto por la noche, me siento más débil que cuando me levanté por la mañana; y cuando me levanto por la mañana, más débil que cuando me acosté por la noche. Soy consciente, además, de que algunas de mis partes vitales están afectadas, por lo que debo morir pronto». «Bueno —le dije—, si tiene que ser así, tienes al menos la satisfacción de dejar a todos tus amigos, a la familia de tu hermano en particular, en gran prosperidad».
Él dijo que sentía esa satisfacción de manera tan palpable que, cuando leía pocos días antes los Diálogos de los muertos de Luciano, entre todas las excusas que se le aducen a Caronte por no subir de buenagana a su barca, no pudo hallar ninguna que le viniera a medida: no tenía ninguna casa que terminar, no tenía ninguna hija a quien dotar, no tenía ningún enemigo de quien deseara vengarse. > «No alcanzaba a imaginar —dijo— qué excusa podría ponerle a Caronte para obtener un poco de prórroga.