Los atenienses, de ser el pueblo más activo, intrigante y guerrero de Grecia, al advertir su error al inmiscuirse en todas las querellas, abandonaron toda atención a los asuntos extranjeros, y en ninguna contienda volvieron a tomar partido, excepto mediante sus adulaciones y complacencia hacia el vencedor.
Las monarquías enormes son probablemente destructivas para la naturaleza humana: en su progreso, en su permanencia,25 y aun en su caída, que nunca puede estar muy distante de su {p78} establecimiento. El genio militar que engrandeció la monarquía pronto abandona la corte, la capital y el centro de semejante gobierno; mientras las guerras se llevan a cabo a gran distancia, y conciernen a una parte tan pequeña del Estado.
La antigua nobleza, cuyas afecciones la unen a su soberano, vive toda en la corte; y nunca aceptará empleos militares que la lleven a fronteras remotas y bárbaras, donde se encuentra distante tanto de sus placeres como de su fortuna.
Las armas del Estado deben confiarse, por tanto, a extranjeros mercenarios, sin celo, sin apego, sin honor, listos en cada ocasión para volverlas contra el príncipe y unirse a cualquier descontento desesperado que ofrezca paga y pillaje.
Este es el curso necesario de los asuntos humanos; así la naturaleza humana se frena en sus airosas elevaciones, así la ambición trabaja ciegamente para la destrucción del conquistador, de su familia y de todo aquello que le es cercano y querido.
Los Borbones, confiando en el apoyo de su valiente, fiel y afectuosa nobleza, llevarían su ventaja hasta el extremo, sin reservas ni limitaciones. Estos, aunque inflamados por la gloria y la emulación, pueden soportar las fatigas y los peligros de la guerra; pero jamás se someterían a languidecer en las guarniciones de Hungría o Lituania, olvidados en la