Tras la caída del Imperio Romano, la forma de gobierno establecida por los conquistadores del norte los incapacitó en gran medida para ulteriores conquistas y mantuvo durante mucho tiempo a cada Estado dentro de sus propios límites; pero cuando el vasallaje y la milicia feudal fueron abolidos, la humanidad volvió a alarmarse ante el peligro de la monarquía universal, debido a la unión de tantos reinos y principados en la persona del emperador Carlos.
Pero el poder de la casa de Austria, fundado en dominios extensos pero divididos, y sus riquezas, derivadas principalmente de las minas de oro y plata, eran más propensos a decaer por sí mismos, debido a defectos internos, que a derribar todos los baluartes levantados en su contra.
En menos de un siglo, la fuerza de esa raza violenta y soberbia quedó quebrantada, su opulencia disipada, su esplendor eclipsado. Una nueva potencia le sucedió, más formidable para las libertades de Europa, que poseía todas las ventajas de la anterior y padecía ninguno de sus defectos, salvo una parte de ese espíritu de intolerancia y persecución del que la casa de Austria estuvo tan infatuada durante tanto tiempo y aún lo está en gran medida.
Europa se ha mantenido, desde hace más de un siglo, a la defensiva frente a la mayor fuerza que quizás se haya formado jamás por la combinación civil o política de la humanidad. Y tal es la influencia de la máxima de aquí tratada que, aunque esa nación ambiciosa en las cinco últimas guerras generales haya resultado victoriosa en cuatro,23 y fracasado solo {p76} en una,24 no han ampliado mucho sus dominios ni han adquirido una superioridad total sobre Europa. Más bien queda la esperanza de que, manteniendo la resistencia durante algún tiempo, las revoluciones naturales de los asuntos humanos, junto con acontecimientos y accidentes imprevistos, puedan ponernos a salvo de la monarquía universal y preservar al mundo de tan gran mal.