Así pues, al comparar el conjunto, parece imposible aducir ninguna razón justa por la cual el mundo debiera haber estado más poblado en los tiempos antiguos que en los modernos.
La igualdad de la propiedad entre los antiguos, la libertad y las pequeñas divisiones de sus Estados fueron sin duda favorables a la propagación del género humano; pero sus guerras fueron más sangrientas y destructivas, sus gobiernos más facciosos e inestables, el comercio y las manufacturas más débiles y languidecientes, y la policía general más laxa e irregular.
Estas últimas desventajas parecen constituir un contrapeso suficiente frente a las ventajas anteriores, y más bien favorecen la opinión contraria a la que comúnmente prevalece respecto a este tema.
Mas no hay razonamiento, podría decirse, que valga contra los hechos evidentes. Si resulta que el mundo era entonces más poblado que en la actualidad, podemos tener la certeza de que nuestras conjeturas son falsas y que hemos pasado por alto alguna circunstancia material en la comparación. Esto lo admito gustosamente: reconozco que todos nuestros razonamientos anteriores son meras bagatelas, o al menos pequeños escarceos y encuentros frívolos que no deciden nada. Pero, por desgracia, el combate principal, donde comparamos los hechos, no puede hacerse mucho más decisivo. Los datos transmitidos por los autores antiguos son tan inciertos o tan imperfectos que no nos ofrecen nada positivo en este asunto. ¿Cómo podría ser de otro modo, en verdad? Los mismos hechos que debemos oponérseles al calcular la grandeza de los estados modernos están muy lejos de ser ciertos o completos. Muchas bases de cálculo utilizadas por escritores célebres son poco mejores que las del emperador Heliogábalo, quien calculó la inmensa