Constantinopla en la actualidad requiere los mismos contingentes de esclavos de todas las provincias que Roma exigía antiguamente, y estas provincias carecen por consecuencia de ser populosas.
Egipto, según el señor Maillet, envía continuas colonias de esclavos negros a las otras partes del Imperio turco, y recibe anualmente una remesa igual de blancos; unos traídos de las regiones interiores de África, y los otros de Mingrelia, Circasia y Tartaria.
Nuestros conventos modernos son sin duda instituciones muy malas, pero hay razones para sospechar que en la antigüedad cada gran familia en Italia, y probablemente en otras partes del mundo, era una especie de convento. Y aunque tenemos razón para detestar todas esas instituciones papistas como viveros de la superstición más abyecta, gravosas para el público y opresivas para los pobres prisioneros, tanto varones como mujeres, sin embargo puede dudarse de si son tan destructivas para la población de un Estado como comúnmente se imagina. Si la tierra que pertenece a un convento se le concediera a un noble, él gastaría sus rentas en perros, caballos, palafreneros, lacayos, cocineros y sirvientas, y su familia no proporcionaría muchos más ciudadanos que el convento.
La razón común por la que los padres meten a sus hijas en conventos es para no verse agobiados por {p123} una familia demasiado numerosa; pero los antiguos tenían un método casi tan inocente y más eficaz para ese fin: a saber, exponer a sus hijos en la más tierna infancia. Esta práctica era muy común, y ningún autor de aquellos tiempos la menciona con el horror que merece, o apenas con desaprobación. Plutarco —el humano y bondadoso Plutarco— {fn:fn_53f8c611ffcf:53}recomienda como una virtud en Átalo, rey de Pérgamo, el haber asesinado, o, si se prefiere, expuesto a todos sus propios hijos con el fin de dejar su corona al hijo de su hermano, Eumenes, manifestando de este modo su gratitud y afecto hacia Eumenes, quien lo había nombrado su heredero por encima de dicho hijo.