La duda misma parece extravagante, ya que es necesario en toda república que se observe cierta proporción entre la parte laboriosa y la ociosa de ella. Pero si todos nuestros impuestos actuales están hipotecados, ¿no debemos inventar otros nuevos? ¿Y no podrá llevarse este asunto a un extremo que sea ruinoso y
En cada nación hay siempre algunos métodos de recaudar dinero más fáciles que otros, acordes con el modo de vida del pueblo y los productos de que hace uso. En Gran Bretaña los impuestos sobre la malta y la cerveza proporcionan {p90} unos ingresos muy cuantiosos, porque las operaciones de malteado y elaboración son muy tediosas y es imposible ocultarlas; y al mismo tiempo, estos productos no son tan absolutamente necesarios para la vida como para que el aumento de su precio afecte en gran medida a los más pobres. Estando todos estos impuestos hipotecados, ¡qué dificultad para encontrar otros nuevos! ¡qué vejación y ruina para los pobres!
Los impuestos sobre el consumo son más equitativos y fáciles que los sobre las posesiones. ¡Qué pérdida para el público que los primeros estén todos agotados y que debamos recurrir al método más gravoso de recaudar impuestos!
Si todos los propietarios de tierras no fuesen más que administradores del público, ¿no los obligaría la necesidad a practicar todas las artes de opresión usadas por los administradores, cuando la ausencia o negligencia del propietario los asegura contra toda investigación?
Apenas se afirmará que no deba ponerse jamás límite alguno a las deudas nacionales, y que el público no sería más débil si se hipotecasen doce o quince chelines por libra del impuesto sobre la tierra, junto con las aduanas y los impuestos indirectos actuales.