activa, triunfante e ilustre que jamás ha aparecido en el escenario del mundo, ciertamente se me diría que tal quimera política era tan absurda como cualquier visión de los poetas. Pero no hay necesidad de buscar mucho tiempo para demostrar la realidad de las suposiciones anteriores, pues este era efectivamente el caso de la república romana.
El poder legislativo residía allí en los comitia centuriata y los comitia tributa. En los primeros, como es bien sabido, el pueblo votaba según su censo; de modo que, cuando la primera clase votaba unánimemente, aunque tal vez no comprendiera ni la centésima parte de la república, decidía el todo y, con la autoridad del senado, establecía una ley. En los segundos, cada voto tenía el mismo valor; y como {p103} la autoridad del senado no era allí requerida, el pueblo bajo predominaba por completo e imponía la ley a todo el Estado.
En todas las divisiones partidarias, primero entre los patricios y los plebeyos, después entre los nobles y el pueblo, el interés de la aristocracia predominaba en la primera legislatura, y el de la democracia en la segunda. La una podía destruir siempre lo que la otra había establecido; es más, la una, mediante una moción repentina e imprevista, podía adelantarse a la otra y aniquilar totalmente a su rival mediante un voto que, por la naturaleza de la constitución, poseía la plena autoridad de una ley.
Sin embargo, no se observa tal competición o pugna en la historia de Roma: no hay ningún caso de disputa entre estas dos legislaturas, aunque sí muchos entre los partidos que gobernaban en cada una. ¿De dónde surgía esta concordia, que puede parecer tan extraordinaria?
La legislación establecida en Roma por la autoridad de Servio Tulio fueron los comitia centuriata, los cuales, tras la expulsión de los reyes, convirtieron al gobierno durante algún tiempo en totalmente aristocrático. Pero