todo en el mercado; el granjero no puede deshacerse de su grano y su ganado, aunque debe pagar la misma renta a su terrateniente. La pobreza, la indigencia y la holgazanería que habrán de derivarse se prevén fácilmente.
La segunda observación que me propuse hacer con respecto al dinero puede explicarse de la siguiente manera. Hay algunos reinos, y muchas provincias en Europa (y todos ellos estuvieron una vez en la misma condición), donde el dinero es tan escaso que el terrateniente no puede obtener {p34} ninguno en absoluto de sus arrendatarios, sino que se ve obligado a cobrar su renta en especie, y a consumirla él mismo o transportarla a lugares donde pueda encontrar un mercado. En esos países el príncipe puede recaudar pocos impuestos o ninguno de la misma manera; y como recibirá muy pequeño beneficio de los tributos así pagados, es evidente que tal reino tiene muy poca fuerza aun en su propio interior, y no puede mantener flotas y ejércitos en la misma medida que si cada parte de él abundara en oro y plata.15
Ciertamente hay una desproporción mayor entre la fuerza de Alemania en la actualidad y la que tenía hace tres siglos, que la que hay en su industria, su población y sus manufacturas.
Los dominios austriacos en el imperio están en general bien poblados y bien cultivados, y son de gran extensión, pero no tienen un peso proporcional en la balanza de Europa; lo cual procede, según se supone comúnmente, de la escasez de dinero.
¿Cómo concuerdan todos estos hechos con aquel principio de la razón que sostiene que la cantidad de oro y plata es en sí misma del todo indiferente? Según ese principio, dondequiera que un soberano cuenta con numerosos súbditos, y estos disponen de abundantes mercancías, debería por ende ser grande y poderoso, y ellos ricos y felices, independientemente de la mayor o menor abundancia de los metales preciosos.