de sus rápidas conquistas y su declarada ambición, sino que se les permitió someter pacíficamente a sus vecinos, uno tras otro, hasta extender su dominio por todo el mundo conocido. Por no hablar de la historia fabulosa de sus guerras itálicas, hubo, durante la invasión del Estado romano por Aníbal, una crisis muy notable que debería haber llamado la atención de todas las naciones civilizadas. Se vio después (ni era difícil de observar en aquel entonces22) que esta era una pugna por el imperio universal, y sin embargo ningún príncipe o Estado parece haberse alarmado lo más lo mínimo por el acontecimiento o desenlace de la disputa. Filipo de Macedonia permaneció neutral hasta que vio las victorias de Aníbal, y entonces, de forma de todo imprudente, formó una alianza con el conquistador en términos aún más imprudentes. Estipuló que ayudaría al Estado cartaginés en su conquista de Italia, tras lo cual {p74} estos se comprometieron a enviar fuerzas a Grecia para ayudarle a someter a las repúblicas griegas.
Las repúblicas rodia y aquea son muy celebradas por los antiguos historiadores debido a su sabiduría y sana política; sin embargo, ambas ayudaron a los romanos en sus guerras contra Filipo y Antíoco.
Y lo que puede considerarse una prueba aún más contundente de que esta máxima no era familiar en aquellos tiempos, ningún autor antiguo ha señalado jamás la imprudencia de estas medidas, ni siquiera ha censurado el absurdo tratado antes mencionado que hizo Filipo con los cartagineses.
Los príncipes y los hombres de estado pueden verse cegados en todas las épocas en sus razonamientos respecto a los acontecimientos futuros, pero resulta un tanto extraordinario que los historiadores posteriores no emitan un juicio más sensato sobre ellos.
Masinisa, Átalo, Prusias, al satisfacer sus pasiones privadas, fueron todos ellos instrumentos de la grandeza romana, y jamás pareció que