lograr un progreso considerable en el pago de nuestras deudas, ni que la situación de los asuntos exteriores les permita, por mucho tiempo, tiempo libre y tranquilidad para semejante empresa.30
¿Qué va a ser entonces de nosotros? Por muy buenos cristianos que fuéramos y por muy resignados a la Providencia, esta, a mi juicio, sería una cuestión curiosa {p94}, incluso considerada como un asunto especulativo, y de la cual tal vez no fuese del todo imposible formular alguna solución conjectural.
Los acontecimientos aquí dependerán poco de las contingencias de batallas, negociaciones, intrigas y facciones. Parece haber un curso natural de las cosas que puede guiar nuestro razonamiento.
Así como, cuando comenzamos por primera vez esta práctica de hipotecar, habría bastado con una porción moderada de prudencia para prever, por la naturaleza de los hombres y de los ministros, que las cosas llegarían necesariamente hasta el punto que vemos, así ahora que por fin lo han alcanzado felizmente, quizá no sea difícil adivinar las consecuencias.
Debe de ser, en verdad, uno de estos dos sucesos: o la nación destruye el crédito público, o el crédito público destruirá a la nación. Es imposible que ambos subsistan de la manera en que se han administrado hasta ahora, tanto en esta como en algunas otras naciones.
Hubo en efecto un proyecto para el pago de nuestras deudas que fue propuesto por un excelente ciudadano, el señor Hutchinson, hace más de treinta años, y que fue muy aprobado por algunos hombres sensatos, pero que nunca llegó a tener visos de realizarse. Afirmaba que existía una falacia al imaginar que el público debía esta deuda, pues en realidad cada individuo debía una parte proporcional de ella y pagaba, en sus impuestos, una parte proporcional de los intereses, además de los gastos de recaudación de dichos impuestos.